Lucio Castro es de esos economistas que hacen doble click. Aparece un dato y no se queda con el número: lo abre, lo desarma y busca qué historia hay detrás. Porque muchas veces, cuando se mira con más detalle, el dato grueso esconde una realidad bastante más interesante.
En diálogo con El Economista, Castro hace justamente eso con varios de los números que hoy dominan la discusión económica argentina.
Economista y profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, también conoce el otro lado del mostrador: el de la gestión y las políticas públicas.
En esta entrevista, en la que habla a título personal, pone la lupa sobre algunos de los grandes temas del momento: el empleo, el conurbano, la industria y el cierre de empresas.
-Se instaló la idea de que «sin industria arde el conurbano» y que el empleo ahí depende exclusivamente de las fábricas. En este contexto de ordenamiento macro y apertura gradual, ¿qué dicen los datos reales y qué perspectivas ves para el empleo en el GBA?
-Esa idea contradice los datos. Tomemos el empleo privado registrado. Más de dos tercios del empleo en el Gran Buenos Aires está en el comercio, la construcción y distintas actividades de servicios, entre ellas salud y gastronomía. La industria manufacturera más expuesta a la competencia de las importaciones representa apenas entre el 5% y el 6%. La enorme mayoría de los trabajadores del conurbano no compite contra un contenedor.
La experiencia reciente lo confirma. Entre 2017 y 2023, la Argentina tuvo cepo, protección elevada y múltiples tipos de cambio. Sin embargo, los municipios más industriales se estancaron o perdieron empleo privado registrado. Otros, como Malvinas Argentinas y Ezeiza, crecieron impulsados por la logística y otros servicios. Ese período incluye la crisis de 2018 y la pandemia, de modo que parte del resultado es cíclico. Pero el patrón es claro: la industria sensible ya venía perdiendo dinamismo antes de la apertura.
¿Qué cambia hacia adelante? El principal canal pasa por los servicios. Si el aumento de las exportaciones de recursos naturales es permanente y está acompañado por estabilidad macroeconómica, puede sostener una apreciación de equilibrio, elevar el poder adquisitivo y desplazar demanda hacia los servicios y la construcción, donde trabaja la mayor parte de la población del conurbano.
Castro: «Si la economía continúa creciendo, el empleo del conurbano dependerá mucho más de la expansión de servicios productivos, el comercio y la construcción que de preservar indefinidamente industrias protegidas»
Hay dos condiciones. La primera es que la mejora del salario real sea sostenible. La segunda es el crédito. La Argentina parte de un piso muy bajo: el crédito al sector privado representa alrededor del 15% del PBI, frente a casi el 50% en América Latina. Si el crédito vuelve y llega a las pymes, el potencial de creación de empleo es considerable.
Ahora bien, no alcanza con crear empleos en cualquier servicio. El desafío es expandir empleo formal y productivo en logística, salud, software, servicios empresariales, construcción y comercio moderno. Reemplazar una fábrica formal por autoempleo precario no es desarrollo.
Esto tampoco significa que la industria en el GBA no tenga futuro. Significa que no toda la industria tiene el mismo futuro. Hay segmentos que ya compiten globalmente —o tienen potencial para hacerlo— y que pueden apalancarse en los recursos del agro, Vaca Muerta y la minería. Con una economía más estable, insumos y capital más baratos, productos como los alimentos, los químicos, las pickups y muchos otros tienen un horizonte importante de expansión.
En síntesis, si la economía continúa creciendo, el empleo del conurbano dependerá mucho más de la expansión de servicios productivos, el comercio y la construcción que de preservar indefinidamente industrias protegidas.
-El ordenamiento de los precios relativos generó mucho ruido con el cierre de empresas. Sin embargo, vos ponés la lupa en que la mayoría son CUIT de una o dos personas. ¿Cómo hay que leer esta dinámica de cara a la recuperación, considerando el proceso de desregulación y la reforma laboral en marcha?
