Phil K. Dick, el gran inventor de mundos

A lo largo de su carrera como escritor, Phil. K Dick escribió 36 novelas y 121 relatos cortos que no bastaron para que fuera reconocido en vida, ya que murió prácticamente en la pobreza el 2 de marzo de 1982. En sus primeras publicaciones, en los años cincuenta, se metió en temas como política, metafísica y sociología, pero recién en la década siguiente, de la mano de la ciencia ficción, llegaría su momento de mayor lucimiento.

Nacido el 16 de diciembre de 1928, Dick puso a disposición de su obra distintas experiencias de su vida. Sin ir más lejos, la muerte de su hermana melliza a un mes de su nacimiento hizo que el concepto de “gemelo fantasma” o de un pensamiento dual se instalara en muchos de sus libros. Algo parecido pasó con su experimentación con drogas, alucinaciones, su sentimiento de paranoia y sus sospecha de sufrir esquizofrenia. Sus sueños también fueron disparadores, ya que incluyó en una de sus creaciones la frase “el imperio nunca cayó”, que sacó de una de sus visiones durante su adolescencia. Pero por sobre todas las cosas, se encargo de crear nuevos mundos y cuestionar el comportamiento humano y su futuro.

Luego de publicar ocho novelas, la aparición de El hombre en el castillo (1962) marcó un punto de inflexión en la carrera del escritor. De pronto, su nombre ganó cierta popularidad en el ambiente literario estadounidense, ganó un Premio Hugo en 1963 y adquirió un buen ritmo para nunca dejar de escribir -ni publicar- a pesar de que la remuneración que recibía por sus ficciones era poco y nada. 

En sus libros, más allá de lo disparatado y lejano que parecía en el momento de su publicación, Dick anticipó la realidad virtual, la inteligencia artificial y demostró ser un adelantado para la época. Por desgracia, también un incomprendido. Se codeaba con los referentes del movimiento beatnik, simpatizaba con ideas de izquierda y se autodenominaba como un propagador de la contracultura de los sesenta. Sus posición en contra de la Guerra de Vietnam le generó varios dolores de cabeza, ya que el FBI le abrió un expediente, pero terminó conquistando al mismísimo J. Edgar Hoover a tal punto que terminó enseñándole a manejar.

En 1968 publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que años más tarde inspiró la película Blade Runner, una novela en la que planteó su obsesión por distinguir lo genuinamente humano de las copias carentes de almas. Estas ideas lo acompañaban fuera de la literatura e incluso era algo que discutía asiduamente con sus familiares y amigos. Sus alucinaciones lo llevaron a pensar que era un profeta de una entidad divina a la que llamaba SIVAINVI -acrónimo de SIstema de VAsta INteligencia VIva- y que a través de sus ficciones podía mantener a la población engañada. También estaba convencido de que vivía una doble vida.

Estas creencias y visiones no impidieron que continuara su proceso creativo. De hecho, escribió sin parar hasta que tras sufrir dos derrames su cerebro dejó de tener actividad. Luego de unos días de agonía, su familia decidió desconectarlo del soporte vital para liberarlo de este mundo a las 53 años. Su padre, Joseph, enterró sus restos junto a los de su hermana Jane. De esta manera Dick dejó un enorme legado para la literatura y la ciencia ficción. Confesiones de un artista de mierda (1975) y Una mirada a la oscuridad (1976) también fueron llevadas a la pantalla grande, pero el autor no pudo apreciarlo en vida.