El presidente ha enviado al Congreso un proyecto de ley para reformar la Carta Orgánica del Banco Central, que apunta en la dirección correcta.
Luego de décadas de alta inflación, parece más razonable corregir errores de diseño del funcionamiento del BCRA que dinamitarlo o cerrarlo. El uso y abuso que hizo el kirchnerismo de la emisión monetaria llevó al país al borde de la hiperinflación. Es importante reformar las normas que rigen al banco para evitar que se repitan esos desmanes.
Dicho esto, los que tenemos la responsabilidad de tratar una reforma de esta significatividad en el Congreso no deberíamos caer en la tentación de aprobar unas reglas que van a regir la vida económica de los argentinos en las próximas décadas solo por oposición al desastre que hicieron administraciones anteriores, ni por la adhesión a libro cerrado a dogmas ideológicos de la actual administración.
Una reforma de esta magnitud requiere un debate honesto y a fondo, que trascienda las ideologías y dogmas de los sucesivos gobiernos para que sea exitosa y duradera.
Una reforma que necesita consenso y reglas duraderasLas reglas que siguen los bancos centrales de los países capitalistas más desarrollados del mundo han pasado por un largo proceso de debate previo a su aprobación. En ese trámite tuvieron en consideración la opinión de los principales referentes de la economía real, del sistema bancario y de los partidos políticos.
En ningún caso se ataron a la posición dogmática del gobierno de turno. Lograron un consenso tal que perduraron en el largo plazo, y con éxito.
Aquí tuvimos una presidenta que creía que la inflación no era tan dañina y reformó la Carta Orgánica a su gusto, con las desastrosas consecuencias conocidas.
El presidente actual está claramente bien orientado sobre los efectos de la inflación. Pero su loable cruzada antiinflacionaria parece estar muy sobregirada por algunos dogmas teóricos que no gozan de consenso político ni profesional mayoritario ni se verifican inexorablemente en la práctica.
Veamos el párrafo central del discurso del presidente emitido por cadena nacional:
«Frente a la pasión expropiatoria de la alta política decidimos poner fin a 91 años de historia y reformar la carta orgánica del Banco Central de la República Argentina. En primer lugar, se termina con la bestialidad de cinco objetivos para un instrumento y la misión fundamental del Banco Central vuelve a ser la de preservar el valor de la moneda; la nueva carta orgánica reconoce la naturaleza monetaria de la inflación, ya que la misma es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario».
Frondizi y un antecedente de estabilización con desarrolloEn primer lugar, no es cierto que todos los gobiernos de los últimos 91 años tuvieron «pasión expropiatoria» ni que la actual presidencia es la primera y única en creer que la inflación es un flagelo de primer orden y que hay que combatirla frontalmente.
En 1958, Frondizi heredó una situación parecida a la de Milei: inflación reprimida, tarifas y dólar atrasados, crisis energética, déficit de balanza de pagos, falta de reservas en el Banco Central y un déficit fiscal sideral.
Desde el primer día lanzó una política de estabilización y desarrollo con resultados notables. En un país en expansión, trituró la inflación en menos de cuatro años: tuvo 31,6% anual en 1958; por el sinceramiento del dólar y de las tarifas subió al 113,7% en 1959, pero bajó al 26,6% anual en 1960, al 13,7% en 1961 y en 1962 tuvo deflación.
¿La inflación es siempre un fenómeno monetario?Por otro lado, respetamos que el presidente crea que la inflación «es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario», pero no parece prudente fundamentar en un controvertido dogma monetarista enunciado hace 60 años unas normas que pretendemos se mantengan en el largo plazo con administraciones de distinto signo político.
Una cosa es afirmar que la emisión descontrolada para financiar políticas populistas termina inevitablemente en alta inflación, y otra muy distinta es afirmar que la única causa es siempre monetaria y atar a ese dogma la suerte de todos los argentinos en las próximas décadas.
Jerome Powell y Lisa Cook, de la Reserva Federal, afirmaron claramente que las distorsiones de oferta y demanda relacionadas con la pandemia, la tensión en las cadenas de suministro, las rigideces de los mercados laborales y los shocks en los mercados de energía y commodities fueron causas no monetarias que explican la inflación de los últimos años.
También señalaron que la reversión de esas causas no monetarias fue la clave de la posterior desinflación.
Desde el FMI, Gita Gopinath tituló su discurso en el Foro de Bancos Centrales de Sintra «Tres verdades incómodas para la política monetaria», admitiendo que los agregados monetarios no explican por sí solos todos los casos inflacionarios ni son suficientes para resolverlos.
Conste que no estoy citando al estructuralista Julio H. G. Olivera, que escribió una teoría no monetaria de la inflación en 1960, ni al desarrollista Rogelio J. Frigerio, que explicó la relación entre inflación y subdesarrollo hace más de 50 años, sino a exponentes relevantes de la ortodoxia económica responsables de dos de las instituciones más importantes del capitalismo a nivel mundial.
Los bancos centrales también miran el empleo y la producciónFinalmente, debemos señalar que tampoco es cierto que un único instrumento, la política monetaria, pueda tener solamente un objetivo.
La Reserva Federal de Estados Unidos tiene varios: aumento de la producción, máximo empleo, precios estables, tasas de largo plazo moderadas y estabilidad del sistema financiero.
El Banco de Canadá tiene como misión regular el crédito y la moneda, pero sin desentenderse de la vida económica de la nación.
El Banco de Inglaterra tiene como objetivo principal la estabilidad de precios y, como objetivos subordinados, la estabilidad financiera del sistema y el apoyo al crecimiento económico y del empleo.
Estabilidad de precios como medio, no como finEl equilibrio fiscal y la estabilidad de precios son condiciones imprescindibles para el desarrollo económico. Pero debería quedar claro cuáles son los medios y cuáles son los fines.
Después de décadas de alta inflación, los desarrollistas podríamos admitir que el BCRA tenga como prioridad o misión fundamental la estabilidad de precios.
No obstante, consideramos que sería un error que la política monetaria se desentienda de otros objetivos vinculados al desarrollo nacional, como la búsqueda del pleno empleo, el aumento de la producción y la estabilidad del sistema financiero en el largo plazo.