-Todo cambio importante de precios relativos obliga a reasignar recursos: algunas empresas se contraen o desaparecen y otras encuentran oportunidades para crecer. En la Argentina, parte de las primeras en caer son empresas que vivían de la brecha cambiaria, de distorsiones regulatorias o de una protección excesiva. Pero no todo cierre es destrucción creativa. También puede reflejar recesión, falta de crédito o una mala secuencia de políticas.
El error es contar cada baja de un CUIT como si fuera el cierre de una fábrica. La mayor parte de las bajas corresponde a unidades de una o dos personas: 77 de cada 100 empleadores que salieron declaraban uno o dos trabajadores. Emprendimientos muy pequeños, muchas veces formas de autoempleo, con una mortalidad naturalmente alta. Eso no vuelve irrelevante cada cierre. Pero obliga a mirar también cuántos puestos de trabajo se pierden y cuántas empresas nacen para reemplazarlos.
El problema central no es que cierren empresas. Es que nacen muy pocas.
La tendencia de fondo es preocupante: la tasa de natalidad empresaria formal viene cayendo desde los años noventa. En 1997 abrían alrededor de empresas cada 100 por trimestre. En 2025 abrieron menos de 3. En todas las economías, las empresas jóvenes explican una parte desproporcionada de la creación neta de empleo. Si el semillero se achica, también se reduce la capacidad de generar empleo formal.
Por eso no alcanza con preguntar cuántas empresas cierran. Hay que mirar cuántas nacen y, sobre todo, cuántas logran crecer. El verdadero cuello de botella está en el paso de microempresa a pyme y de pyme a empresa grande.
¿Puede cambiar esta dinámica? Sí. La estabilización macroeconómica reduce el valor de esperar: cuando baja la incertidumbre aparecen proyectos de inversión que antes permanecían postergados. La expansión del crédito y la reforma laboral que reduce el costo, sobre todo, la incertidumbre de contratar también puede favorecer la creación de empresas y la ampliación de las existentes.
No es inmediato. La demografía empresaria cambia lentamente. Además, persisten dos restricciones importantes. La primera es el crédito: una pyme no escala solamente con utilidades retenidas. La segunda es la inversión. Hace décadas que la formación bruta de capital no logra sostenerse por encima del 20% del PBI. Bajo ahorro interno, poco crédito, alta incertidumbre y baja inversión se refuerzan mutuamente.
La macro ordena los precios relativos. Pero el crecimiento aparece cuando nacen empresas, invierten, contratan y escalan. Ahí se juega buena parte de la recuperación del tejido empresario y el empleo formal.
-También te vi optimista con el primer cuatrimestre de 2026, y lo describiste como un cambio casi «borgeano», impulsado por los dólares de Vaca Muerta y, en menor medida, la minería. ¿Por qué es un punto de inflexión y por qué esta vez el cambio puede durar?
-Porque cambió el origen de los dólares. Esa es la respuesta corta.
Durante décadas, la economía argentina recorrió el mismo laberinto: crecía la actividad, aumentaban las importaciones, aparecía la escasez de divisas y terminábamos en una crisis de balanza de pagos. Por eso hablé de un momento casi borgeano.
Hoy el punto de partida es distinto. En 2025, el superávit energético fue de casi US$7.800 millones y explicó alrededor del 70% del superávit comercial. La Argentina pasó de importar energía a exportarla. El primer semestre de 2026 confirmó la tendencia. Según el INDEC, el saldo energético llegó a US$5.076 millones, un 61,7% más que un año antes y el mayor registro para un primer semestre de la serie. Las exportaciones de combustibles y energía sumaron US$6.594 millones, con un alza del 42,5%. Al mismo tiempo, según la Secretaría de Minería, las exportaciones mineras alcanzaron US$4.742 millones en el semestre, un 74,4% más que un año antes. El oro sigue siendo el principal producto en valor. El impulso del crecimiento vino del litio, con exportaciones que se dispararon por encima del 180% interanual.
