
Buenos Aires, 16 agosto (PV) – La natalidad viene cayendo en todo el mundo de forma sostenida desde la década del 50 del siglo pasado. Sin embargo, en Argentina el tema ha encendido alarmas en los últimos tiempos porque el descenso se ha vuelto más pronunciado desde 2014 en adelante.
Me gustaría aprovechar este espacio para compartir un acercamiento a algunas de las ideas que desarrollo en el libro “Maternidad: ¿deseo o mandato?”. Intentaré hacer hincapié en los discursos públicos, en lo no dicho, en los mitos y en las falacias que hoy se ponen a circular interesadamente sobre la baja de los nacimientos.
Para ello, es fundamental identificar desde dónde se emiten estos discursos, a qué atribuyen la caída, a quiénes señalan como culpables y por qué se plantea como un problema.
En general, desde las derechas del mundo —laicas o religiosas, gestoras de los proyectos de acumulación de riqueza del poder económico concentrado— se ponen a circular estas ideas en medios, redes sociales y publicaciones varias.
El discurso es casi siempre el mismo: plantear la caída de la natalidad como una catástrofe, negar la crisis climática, ignorar las políticas públicas que podrían amortiguar las consecuencias y dirigir toda la parafernalia publicitaria a culpar a las mujeres, a su proceso emancipatorio y a la comunidad LGBTIQ+, proponiendo entonces como solución la pérdida de derechos o el arrasamiento liso y llano de esos grupos.
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Ya lo dijo el rector de la UCA en el Senado de la Nación: la caída de la natalidad es un problema y la culpa es de las mujeres que ahora quieren estudiar, trabajar, viajar, hacer deportes y se niegan a dedicar su vida a cuidar hijos. O sea, el problema es que persigan su autonomía, quieran tener solo las criaturas que puedan cuidar y querer bien, y que pretendan vivir como siempre han vivido los varones.
Lo mismo repiten el presidente, la vicepresidenta y sus asesores (muchos de ellos personas que decidieron no tener hijos), así como Elon Musk, Donald Trump y otros líderes globales que no han mostrado inconvenientes en apoyar el asesinato de poblaciones enteras, el bombardeo de escuelas en Medio Oriente y el aniquilamiento de infancias como objetivo de guerra.
Es el recurso que históricamente han empleado los fascismos: plantear un hecho social como problema, responsabilizar a un grupo subrepresentado o infravalorado y enunciar como solución la pérdida de derechos o el arrasamiento de esa minoría.
Desmontando las falacias económicas y sociales
La primera cuestión a despejar es la idea generalizada de que la caída de la natalidad es, por definición, un problema para toda la sociedad. ¿Es así?
Quienes impulsan esta agenda a nivel local ponen el foco en el supuesto colapso del sistema previsional: al haber menos trabajadores activos, habría dificultades para financiar las futuras jubilaciones. En Argentina, cabe preguntarse si ese equilibrio existió alguna vez, cuando los fondos de la ANSES suelen usarse según la coyuntura política y las jubilaciones son históricamente la variable de ajuste ante endeudamientos con el FMI.
Tengamos en cuenta, además, que el gobierno gasta $48,5 millones por semana para reprimir a un pequeño grupo de personas jubiladas que se manifiesta frente al Congreso.
En esa preocupación por el equilibrio fiscal nunca se menciona que las actividades hiperlucrativas —como el agronegocio, el extractivismo, la especulación financiera o los desarrollos tecnológicos— generan muy pocos puestos de trabajo y que podrían ser gravadas en consecuencia, con impuestos destinados a financiar la seguridad social, o el salario universal, tal como se hablaba en la época previa a la pandemia.
Tampoco se aborda que el verdadero problema del sistema es la informalidad laboral (que ronda el 50 %), agravada por marcos legales que quitan sanciones al empleo no registrado.
Otro argumento recurrente es que una población envejecida no contará con suficientes profesionales de la salud o del cuidado. Esta situación sería fácilmente reversible con políticas públicas que incentiven la elección de esos trabajos y profesiones, revalorizando y remunerando adecuadamente esas profesiones, en lugar de precarizar y desprestigiar a quienes trabajan en salud pública, educación y tareas de cuidado.
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También se sostiene la falacia de que la baja natalidad genera el empobrecimiento de un país. Bastaría con mirar el PBI de países pequeños del Norte Global para comprobar que la riqueza no depende de la cantidad de habitantes, sino del lugar que se ocupa en la división geopolítica del capital.
En síntesis, hacer nacer más personas no modifica ni soluciona problemas que son provocados por un proyecto económico de acumulación infinita de la riqueza en pocas manos, los cuales pueden ser solucionados con herramientas económicas de redistribución de la riqueza y políticas públicas consecuentes.
Las condiciones reales de la maternidad y las infancias
Si la caída de la natalidad no es una catástrofe para el futuro del país ni del planeta, ¿por qué sostener que es un problema? ¿Por qué el énfasis en responsabilizar a las mujeres? ¿Será una forma de vehiculizar el malestar social hacia un grupo históricamente combativo? ¿Será que el programa de crecimiento infinito necesita infinitos consumidores y más carne para la crueldad? ¿Será que la maternidad sigue siendo el dispositivo de control de los cuerpos de las mujeres por excelencia?
Hay otras preguntas ausentes en el debate público: ¿En qué condiciones se materna hoy? ¿En qué condiciones viven las infancias que ya existen?
Las condiciones de la maternidad para las mujeres trabajadoras son inviables. La brecha de cuidados no remunerados es enorme: el 90 % de las mujeres realiza tareas domésticas, dedicándoles 4 horas diarias, frente al 69 % de los varones, que les dedica 2,5 horas. Además, el 64 % de las mujeres se ocupa de la alimentación (vs. 25 % de los varones) y el 77 % de la higiene del hogar (vs. 45 %). Ese tiempo invertido en el cuidado se le resta al descanso, al estudio, a la capacitación laboral o al desarrollo personal.
