Todos somos responsables…

Todos somos responsables…

Termina el domingo y brotan como espinas dolorosas, las circunstancias que hacen sangrar al fútbol comodorense. El daño pareciera no ser percibido, pero va agregando motivos para causar un dolor cada vez más pronunciado. Y todos somos dueños de un pedacito de ese desgaste que lima las bondades que alguna vez supo lucir este deporte tan generoso como maltratado.

Y para no caer en el pecado general de responsabilizar al otro de toda falencia, es propio comenzar mirándose el ombligo. ¿Por qué? Porque en ese submundo de la desesperación por la inmediatez, la información deja de ser genuina para convertirse en una demostración de ligereza cargada de un contenido superficial y hasta vacío de sustento.

La publicación audiovisual se desespera por el click bait y entonces, todo es válido en la jungla de las opiniones descalificadoras y fondeadas -casi siempre- en el anonimato.

Es sabido y hasta lógico (que no quiere decir que sea correcto), que la imperfección es dueña del morbo que todos cargamos en la mochila. Una gresca entre jugadores adentro de la cancha es más llamativa que un golazo en el ángulo o una atajada milagrosa. Pero es el reordenamiento que impera y del que debemos hacernos cargo desde este lado del teclado.

Porque poco aporta el alimentar la mala predisposición en la semana para que el sábado y domingo -cada quien desde el lugar que le toca ocupar-, exponga sus intolerancias en el nombre del fútbol.

Y acá vamos con las otras patas de una mesa que se sostiene apenas y casi por propia voluntad, que por ayudas externas.

Se percibe demasiado histerisqueo en un pobre fútbol que no se cansa de recibir únicamente malas prebendas de parte de todos los protagonistas.

Sería fabuloso continuar con el legado de otros tiempos y reflejar las alternativas de un partido con situaciones de gol en las áreas o de algún golazo después de una apilada épica. Se disfrutaría si sólo se tendría que escribir del juego, de los sistemas, de atajadas, de cambios de estrategia o variantes tácticas. Eso, hoy, en esta realidad, sería una auténtica bendición.

Pero no. Y la observación no tiene distinción de camisetas, ni nombres. Porque cada quien sabe lo poco que le aporta a la nobleza de un deporte que se siente ultrajado por sus propios protagonistas.

Y allí, el ejército de malhechores vestidos de futbolistas, árbitros, dirigentes, directores técnicos, preparadores físicos y periodistas, no tienen compasión por la agonía de lo que dicen querer tanto.

Puntualizar sucesos que vienen pasando en nuestro fútbol, hasta sería mal utilizado por quienes carecen de una comprensión de texto capaz de darles a entender que se necesita una crítica hacia adentro y no una exteriorización de culpabilidad hacia el otro.

No alcanzan las frases hechas tales como: «hay que sincerarse», «ponerse los pantalones largos», «calzarse los zapatos del otro». No. De las palabras no salen las soluciones, sino de las acciones realmente sentidas y valederas.

Todos somos culpables. Eso está comprobadamente claro.

Alejandro Carrizo