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Las últimas encuestas conceden solo 26 de los 60 diputados del parlamento del Gran Ducado, unicameral, a la actual coalición tripartita, inédita en el país, de los cuales solo 10 irían para el Partido Democrático (DP) de Bettel, que opta a la reelección tras cinco años de un mandato estable.
Su gran rival no será esta vez Juncker, actual presidente de la Comisión Europea (CE), que perdió el poder salpicado por un escándalo en los servicios de inteligencia del país, sino Claude Wiseler, un hombre discreto, de trayectoria limpia, ex ministro de Infraestructuras y a quien las encuestas otorgan 26 diputados.

Un resultado insuficiente para gobernar que en todo caso requeriría una coalición, con un escenario abierto en un país que, si bien es reticente al cambio, cuenta con una larga tradición de pactos.
También se ha desinflado el apoyo a los socialistas, cuyo candidato es Etienne Schneider, quien ha sido ministro de Economía tanto con Juncker como con Bettel.
Al contrario que en otras democracias europeas, la campaña electoral en Luxemburgo, de poco más de medio millón de habitantes, no ha estado marcada por discursos xenófobos o antiinmigración.
Casi la mitad de la población del país es extranjera, principalmente portugueses y franceses, y los trabajadores desplazados (unos 180.000) son fundamentales en la economía del país, especialmente en el sector privado.
Sin embargo, el auge del populismo ha tenido su expresión en el discurso de la identidad nacional, encabezado por el populista ADR, y articulado a través de la defensa de la lengua, el luxemburgués, como elemento real de integración.
El discurso lingüístico ha calado también entre los partidos de centro, incluso en los Verdes, y especialmente en los liberales, que han puesto el idioma local en el centro de su campaña con el lema «El futuro en luxemburgués», algo impensable hace cinco años para un partido centrado en temas socioeconómicos.
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