Eso reduce una vulnerabilidad histórica. Pero conviene poner los números en perspectiva. Un superávit energético anual de ese orden equivale a poco más de un punto del PBI. Además, una parte de las nuevas exportaciones exige importar equipos, pagar servicios y, más adelante, remitir utilidades. Lo que importa para la macroeconomía no es solamente la exportación bruta, sino el aporte neto de divisas. El boom reduce el riesgo; no lo elimina.
El verdadero cambio de escala aparece hacia el final de la década. Si energía y minería llegan a exportar entre US$ 35.000 y US$ 40.000 millones por año, estaremos hablando de otra magnitud.
¿Por qué puede durar? Primero, porque no depende solamente de precios internacionales excepcionalmente altos. También responde a mayores volúmenes y a mejoras de productividad. Según el Indec, la producción no convencional de Vaca Muerta creció más del 30% interanual a comienzos de 2026. Es un recurso de escala mundial, aunque conviene hablar de recursos y no de reservas probadas. Además, el shale exige inversión permanente: no funciona solo una vez realizada la inversión inicial.
Segundo, porque energía y minería movilizan proyectos con horizontes de diez, quince o veinte años. Una vez comprometido ese capital, revertir las inversiones resulta costoso. El RIGI apunta a reducir el riesgo regulatorio y aumentar la previsibilidad para ese tipo de proyectos. Pero un régimen especial no reemplaza reglas generales estables. Y el capital hundido también puede convertirse en un blanco fiscal para futuros gobiernos. La verdadera prueba será sostener las reglas en el tiempo.
Tercero, porque cambian los incentivos políticos. A medida que aumenta el peso de las exportaciones de energía y minería, también crece el número de empresas, trabajadores, provincias y gobiernos locales interesados en preservar reglas estables para seguir invirtiendo y exportando.
«Los recursos naturales pueden reducir una de las vulnerabilidades históricas de la economía argentina: que cada recuperación termine en una crisis de balanza de pagos», dice Castro
Ahora bien, las crisis externas argentinas no siempre comenzaron por un déficit comercial. Varias se originaron en un freno súbito del financiamiento externo. Además, la demanda de activos externos por parte de los propios argentinos puede absorber rápidamente una porción relevante de los dólares adicionales. Por eso el boom de recursos naturales reduce riesgos, pero no reemplaza una macroeconomía sólida.
También hay que distinguir dos tipos de apreciación cambiaria. Una apreciación de equilibrio refleja un cambio permanente, como pasar de importar energía a exportarla. Puede elevar el poder adquisitivo y desplazar demanda hacia los servicios y la construcción. Otra cosa es una apreciación por exceso de gasto, que aparece cuando el Estado trata una renta transitoria como si fuera permanente. Esa apreciación infla el ciclo, castiga al resto de los sectores transables y termina en ajuste. La disciplina fiscal es un seguro necesario, pero no suficiente contra ese riesgo macro.
Ahí aparece una discusión todavía pendiente: qué hacer con la renta de los recursos naturales. Noruega canaliza buena parte de la renta petrolera hacia un fondo soberano. Chile utiliza una regla fiscal estructural para aislar el gasto de las oscilaciones del precio del cobre. Son mecanismos diferentes con un mismo objetivo: evitar que el auge exportador alimente un ciclo de gasto y apreciación insostenible.
Los recursos naturales pueden reducir una de las vulnerabilidades históricas de la economía argentina: que cada recuperación termine en una crisis de balanza de pagos. No eliminan ese riesgo. Y no reemplazan la disciplina fiscal, una moneda estable ni buenas instituciones. Cambian la oportunidad; no garantizan el resultado.
-En materia laboral, los datos muestran una tendencia clara: cae el empleo «bueno», el privado registrado, y crecen el autoempleo, las plataformas y las formas más grises, como el monotributo. Algunos lo llaman precarización. ¿Cómo lo analizás y qué capacidad le asignás a la reforma laboral para cambiar esta dinámica?
-Yo empezaría por cambiar la pregunta. No preguntaría por qué crece la precarización. Preguntaría por qué hace más de una década que la Argentina prácticamente no crea empleo privado formal.
La precarización es el síntoma. El problema viene antes.
