Milei y Kicillof: el café que puede mover el riesgo país

Milei y Kicillof: el café que puede mover el riesgo país


Es importante saber qué va a pasar con el WTI. Con la tonelada de soja, o con la de litio. Cuánto puede exportar Vaca Muerta. Cuánto comprará China. Cuánto crece India. Si va a llover mucho, poquito o nada sobre nuestras fértiles praderas.

Pero resuelve una parte de la ecuación argentina. Y me animaría a decir que ni siquiera es la más importante. Porque Argentina no tiene, esencialmente, un problema económico. Tiene un problema político.

No somos un país condenado por su geografía. No estamos asentados sobre un territorio improductivo, seco ni hostil. No nos faltan recursos naturales, agua, energía, alimentos ni capital humano. No tenemos un problema de hardware y tenemos tierra de sobra. Nos sobran los «fierros». Tenemos, en todo caso, un problema de management.



Y la mejor prueba está en los mercados. Argentina tiene un beta político altísimo. Un inversor puede despertarse después de una elección y encontrarse con un país completamente distinto al que tenía la noche anterior. No porque haya aparecido petróleo donde no había o porque una sequía haya destruido una cosecha. Simplemente porque cambió el resultado electoral.

Eso dice bastante sobre dónde está nuestro verdadero problema. La Argentina no logró construir consensos suficientes sobre su modelo de desarrollo. Y esa ausencia de consensos habilita una varianza extraordinaria en la política económica.

Después, claro, esa inestabilidad termina apareciendo en las variables macroeconómicas. Pero las variables son, muchas veces, la consecuencia. No la causa.



Pensemos solamente en los últimos años.

Pasamos de un gobierno con una indisciplina monetaria feroz, cuyo ministro de Economía y candidato a presidente podía prácticamente eliminar el Impuesto a las Ganancias de un plumazo en medio de una campaña electoral, a otro que hizo uno de los ajustes fiscales «más grandes de la historia de la humanidad». De una punta a la otra. Eso es Argentina.

El desafío, entonces, no consiste en eliminar las diferencias. Sería imposible y tampoco sería deseable.



La economía es una ciencia social. Cambian las sociedades, aparecen problemas nuevos, se modifican las demandas y los gobiernos tienen distintas prioridades. Es lógico que un gobierno de izquierda haga algunas cosas y uno de derecha haga otras.

El problema aparece cuando esas oscilaciones se convierten en volantazos. Argentina necesita acotar la varianza de su política económica.

Necesita construir una cancha dentro de la cual podamos discutir todo lo que queramos, votar proyectos diferentes y alternar gobiernos, pero sabiendo que existen determinadas líneas que no se cruzan cada cuatro años.



 

Y para eso hay algo todavía más difícil: tenemos que recuperar la costumbre de sentarnos alrededor de una mesa. Hoy, por poner un ejemplo, si Javier Milei y Axel Kicillof se tomaran un café y tuvieran una charla de gestión el riesgo país se desplomaría. Y no porque haya aumentado la capacidad de repago de nuestros bonos ni porque ellos hayan firmado un gran pacto nacional lleno de solemnidad. 

Simplemente porque los dos grandes adversarios que hoy tiene el espectro ideológico compartieron algo, se sentaron a conversar y demostraron que hay algo que los excede. Seguirán siendo rivales y buscarán derrotarse electoralmente, pero mostrarán que Argentina importa más y mandarán el mensaje de que, gane quien gane una elección, el país no vuelve a empezar desde cero. Por eso, ese hipotético café tendría valor económico. Porque el riesgo argentino no es solamente fiscal, monetario o cambiario. También es el riesgo de que cada proyecto político considere que para triunfar necesita borrar todo lo que hizo el anterior.



Deberían ser más frecuentes los encuentros «de gestión» para resolver problemáticas comunes y transversales. A veces será la inflación. Otras veces el empleo. Mañana puede ser la IA, una pandemia, el sistema previsional, la ludoptaía infantil o un problema que todavía ni siquiera conocemos.

Gobierno, oposición y oposiciones. ¿Qué puede aportar cada uno? ¿Dónde podemos acordar? ¿Qué cosas pueden sobrevivir al próximo cambio de gobierno?

