El misterio de Ignacio Corsini: fue tan famoso como Gardel, pero cayó en el pozo de los olvidados

Mano a mano, era posible que superara incluso a Carlos Gardel, pero el paso del tiempo, que casi todo lo borra, le jugó una mala pasada: muy pocos recuerdan hoy al cantor nacional Ignacio Corsini, una de las figuras más importantes de la música popular argentina de la primera mitad del siglo XX.

Corsini, que había sido en su Italia natal un pobre chico huérfano, trabajó en los duros oficios del campo bonaerense, como peón de estancia en Carlos Tejedor, antes de descubrir sus dotes para el canto criollo y que su atildado aspecto y su perfecta afinación empezaran a llamar la atención a los empresarios y al público femenino.

El apodo del “caballero de la canción” le llegó en plena competencia artística con el “zorzal criollo” y el también hoy casi olvidado Agustín Magaldi, cuando en la Argentina recién desembarcaba la industria fonográfica, la radio era una fábrica de ídolos de multitudes y comenzaba la historia del cine, que se volvería sonoro en los años treinta.

Mirado ese trío en retrospectiva, y con el diario del lunes, podría afirmarse que el francés Gardel fue “el inventor” del tango-canción, que el santafesino Magaldi fue una figura clave en las interpretaciones cargadas de sentimientos y que Corsini, dueño de un estilo más ligero, menos grave, sin tics ni demagogias, resultó el eslabón entre el viejo oficio de los payadores de los suburbios y una ciudad que iba transformándose en moderna.

Como Gardel, el tercero en la disputa, Magaldi murió temprano, en 1938, durante una intervención quirúrgica, cuanto tenía 39 años, pero en su corta carrera solista –antes había cantado en dúo con Pedro Noda- llegó a vender un millón de placas con su mega éxito “El penado 14” y 850 mil ejemplares de “Vagabundo”.

La carrera de Corsini, un siciliano que se había enamorado de la Argentina rural, fue más extensa: trabajó en el circo de los Hermanos Podestá, es decir la cuna del teatro argentino, brilló como cabeza de compañías teatrales en el tiempo en que la radio cambió la historia de la comunicación, filmó películas y al contrario del resto del “ambiente” llevó adelante una vida familiar estable.

“Los pájaros me enseñaron la espontaneidad de su canto, sin testigos, en el gran escenario de la naturaleza”, dijo en una entrevista en la que repasó como salió de su timidez de inmigrante con marcado acento extranjera para convertirse en una figura representativa del sentir criollo. “Aprendí a cantar como ellos, naturalmente y sin esfuerzo”.

En sus largos años iniciales en el ambiente del circo, Corsini se enamoró de la hija de un empresario del rubro, la trapecista Victoria Pacheco, con quien se casó, formo dupla artística, tuvo un hijo, llevó adelante el ideal de una vida familiar relajada, en una historia de amor que incluyó su retiro, cuando al enviudar perdió las ganas de seguir cantando.

Aunque por comodidad se lo ubica como un grande de la historia del tango, Corsini fue ante todo un cantor de estilo campero, admirador férreo del famoso payador José Bettinotti, cuyo fuerte fueron los valses, las canciones criollas, los ritmos de raíz africana, los estilos pampeanos, las habaneras y las primeras creaciones de un joven Atahualpa Yupanqui.

No fue adversario sino amigo de Gardel, sobre todo en una etapa fundacional de la canción del siglo XX, antes de que el “Morocho del Abasto” decidiera seguir su carrera en Europa y los Estados Unidos, con la certeza de que las nuevas posibilidades de la comunicación le ayudarían a convertirse en una estrella internacional, un plan perfecto que le salió bien.

“A Carlitos lo conocí en el año 1913, en Bahía Blanca, y desde entonces nuestra amistad jamás decayó”, contaba Corsini. “Cada uno de nosotros estuvo siempre pronto para acudir en ayuda del que necesitara algo. Con Gardel procuramos siempre colocar a nuestro cancionero por encima de todos los intereses y por cierto que puedo asegurar que luchamos bastante para lograrlo”.

El gran éxito de su carrera, “La pulpera de Santa Lucía”, que luego de su muerte inspiró una telenovela, no fue un accidente: durante una parte importante de la segunda parte de su carrera trabajó con el poeta Héctor Pedro Blomberg, que publicaba en el diario La Nación, un repertorio basado en los hechos de la era de Juan Manuel de Rosas en el poder

Además de la historia de la rubia pulpera de Santa Lucía, que cantaba como una calandria, ese llamado Repertorio Federal, que en algún punto era revulsivo en lo ideológico, incorporó temas como “Tirana unitaria”, “China de la Mazorca”, “La mazorquera de Montserrat”, “La guitarrera de San Nicolás”, “La bordadora de San Telmo” y “La canción de Amalia”, entre otras.