Cuando una economía deja de generar empleo registrado, el ajuste no desaparece. Se desplaza hacia los márgenes: trabajo por cuenta propia, monotributo, plataformas e informalidad. Muchas veces, no porque los trabajadores prefieran esas modalidades, sino porque son la única puerta de entrada al mercado laboral.
Los datos muestran esa tendencia con claridad. Desde hace más de diez años, el empleo asalariado privado registrado prácticamente no aumenta como proporción del empleo total. Al mismo tiempo, alrededor del 35% de los asalariados sigue siendo informal, según la EPH. Si ampliamos la mirada, casi la mitad de los ocupados trabaja fuera del empleo asalariado privado registrado.
«Desde hace más de diez años, el empleo asalariado privado registrado prácticamente no aumenta como proporción del empleo total», dice Lucio Castro.
Eso tiene un costo social, pero también económico. Las empresas informales invierten menos, tienen peor acceso al crédito, capacitan menos a sus trabajadores y permanecen pequeñas durante más tiempo. Una economía donde una parte tan importante del empleo queda atrapada en ese segmento difícilmente pueda sostener aumentos significativos de productividad y salarios reales.
Además, la movilidad entre ambos segmentos es mucho menor de lo que suele suponerse. Cuando uno sigue a los mismos trabajadores utilizando la EPH, encuentra que apenas uno de cada siete trabajadores informales accede a un empleo registrado un año después. La mayoría permanece en la informalidad o rota entre ocupaciones de baja productividad.
Ese dato tiene una implicancia más amplia: en la Argentina, la reasignación laboral es lenta. Los trabajadores no pasan rápidamente de sectores en declive a sectores en expansión. Eso ayuda a explicar por qué los procesos de cambio económico generan costos de transición y por qué las reformas no producen resultados inmediatos en el empleo.
¿Puede ayudar la reforma laboral? Sí. Reducir los costos no salariales y, sobre todo, la incertidumbre asociada a la contratación puede favorecer la formalización. Pero la evidencia muestra que los efectos dependen del diseño de la reforma y del contexto macroeconómico.
Es una condición necesaria, no suficiente. Sin crecimiento sostenido es muy difícil reducir la informalidad. Una estimación simple a partir de la experiencia argentina sugiere la magnitud del desafío: reducir la informalidad diez puntos porcentuales requeriría crecer alrededor del 4% anual durante una década. No es un pronóstico mecánico. Es una forma de mostrar que se trata de un proceso largo. Y el crecimiento solo tampoco alcanza: importan los costos no salariales, el sistema tributario, la fiscalización y el valor que trabajadores y empresas reciben a cambio de formalizarse.
Las empresas no contratan porque cambió una ley. Contratan porque esperan vender más, invertir más y crecer. La legislación puede facilitar ese proceso; no puede reemplazarlo.
Por eso el empleo formal depende, antes que nada, de una macroeconomía estable, de más inversión y de la creación de nuevas empresas. Y aun cuando ese proceso empiece, la reasignación de trabajadores lleva tiempo. La macroeconomía puede cambiar relativamente rápido. El mercado laboral, no.
-Se presagia una «desconurbanización» masiva de la mano del RIGI, Vaca Muerta y la minería en el norte. Se argumenta que los argentinos se van a mudar en masa, como ocurre en Estados Unidos. ¿Es factible un éxodo de esa magnitud con este nuevo marco institucional?
-El movimiento existe y va a acelerarse. El éxodo, no.
Es cierto que el peso económico de la Argentina se está desplazando hacia las provincias con recursos naturales. Entre 2010 y 2022, Neuquén fue una de las provincias que más creció en población: cerca del 30%. También es cierto que el Gran Buenos Aires pierde peso relativo desde hace años. La inversión y el aumento de la producción exportable atraen empleo, proveedores y población.
La discusión no es si el movimiento está ocurriendo. La discusión es su velocidad.
