[adrotate banner=»4″]
El candidato no esconde su añoranza por la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985, lo que no impidió que se convirtiera en el candidato favorito, ya que se impuso en la primera vuelta de las elecciones con un 46 % de los votos y cuenta con un 59 % de la intención de voto para la segunda, reseña Efe.
Su rival el domingo, el socialista Fernando Haddad, obtuvo el 29 % de los votos y tiene el 41 % del favoritismo.

Durante sus siete mandatos como diputado federal (1995-2018), Bolsonaro aprobó dos proyectos de ley, pero su trayectoria en el Congreso ganó notoriedad por sus polémicas posiciones.
A los 22 años, Bolsonaro se graduó en la Academia Militar das Agulhas Negras, una prestigiosa escuela de oficiales del Ejército, pero, una década después, se vio involucrado en episodios que le rindieron dos procesos disciplinarios y 15 días en prisión.
Esos incidentes le obligaron a pasar a la reserva en 1988 y, poco después inició su carrera política, enarbolando como banderas la defensa de la familia «tradicional», la soberanía nacional, el derecho a la propiedad y el armamento del ciudadano.
Su discurso, apuntado como radical y autoritario por varios organismos, ha fragmentado la sociedad brasileña, en la que Bolsonaro transita entre la adoración de unos y el odio de otros.
Muchos atribuyen a sus inflamadas declaraciones la puñalada que recibió el 6 de septiembre mientras era cargado en hombros durante un mitin, y que le dejó hospitalizado por más de tres semanas.

Como resultado de la agresión, los médicos desaconsejaron que Bolsonaro participase en debates televisados o actos en lugares públicos, por lo que centró su campaña en las redes sociales, a las que llevó su agenda conservadora.
La clase militar ha ocupado una posición central en la esfera más cercana al capitán, en la que conviven también empresarios neoliberales, economistas vinculados a la escuela de Chicago y pastores de las iglesias evangelistas.
Su falta de conocimientos económicos -que él mismo admite- y sus propuestas de nombrar militares en varios ministerios, eliminar la «ideología» de las escuelas, enseñar «la verdad» sobre el régimen militar de 1964 o retirar al país del Acuerdo de París contra el Cambio Climático le han traído un sinnúmero de detractores.
En las últimas semanas, miles de personas ocuparon las calles del país para protestar en su contra bajo gritos de «él no», una consigna que tomó forma a partir de la movilización de distintos grupos sociales, los cuales Bolsonaro calificó como «radicales».

En medio de las elecciones más polarizadas desde que Brasil retomó su democracia, muchos electores ven en Bolsonaro la única vía contra la corrupción que llevó al gigante suramericano a una dura crisis económica y social, que salpicó a los principales partidos políticos y condujo a la cárcel el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores (PT).
Otros fueron atraídos por el discurso bélico de Bolsonaro, admirador de Donald Trump y defensor de la flexibilización del porte de armas, la reducción de la edad penal y la no investigación de policías en caso de que maten durante el servicio.
Padre de cinco hijos, cuatro varones y una mujer, y pese a las polémicas, el ultraderechista se apoya sobre todo en la confianza que tiene en sí mismo y en la máxima «Brasil por encima de todo y Dios encima de todos», su principal lema.
[adrotate banner=»5″]