Entre sus grandes interpretaciones, no hay que olvidar “Palomita blanca”, “El adiós” “Tristeza criolla”, “El arriero”, “Patotero sentimental”, “Sentimiento gaucho”, “De todo te olvidas”, “Fumando espero”, “Dónde estás corazón”, “Cuartito azul”, “Camino del indio”, canciones aclamadas por multitudes cuando salía de gira, en tren o en su propio auto, siempre con tres guitarristas.

En la era de Hipólito Yrigoyen como figura central de la política argentina, Corsini le brindaba un claro apoyo al sector político más nacional y popular de la otrora revolucionaria Unión Cívica Radical, mientras Gardel seguía fiel en su relación con el Partido Conservador, en cuyos comités cantaba con frecuencia desde sus primeros tiempos en el Abasto.

En un notable ensayo que acaba de publicar a través de la editorial Gourmet Musical bajo el título de “Por qué escuchamos a Ignacio Corsini”, el músico y escritor Pablo Dacal se aventura en el juego de suponer que “con su estilo simple y sencillo”, Corsini se convirtió, antes del olvido, en una contrafigura política y estética de Gardel.

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“Mientras Gardel sobreactúa las emociones de la escena y de la canción buscando representarlas con las inflexiones del fraseo, tanto al hablar como al cantar”, plantea Dacal, Corsini, con su estilo simple y sencillo “no se mueve demasiado” en los escenarios y sets “ni busca representar lo que ya está cantado: sólo dice su parte”.

Gardel, apunta Dacal, asegurando que Corsini y Blomberg “no podían creerlo” acompañó el primer golpe de estado de la historia argentina y de tan entusiasmado grabó en ese 1930 “¡Viva la patria” de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez, acompañado de una nueva versión del gato patriótico “El sol del 25”, en su lado B.

“¡Viva la patria que quisieron mancillar!”, decía aquella letra que vivaba a la dictadura encabeza por al general golpista José Félix Uriburu, el hombre que puso fin al segundo gobierno democrático de Yrigoyen. “Orgulloso de ser argentino, al trazar nuestros nuevos destinos. ¡Viva la patria de rodillas en su altar!”

El mito de Gardel, se sabe, arranca con la tragedia de Medellín y una escena política argentina en que el gobierno necesitó que la prensa agitara su entierro como una ceremonia tan grande como el honor de la patria para intentar desviar la atención del público del escándalo de las denuncias de coimas generado desde el Senado de la Nación por las investigaciones de Lisandro de la Torre.

En el apogeo de la Década Infame, el Gardel que había filmado películas en Europa y Estados Unidos, convirtiéndose en una luminaria, lucía gigante, la corporización de todas las fantasías del morocho argentino siempre sonriendo y buen mozo que con su acento arrabalero termina convirtiendo en realidad individual el sueño colectivo del país que se siente predestinado a los éxitos.

Corsini, en cambio, fiel a su temperamento frugal, eligió retirarse sin aspavientos en 1949, un año después de la muerte de su esposa –“la gran compañera de toda mi vida, la que me alentó en mis horas inciertas y a la que debo gran parte de mis triunfos”, dijo al explicar su adiós a los escenarios- y unos años más tarde le diagnosticaron diabetes, se convirtió en insulinodependiente, y fue apagándose de a poco, hasta que murió en 1967.

En esos 18 años finales, se dedicó a apoyar la carrera de su hijo médico y a entretenerse con sus nietos. Se recluyó, pasó largas temporadas en las sierras cordobesas, vio el final del proceso de la entronización de Gardel como el número uno de todos los tiempos, y convivió con un pronunciado cambio en los gustos de gran parte del público, que poco a poco fue olvidando aquellas canciones suyas, ancladas a un pasado irrecuperable.

En su libro, el inquieto Dacal imagina una especia de largo soliloquio final del personaje, al despedirse de la vida: “Ya soy un fantasma. ¿Y cómo ha de morir la muerte? ¿Dónde quedará lo que hicimos? ¿En los discos? ¿En los libros? ¿En los recuerdos de la gente? (…) Mi voz se va conmigo como se fue Victoria, como se fueron Blomberg y Maciel.”

“Eva (Duarte) me llamó una vez: me propuso dirigir la Casa del Teatro. Dos horas me tuvo en el teléfono diciendo que buscaba una persona honesta y que tenía que ser yo. Pero no quise entrar en política ni ser funcionario de nadie. Yo creía en el Peludo Yrigoyen que iba caminando a la Casa Rosada y se sacaba pocas fotos. O en los socialistas. que siempre me cayeron bien”.

“¡Que misterioso el público! Hoy te pone allá arriba y mañana se olvida de vos. O te tratan como si fueses una eminencia pero dejan de ir a los conciertos, no te contratan, no te pasan por la radio y dejas de existir. A mí un día dejaron de darme pelota, de repente les quedé viejo y a otra cosa. Soy el gran olvidado, de mí ya no se acuerda nadie”.