Hay documentos que valen más por quién los firma que por lo que dicen. La última Encuesta de Tendencia de Negocios del INDEC pertenece a esa categoría: su diagnóstico más incómodo no proviene de un economista crítico ni de la oposición, sino de los propios empresarios industriales, expresado en la estadística oficial.
El diagnóstico de los propios industrialesEl dato central es contundente. El 52,9% de las firmas manufactureras identifica a la demanda interna insuficiente como el principal factor que limita su capacidad de producir. No la presión tributaria, no el costo laboral, no la competencia importada: la demanda. Y lejos de mejorar, el indicador se deterioró respecto de tres meses atrás, cuando se ubicaba en 51,8%. La cartera de pedidos, en la misma encuesta, arroja un balance de −46,9%, y el Indicador de Confianza Empresarial acumula diecinueve meses consecutivos en terreno negativo: desde que la serie comenzó, en enero de 2025, nunca fue positivo.
Cuando el mercado que un programa dice defender expresa semejante malestar, conviene abandonar la anécdota y mirar la estructura del problema.
La racionalidad individual y su trampaAnte una demanda deprimida, ¿qué hace una empresa? Lo único sensato para sobrevivir: ajustar. Por eso las firmas proyectan recortar personal (balance −13,0%) y horas trabajadas (−11,0%) en el trimestre entrante. Cada una de esas decisiones es, individualmente, impecable. El problema aparece al sumarlas.
Michał Kalecki lo formuló hace casi un siglo: el salario no es únicamente un costo en la contabilidad de la empresa; es, al mismo tiempo, el mercado de quien vende el producto. Cuando cada firma recorta empleo e ingresos para reducir costos, contribuye a contraer la demanda agregada de la que depende el conjunto. Keynes bautizó a este fenómeno falacia de composición: lo que resulta racional para un actor aislado se vuelve ruinoso cuando todos lo hacen a la vez. El resultado es un circuito que se retroalimenta —menos empleo, menos ingreso, menos consumo, menos demanda— y que agrava precisamente el problema que la encuesta señala como número uno.
Una falla de coordinación que el mercado no resuelveAquí reside el punto teórico decisivo. Ninguna empresa individual tiene incentivos para ser la primera en invertir o contratar cuando la demanda está deprimida y no hay señales de que las demás vayan a hacerlo. Todos esperan que «otro» reactive para recién entonces moverse, y en esa espera la economía queda anclada en un equilibrio de bajo nivel.
Paul Rosenstein-Rodan describió esta situación en 1943 y propuso una salida: el «big push». Abandonar una trampa de subconsumo exige un impulso inicial coordinado que ningún jugador aislado puede ni quiere dar, porque los beneficios se reparten entre todos mientras el riesgo lo asume uno solo. Es una falla de coordinación y, por definición, el mercado no puede resolverla por sí mismo: se necesita un actor con capacidad de coordinar y de sostener la demanda mientras la inversión privada recupera tracción.
Una omisión que es, también, una decisiónEs tentador leer todo esto como mala suerte o simple inercia. No lo es. La ausencia de una política que sostenga la demanda y coordine la inversión no constituye un vacío: es una elección de política económica. El enfoque oficial descansa en la premisa de que, una vez ordenadas las variables nominales —déficit, emisión, inflación—, la actividad se recompondrá sola. La encuesta sugiere lo contrario: con equilibrio fiscal y desinflación en marcha, la industria no repunta, porque el problema no está en la nominalidad sino en la demanda real.
Conviene precisar el alcance del argumento. No se trata de reclamar gasto indiscriminado ni de negar la importancia del orden macroeconómico, sino de discutir la calidad del ajuste. Un programa que preserva el equilibrio de las cuentas pero deja caer la inversión pública y el mercado interno compra estabilidad de corto plazo al costo de erosionar la capacidad productiva que hará falta para crecer. El «brote verde» que se celebra —una confianza que pasó de −19,6 a −17,2— es, en rigor, un deterioro apenas más lento.
La discusión de fondo, entonces, no es si la industria se recuperará de manera espontánea. Es si se está dispuesto a reconocer que existen problemas que el mercado, por su propia lógica, no resuelve solo, y que abandonarlos a la «mano invisible» equivale a permitir que la contracción se profundice empresa por empresa. Estabilizar la nominalidad es una condición necesaria; confundirla con el desarrollo es el error que esta encuesta, con la firma de los propios industriales, vuelve difícil de sostener.
