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En particular, desde Economía Feminita trabajamos evidenciando la desigualdad de género existente especialmente en Argentina, pero que se constata en todo el mundo. Lamentablemente, al usar estadísticas oficiales estamos obligadas a hacer el mismo recorte que hacen estas, limitando nuestros análisis al binomio mujer/varón. Sin embargo, es necesario señalar los altos niveles de violencia que vive el colectivo trans, donde la esperanza de vida es menos de la mitad de la promedial y la falta de reglamentación del cupo laboral travesti/trans las deja seriamente expuestas a ser explotadas sexualmente.
Siguiendo con el dicotómico recorte se vuelve más fácil evidenciar el diferente rol que ocupamos mujeres y varones en esta sociedad, como demostraron los dos paros internacionales del 8 de marzo, las mujeres ocupamos un papel reproductivo dentro del sistema actual. No sólo es posible encontrar una continuidad con los tipos de trabajo que realizamos asalariadamente, como si empleo doméstico, enfermería y docencia tuviesen algún rasgo naturalmente femenino, sino que a su vez el trabajo del hogar sigue quedando a cargo de las mujeres, quienes realizan casi el 75% de este trabajo no pago destinando casi 6 horas y media al día.
A su vez, las desiguales oportunidades en el mercado laboral que se suman a la asimétrica distribución del trabajo de cuidados tienen implicancias directas en términos de ingresos. En nuestro país, las mujeres ganan en promedio 28,2% menos que los varones y la brecha salarial se amplía a 34% cuando se trata de trabajadoras informales, que representan más de un tercio del total.
Las tasas de desempleo también son mayores para las mujeres, siendo las menores a 29 años las más expuestas con una tasa de más del 20%. El resultado de ello es una feminización de la pobreza: el 10% de la población con menores ingresos es más de 70% femenino.
Las mujeres como conjunto estamos vulneradas dentro de la esfera económica, lo que atenta contra nuestra independencia económica, limitando las oportunidades reales y coartando nuestra autonomía. Se configura así un caldo de cultivo para situaciones violentas e impone una verdadera traba a las víctimas, que en estos contextos, se ven a menudo privadas de los recursos necesarios para alejarse de su agresor, estando bajo amenaza de quedarse sin hogar y/o ingresos, muchas veces con hijos/as u otros familiares a cargo.
Poder visualizar la violencia como una cadena permite comprender que la autonomía económica de las mujeres es central para cortar el ciclo, siempre ascendente, de la violencia de género.
(*) Integrantes de Economía Femini(s)ta.
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