Naturalmente, el oficialismo tendrá mayor capacidad para imponer su visión. Para eso ganó las elecciones. Tiene los votos y tiene el mandato popular.



Pero una democracia no debería empezar de cero cada cuatro años.

Incluso hay una cuestión de supervivencia de la propia dirigencia política.

En términos de Milei, de supervivencia de la «casta».



Porque la política argentina se convirtió en una picadora de carne.

La oposición hace todo lo posible para destruir al oficialismo. El oficialismo promete arrasar con la oposición. Después cambian los roles y empieza de nuevo.

Hay algo casi suicida en esa dinámica. 



La grieta ayuda a ganar elecciones. Pero apostar a ella engendra el fracaso del futuro gobierno. Hoy, Milei se ve obligado a advertir que viene un apocalipsis si pierde. Ese riesgo puede estimular el espanto y ayudarlo a sumar voluntades, pero paraliza miles de inversiones, lo que conspira contra la economía y, por ende, contra las propias chances de Milei. 

Es parte de este mecanismo que valida la tesis de Jorge Asís de que, en Argentina, «todo termina mal». Acaso, ¿cómo terminó Alfonsín? Mal. ¿Menem? Mal. ¿De la Rúa? Siguiente pregunta. ¿Los Kirchner? Mal. ¿Macri? Mal. ¿Alberto? Bueno…Argentina pierde un stock de actores que, potencialmente, pueden ayudar: los expresidentes. Una vez fuera del gobierno puede aportar experiencia y estabilidad. Acá, eso no pasa.

 



La ferocidad de la oposición de hoy está incubando el germen de la ingobernabilidad de mañana. El opositor que contribuye a que gobernar sea imposible puede convertirse, cuatro años después, en el presidente que descubre que gobernar es imposible. Y vuelta a empezar.

Durante décadas buscamos referencias afuera. Los Pactos de la Moncloa. El civismo uruguayo. La estabilidad chilena. Pero probablemente no exista un modelo que podamos importar y copiar.

Argentina tendrá que encontrar el suyo. Y eso ayudará a encontrar el modelo de crecimiento. Sabemos que somos capitalistas, democráticos, occidentales, que nos interesa cierta presencia del Estado en la economía y la vida social en general, que tenemos ambiciones –por orgullo, por haber sido «ricos», por ser geniales a nivel grupal y deportivo- a nivel productivo, salarial y nacional, que hay ciertos símbolos importantes y cuasi-sagrados (como la UBA) y que tenemos una pulsión igualitaria (como plantea Juan Carlos Torre en la entrevista que le hizo Ramiro Gamboa). El que logre satisfacer esas pulsiones sin destruir la macro habrá sentado las bases del futuro próspero que nos imaginamos y creemos que merecemos. 



Y, como somos resultadistas, el modelo que finalmente funcione será el que resulte intocable. Si ese esquema económico logra imponerse, después habrá versiones de izquierda, de derecha y de centro de ese mismo modelo.

El problema es que todavía no llegamos ahí. No tuvimos en las últimas décadas un modelo que haya sido al mismo tiempo exitoso y perdurable. Por eso seguimos discutiendo casi desde cero.



Y por eso creo que esta discusión es mucho más importante para el futuro argentino que preguntarnos solamente cuántos recursos naturales tenemos, cuánto crecerá China, qué hará India o cuánto valdrá el barril de petróleo.

Todo eso importa. Muchísimo. Pero primero tenemos que resolver nuestra política.



Argentina vuelve a entrar en un ciclo electoral. Con él, miles de decisiones de inversión pasarán a modo «wait and see». Empresas que esperarán. Capitales que mirarán las encuestas. Proyectos que querrán saber qué Argentina encontrarán después de las elecciones.

Es lógico que ocurra. Lo que no debería ser lógico es que una elección pueda cambiar completamente las reglas del juego. Ahí está nuestro verdadero desafío.

Cuanto mejor hagamos los deberes políticos, mejor le va a ir a la economía. Podemos tener Vaca Muerta, litio, soja, cobre y uno de los territorios más privilegiados del planeta. Pero ningún recurso natural puede reemplazar para siempre a una buena política.