La tradición pública y gratuita de la educación argentina obligó a las clases altas a diseñar estrategias para sortear la pretensión igualadora de ese ideal y cifró el surgimiento de una serie de instituciones privadas -la mayoría ligadas al ideario católico- que buscaron preservar el capital social y simbólico de estas élites, según rastrea la antropóloga Victoria Gessaghi en el ensayo «La educación de la clase alta argentina».
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