En Argentina:
- El 82% de los hogares monoparentales está a cargo de una mujer.
- El 60% de esas madres no recibe la cuota alimentaria correspondiente (cifra que asciende al 68% si se incluyen pagos insuficientes o fuera de término) lo que incide fuertemente en su empobrecimiento.
En América Latina:
- El 38% de las madres se retira del trabajo remunerado tras el primer hijo y solo el 1% logra retornar en los siguientes 10 años.
- El 23% de las mujeres más pobres fue madre en la adolescencia y el 39% de las madres tiene el secundario incompleto.
A esto se suma la realidad de las infancias en nuestro país:
- El 53% de chicas y chicos es pobre o está privado de derechos básicos de salud y educación.
- Casi el 40% es o ha sido víctima de violencia intrafamiliar y el 59% experimentó prácticas violentas de crianza (42% castigo físico y 51,7% agresión psicológica).
- En 2020 había 9.754 niños y niñas institucionalizados y separados de sus familias por situaciones de violencia. Aunque 2.200 están en condiciones de ser adoptados, las inscripciones para adoptar cayeron un 65% entre 2020 y 2025, mientras que las devoluciones de adopciones alcanzan el 45% cuando no se trata de bebés.
- 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 7 niños sufrirá abuso sexual en la infancia.
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Nada de esto, nada que implique mejorar la vida de las mujeres y las infancias, se pone en el centro de la discusión sobre la natalidad. Las «soluciones» no traen propuestas para generar cambios culturales que hagan que los varones asuman su responsabilidad afectiva y económica, ni políticas públicas de cuidado, sino eliminar derechos y recortar la autonomía de las mujeres.
Un cambio de época y la crisis civilizatoria
El supuesto debate deja afuera otra variable: los varones. ¿Quieren ser padres? ¿Qué pasa con la fertilidad de los varones? La realidad es que hombres y mujeres presentan porcentajes similares de deseo de tener descendencia (entre 48% y 50%). Además, en todo el mundo se registra un incremento exponencial de vasectomías y una caída del 51% en la fertilidad masculina en los últimos 40 años debido a factores ambientales. La caída de la natalidad no es solo un tema de las mujeres.
Incluso en países con estabilidad económica y un fuerte Estado de bienestar, o en experiencias conservadoras como la Hungría de Viktor Orbán —delfín de las ultraderechas, donde se aplicaron subsidios, exenciones e incentivos por un 2% del PBI anual—, las tasas de natalidad tampoco aumentaron.
Aún con condiciones materiales garantizadas, las personas deciden no tener más descendencia, y esto es interesante porque da cuenta de que las causas son múltiples y no solo el “egoísmo” de las mujeres.
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De hecho, podríamos ver en estas decisiones una luz de esperanza para nuestra civilización; por primera vez hay generaciones en edad procreativa que se preguntan con responsabilidad, poniendo en el centro no solo su deseo, sino también la nueva vida, preguntándose no solo si “quieren”, sino si “pueden” acompañar el desarrollo de una nueva vida con el tiempo, el afecto y los recursos necesarios en este estado del mundo y de las cosas.
Por otro lado, cabe preguntarnos: en un planeta extenuado, con recursos finitos y un colapso ecológico en curso, ¿es un problema que nazcan menos personas?
Es una pregunta ya respondida hace 50 años. En su último libro “Colapso” la escritora y activista Flavia Broffoni desempolva el informe “Los límites al crecimiento”, del MIT, de 1972, realizado por Donella y Dennis Meadows y otros científicos para el Club de Roma. El informe establece que nuestro planeta tiene límites físicos y que no es posible el crecimiento físico infinito en un planeta con recursos finitos.
El aumento exponencial de la población y el crecimiento sin límite del sistema productivo nos llevarían en el corto plazo a lo que denominan “el hundimiento”, ya que esa presión determinaría que, en un futuro previsible y de corto plazo, se produjera la necesaria “adaptación” entre la población del mundo y el medio ambiente natural, en forma de un rápido y elevado aumento de la mortalidad. Como dice Broffoni en su libro, en palabras menos metafóricas: muertes, muchas muertes.
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El hundimiento está en proceso: catástrofes provocadas por la crisis climática, sequías, desertificación, grandes movimientos migratorios como consecuencia de totalitarismos de diferente signo, guerras por el control de los recursos.
La vida en el planeta es cada vez más difícil porque la presión de la población humana y el extractivismo desaforado pusieron en jaque el equilibrio que necesita la vida para abrirse paso. Como sostiene Donna Haraway, “el peso de los nacidos constituye una presión extincionista y extractivista, tanto para los humanos como para los no humanos”.
Esto también incide en la decisión de muchas mujeres y varones que consideran que sería egoísta traer más personas a vivir a un planeta en colapso.
Hoy el dibujo de la curva descendente de la tasa de natalidad copia el dibujo del descenso de todo eso que llamamos “recursos naturales”, todo eso que necesitamos para vivir. Quizás podemos pensar la curva descendente de la natalidad como una respuesta adaptativa de nuestra especie ante un entorno adverso. Algo común en otros animales no humanos.
La caída de la natalidad, lejos de ser un problema, puede ser una oportunidad para cuidar todo lo que está vivo y necesita ser cuidado en el planeta. El verdadero problema es un modelo civilizatorio y extractivista que pone en jaque la sostenibilidad de la vida y pretende convencernos de que no hay ningún valor en su cuidado.
Agencia NA
