«Tarados que hablan de la industria»: la frase de Caputo que desató una dura crítica económica

«Tarados que hablan de la industria»: la frase de Caputo que desató una dura crítica económica


Ante la Cámara de Agentes de Bolsa, el ministro de Economía condensó su visión sobre el debate industrial en una frase: «para todos los tarados que hablan de la industria». El argumento que la acompaña se apoya en un dato concreto: entre 2011 y 2023 la producción manufacturera cayó cerca de 10% pese a estar subsidiada en tarifas y sostenida por el conjunto de la sociedad. De ahí deriva su tesis: el crecimiento vendrá de los cuatro sectores generadores de divisas —energía, minería, agro y economía del conocimiento— y sus efectos se derramarán sobre el resto.

El diagnóstico sobre el pasado no es enteramente falso. La industria argentina arrastra problemas de competitividad de larga data, y buena parte del entramado sobrevivió más por protección que por productividad. El problema no es la crítica al esquema anterior; es la conclusión que se extrae de ella.

Qué dice la teoría que se descartaPreocuparse por la industria no es una manía local ni una herencia setentista: es uno de los ejes centrales de la economía del desarrollo moderna. Si quienes «hablan de la industria» son tarados, la lista es incómoda.



Empieza por Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos, cuyo Report on Manufactures (1791) fundó la política industrial del país que hoy el Gobierno toma como modelo. Sigue con Friedrich List, que le dio a Alemania la doctrina de la industria naciente. Nicholas Kaldor formalizó por qué las manufacturas son el motor del crecimiento: son el sector con mayores rendimientos crecientes y mayor capacidad de arrastre sobre el resto de la economía. Albert Hirschman mostró que el desarrollo depende de los encadenamientos productivos que la industria genera y que los recursos primarios, por sí solos, no.

Más cerca en el tiempo, Alice Amsden explicó el ascenso asiático a partir del aprendizaje tecnológico industrial, y Dani Rodrik acuñó el concepto que hoy describe con precisión a la Argentina: «desindustrialización prematura», perder músculo manufacturero antes de haber alcanzado el ingreso per cápita que lo justifique. Ha-Joon Chang lo resumió en una imagen: los países que llegaron arriba «patean la escalera» y recomiendan a los que suben las políticas que ellos nunca aplicaron. Y Mariana Mazzucato documentó cómo el Estado estuvo detrás de casi todas las tecnologías que hoy movilizan al sector privado. No es una secta: es el consenso de la disciplina sobre cómo los países se vuelven ricos.

El modelo, medido con su propia varaEl ministro se indigna por una caída del 10% en doce años: alrededor de 0,8% anual. Conviene entonces medir su propia gestión con la misma vara.



La actividad manufacturera acumula una contracción cercana al 3% en 2026 y se ubica en torno al 14,5% por debajo de su máximo de 2017. Las fábricas operan con una capacidad ociosa cercana al 40%. Desde 2023 se destruyeron más de 87.000 puestos industriales registrados —con doce caídas mensuales consecutivas— y cerraron cerca de 3.800 pymes del sector. Las proyecciones privadas anticipan unos 105.000 empleos industriales menos en 2026, y la mora bancaria de las empresas saltó de 0,9% a 3,3% en apenas un año.

Es decir: aquello que se le reprocha a la gestión anterior —un deterioro lento— se transformó en un deterioro acelerado. El tratamiento avanza más rápido que la enfermedad que dice combatir.

Primarización no es desarrolloLa apuesta oficial por los cuatro sectores exportadores no es, en sí misma, un error: energía, minería y agro pueden ser una palanca formidable. El error es confundir la palanca con el destino. Un país no se vuelve desarrollado por lo que extrae del suelo, sino por lo que aprende a hacer sobre él: la complejidad productiva, el conocimiento incorporado, las cadenas de valor que multiplican empleo calificado.



El empleo industrial que se destruye no migra hacia servicios de alta productividad. En las economías emergentes que recorren ese camino a mitad de trayecto, la estructura productiva no se gradúa: se amputa. Reemplazar valor agregado por renta extractiva puede mejorar transitoriamente la cuenta de dólares y empeorar de manera permanente la capacidad de generar riqueza y trabajo.

Estabilizar es necesario, pero no es lo mismo que desarrollar. Ordenar los precios relativos y las cuentas fiscales es una condición del crecimiento, no un plan de crecimiento. Y ningún país del mundo alcanzó el desarrollo destruyendo su industria: los que hoy pueden darse el lujo de desindustrializarse lo hacen desde ingresos altos y sistemas de innovación maduros, no desde la recesión.

Quizás el problema no sean los «tarados que hablan de la industria». Quizás el problema sea un diagnóstico que confunde el síntoma con la cura, y que necesita descalificar dos siglos de teoría económica para no discutir sus propios números.