Se suele poner como ejemplo a Estados Unidos. Pero Estados Unidos ya no es el país de alta movilidad que describían los manuales de economía. La migración interna cayó aproximadamente a la mitad desde los años ochenta. Ganong y Shoag muestran que una parte importante de esa caída responde al costo de la vivienda: las regiones que más crecen también son las que más encarecen las casas y los alquileres. La ventaja salarial de mudarse se reduce.
Añelo muestra una lógica parecida. Los salarios son altos, pero también los alquileres. La vivienda se transforma en el principal cuello de botella.
La Argentina enfrenta, además, un problema adicional. La proporción de personas que vive en una provincia distinta de aquella en la que nació pasó de alrededor del 21% en 2010 al 16% en 2022, según los censos nacionales. Ese indicador no mide directamente los flujos migratorios y también refleja cambios demográficos. Pero su evolución es consistente con la evidencia laboral que muestra una movilidad territorial reducida.
Cuando uno sigue a los trabajadores con el panel de la EPH encuentra otro dato importante: la mayor parte de las transiciones laborales ocurre dentro de la misma región. La gente cambia de empresa o de sector mucho antes de cambiar de provincia.
¿Por qué? Porque mudarse es caro. No solo por la vivienda, sino también por las escuelas, las redes familiares, el empleo de la pareja y la incertidumbre. Para muchos trabajadores, la familia sigue siendo el principal seguro frente al desempleo. Romper esa red tiene un costo enorme.
También hay que distinguir entre petróleo, minería y agro. El petróleo no convencional genera una cadena densa de proveedores y servicios; Neuquén lo muestra con claridad. El impacto sobre el empleo local va mucho más allá de los pozos.
La minería tiene otra escala y otra geografía. En el agregado puede pesar poco, pero puede transformar los mercados de trabajo locales. Por ejemplo, un estudio de CIPPEC muestra que representa alrededor del 5% del empleo registrado de San Juan. En los departamentos mineros, la incidencia es mucho mayor: explica el 21% del empleo asalariado formal en Iglesia, el 18% en Jáchal y el 10% en Calingasta.
Los efectos tampoco terminan en el empleo directo. Por cada puesto minero formal se genera aproximadamente otro puesto en los proveedores del primer anillo; si se consideran todos los encadenamientos, el multiplicador puede llegar a tres. Con ese efecto indirecto, la minería explicaría entre el 8% y el 12% del empleo privado registrado de San Juan. La construcción también cambió de escala: pasó del 5% del empleo registrado provincial en 2002 al 17% en 2022.
Son empleos formales y bien remunerados, además de demanda de construcción, transporte, catering, seguridad y proveedores. Pero el efecto local no ocurre automáticamente. Un proyecto puede operar como enclave, contratar trabajadores bajo esquemas rotativos y comprar buena parte de sus insumos fuera de la provincia. El resultado depende de las capacidades locales, la infraestructura y las reglas.
El agro tiene una lógica territorial diferente. La agricultura pampeana está altamente mecanizada, pero el complejo agroindustrial —maquinaria agrícola, logística, acopio, servicios profesionales e insumos— forma una red productiva extensa. La reducción de retenciones mejora sus incentivos y puede favorecer una desconcentración territorial más gradual y distribuida.
La desconcentración hacia destinos como Añelo «va a existir», dice Castro. «Pero será gradual. La producción puede cambiar de geografía relativamente rápido. La población, no», sentencia.
Por eso creo que la desconcentración va a existir, pero será gradual. La producción puede cambiar de geografía relativamente rápido. La población, no.
En ese marco, la prioridad no debería ser sostener artificialmente actividades en determinados lugares. Debería ser ayudar a las personas a acceder a las nuevas oportunidades. Pero ayudar a las personas también exige invertir en los lugares que crecen: vivienda, escuelas, capacitación, transporte e infraestructura.
Más allá de la discusión sobre la velocidad, la desconcentración es una buena noticia. La economía cerrada concentró producción y población alrededor del mercado interno. Una economía más abierta acerca la producción a los recursos y a los mercados externos contribuyendo. El desafío es que esa transición genere oportunidades antes que frustraciones.
