En una columna publicada el fin de semana, el ministro Federico Sturzenegger se propuso defender la marcha del programa económico. El texto, sin embargo, ofrece algo más valioso que una defensa: un diagnóstico. Al enumerar sus propias cifras —el crédito al sector privado en torno al 12% del PBI, una cartera irregular inferior al 1% del producto, la caída del empleo asalariado formal compensada por el monotributo— el argumento oficial termina describiendo, con notable precisión, aquello que a la economía argentina todavía le falta.
Conviene tomar esos números en serio, sin la carga de la disputa cotidiana. Bajar la inflación y sostener el equilibrio fiscal son condiciones necesarias, y nadie serio lo discute. La pregunta relevante es otra: ¿alcanzan esas condiciones para convertir una estabilización en un proceso de crecimiento sostenido? La teoría económica —y la propia historia argentina— sugieren que no.
Un sistema financiero demasiado pequeñoEl dato más elocuente es el tamaño del crédito. Que el financiamiento al sector privado represente apenas el 12% del PBI, frente a más del 70% en Chile o en Brasil, no es una señal de prudencia: es la medida de una economía que no consigue financiar su propia inversión. Desde los trabajos de Robert King y Ross Levine sobre finanzas y crecimiento, que retomaron una intuición de Joseph Schumpeter, se sabe que la profundidad financiera no es un lujo posterior al desarrollo, sino una de sus precondiciones. El crédito es el mecanismo por el cual el ahorro se transforma en inversión productiva, en capital de trabajo, en innovación. Un sistema que presta el equivalente a una octava parte de lo que produce el país no protege a nadie de una crisis: simplemente no está cumpliendo su función.
Presentar esa estrechez como fortaleza confunde el síntoma con la virtud. La baja morosidad sistémica es real, pero es la contracara aritmética de un crédito que casi no existe. Es difícil quebrar por préstamos que no se otorgan.
El empleo que cambia de formaEl segundo dato admitido es igual de relevante. El propio funcionario reconoce que el empleo asalariado formal privado retrocede, y que los puestos sumados en los últimos años se explican por trabajadores no registrados y, sobre todo, por casi medio millón de monotributistas. La composición importa tanto como el número. Una economía puede exhibir creación neta de empleo y, al mismo tiempo, deteriorar la calidad de ese empleo si el crecimiento se apoya en formas de menor productividad y protección. El monotributo cumple un papel útil de inclusión, pero no equivale al empleo formal que sostiene la recaudación, los aportes y la demanda de bienes durables. Llamar «crecimiento» a esa recomposición es, cuando menos, una descripción incompleta.
La deuda de los hogaresEl tercer punto es el más delicado. Casi cuatro millones de personas accedieron por primera vez al crédito en dos años, en un contexto de morosidad de las familias en niveles récord. La lectura oficial —que el Estado no debe intervenir y que la relación es entre las entidades y sus clientes— es defendible en términos estrictamente regulatorios. Pero omite el trasfondo macroeconómico. Atif Mian y Amir Sufi mostraron, al estudiar la crisis estadounidense, que el endeudamiento de los hogares que financia consumo en lugar de inversión, cuando los ingresos no crecen, no es un signo de inclusión financiera sino una fuente de fragilidad y un lastre sobre la demanda futura. Endeudarse para llegar a fin de mes no es lo mismo que endeudarse para invertir. Esa diferencia define si el crédito impulsa el desarrollo o solo pospone una restricción.
La calidad del ajusteNada de esto niega los avances. La desinflación y el orden fiscal son logros que sería un error subestimar. El punto es que constituyen un piso, no un destino. La experiencia comparada enseña que las estabilizaciones se vuelven duraderas cuando van acompañadas de tres cosas que hoy están ausentes: un mercado de crédito profundo y en moneda propia, empleo formal de productividad creciente, y una inversión —pública y privada— que no se use como principal variable de ajuste. Cuidar la calidad del ajuste, y no solamente su magnitud, es lo que separa una estabilización de un proceso de crecimiento.
Los números que el oficialismo exhibe con orgullo son, leídos con atención, una hoja de ruta de lo que queda pendiente. Estabilizar la nominalidad de la economía es una condición; transformarla en desarrollo es la verdadera tarea. Y esa tarea, por ahora, sigue sin empezar.
