El dato parecía sentenciar el debate. En julio, los precios mayoristas subieron apenas 0,8% y el Gobierno lo celebró como la confirmación de que la desinflación era ya un proceso irreversible. «Y al final Julio empezó con 0», festejó el propio Presidente. Treinta días después, ese mismo índice se multiplicó por más de dos veces y media y trepó a 2,1%. La aceleración no es un accidente estadístico: es la primera evidencia de una desinflación más frágil de lo que el número de un mes dejaba ver.
Vale la pena, entonces, hacer la anatomía del dato: abrir el índice y mirar qué lo sostiene y qué lo quiebra. Porque la volatilidad mensual es lo menos interesante del episodio; lo relevante es la estructura de precios que asoma por debajo, y que dice más sobre el modelo —y sobre la solidez de la propia desinflación— que cualquier número aislado.
Dos mundos de preciosEl dato de agosto trae una pista que la teoría iluminó hace décadas. John Hicks distinguió entre mercados flexprice y fixprice: en los primeros —materias primas, commodities— el precio se forma por subasta y salta con la oferta y la demanda; en los segundos —las manufacturas— lo fija la empresa mediante un margen sobre costos y se mueve con rigidez. Gardiner Means lo había llamado, ya en los años treinta, «precios administrados»: los bienes industriales no suben ni bajan al compás del mercado, sino según la decisión de quien los produce. Agosto es un manual de esa distinción: los productos primarios subieron 4,6% y los importados 2,9% —atados al dólar y a los commodities—, mientras las manufacturas apenas se movieron 1,3%.
Por qué la industria no trasladaLa tentación oficial es leer esa quietud manufacturera como eficiencia o como desinflación genuina. Es lo contrario. Michał Kalecki mostró que el margen que las empresas aplican sobre sus costos —lo que llamó el «grado de monopolio»— depende de la demanda: cuando el mercado se enfría, la firma no puede trasladar el aumento de costos al precio sin perder las pocas ventas que le quedan. La manufactura no está planchada porque sea competitiva, sino porque no hay demanda que convalide una suba. El precio quieto no es señal de salud: es el síntoma de una industria que absorbe costos con tal de no quedarse sin clientes. El corolario incomoda al relato oficial: buena parte de esa quietud es, en rigor, inflación reprimida —un ajuste de precios postergado que aguarda la recuperación de la demanda para materializarse—.
La construcción confirma el diagnósticoEl costo de la construcción, que en agosto avanzó 2,5% —por encima del IPC minorista, de 1,7%—, cuenta la misma historia desde otro ángulo. Lo que empuja es la mano de obra (3,2%, con subcontratos en 4,8%), no los materiales (1,7%). Y el termómetro de la actividad está en los insumos: el hierro para la construcción subió 0,1%, los ascensores 0,1% y las mesadas de granito cayeron 0,3%. Precios de insumos clave casi congelados no son una conquista antiinflacionaria: son la fotografía de una obra frenada, que no demanda y por lo tanto no arrastra.
Los precios relativos no son neutralesAquí aparece lo que de verdad importa. La estructura de precios orienta la economía: le dice al capital y al trabajo dónde conviene ubicarse. Un sistema en el que vuelan lo primario y lo importado, y se congela lo que agrega valor y emplea, envía una señal inequívoca. Esa señal empuja hacia la primarización y desalienta la producción con valor agregado, porque premia la renta y castiga la transformación. El economista que solo mira el índice general ve calma; el que mira su composición ve una economía reprimarizándose. La estabilización del nivel general de precios —un logro real, que no conviene subestimar— puede así convivir con una estructura de precios enferma. No es lo mismo que los precios no suban a que el sistema de precios funcione.
Por eso el «cero» de julio era un espejismo. No era una tendencia consolidada, sino una foto tomada en un mes en que el petróleo y el gas cedieron y el tipo de cambio se mantuvo quieto; bastó que esas variables se movieran para que agosto devolviera el 2,1%. Una desinflación que descansa sobre la recesión y sobre un tipo de cambio apreciado es frágil por construcción: se sostiene mientras la economía no se mueva, y se resquebraja apenas lo hace. Y una industria que no puede aumentar sus precios porque no le compran no está estabilizada: está anestesiada.
Domar el nivel de precios es una condición necesaria y difícil, que la Argentina peleó durante años. Pero lograr una estructura de precios que estimule producir, invertir y agregar valor es una tarea distinta, y superior, que ningún dato mensual —por bajo que sea— puede reemplazar. Celebrar el número del mes es entendible; confundirlo con el proceso es el error que agosto acaba de dejar en evidencia.
