La informalidad récord expone la trampa del ajuste: ya concentra al 44,2% de los trabajadores

La informalidad récord expone la trampa del ajuste: ya concentra al 44,2% de los trabajadores


En una reciente edición de Experiencia IDEA Rosario, el viceministro de Economía sostuvo que el sector informal «ha sido una salvación»: sin su dinamismo, afirmó, el desempleo habría superado el 20% durante el proceso de ajuste. La frase es, como descripción, razonablemente exacta. Como celebración, en cambio, resulta inquietante. Porque el fenómeno que un funcionario del máximo nivel presenta como mérito es, en rigor, el síntoma más nítido de un problema estructural: el trabajo no registrado alcanzó su nivel más alto en años, y lo hizo mientras se destruía empleo formal.

El dato detrás de la fraseLos propios registros oficiales lo confirman. Según el INDEC, la tasa de informalidad laboral trepó al 44,2% en el primer trimestre de 2026, el valor más elevado de la serie reciente, con una suba de 2,2 puntos porcentuales interanuales. Es decir, más de cuatro de cada diez ocupados trabajan sin aportes jubilatorios, sin cobertura de salud ligada al empleo y sin derechos laborales básicos. En paralelo, el empleo asalariado privado registrado acumula una pérdida cercana a los 217.000 puestos desde noviembre de 2023, la subocupación se ubicó en 11,1% y la masa de ingresos formales permanece alrededor de un 10% por debajo de los niveles de fines de 2023. En sectores como la construcción, la informalidad alcanza a casi siete de cada diez asalariados. La paradoja es elocuente: aumentó la cantidad total de personas ocupadas, pero cayó el empleo formal. Lo que creció fue el refugio, no la calidad.

Lo que dice la teoríaEl concepto tiene una historia intelectual precisa. Fue el antropólogo Keith Hart quien, a comienzos de los años setenta, introdujo la noción de «sector informal» para describir aquellas actividades generadoras de ingreso que se desarrollan al margen del marco regulado. Lejos de ser una anomalía marginal, Hart advirtió que podía convertirse en la estructura ocupacional dominante de economías incapaces de generar empleo moderno suficiente.



La lectura económica más útil la ofrece W. Arthur Lewis, premio Nobel y padre del modelo de economía dual. Lewis describió el subdesarrollo como la coexistencia de un sector moderno de alta productividad y un sector tradicional de subsistencia con oferta de trabajo casi ilimitada. El desarrollo, en su esquema, consiste precisamente en el traslado sistemático de trabajadores desde el polo de baja productividad hacia el moderno. Cuando el flujo se invierte —cuando el empleo formal y productivo se contrae y la mano de obra se «absorbe» en la subsistencia— no estamos ante un avance, sino ante un retroceso. La absorción que se celebra es, en la óptica de Lewis, el equilibrio propio del atraso.

Santiago Levy completa el diagnóstico contemporáneo. Su tesis central es que la informalidad opera como una trampa de productividad: amortigua el desempleo en el corto plazo, pero asigna mal los recursos, mantiene con vida a un universo de unidades pequeñas y poco eficientes, y deprime la productividad agregada de la economía. En otras palabras, protege el presente hipotecando el crecimiento futuro. La evidencia comparada es consistente: las economías que lograron converger no lo hicieron ampliando su sector informal, sino formalizando y elevando la productividad del trabajo. Es exactamente la tensión que el propio funcionario reconoció al admitir que la informalidad «perjudica al sector formal y dificulta la baja impositiva».

La contradicción y su costoAllí reside la contradicción de fondo. No se puede presentar como salvación aquello que, por definición, erosiona la base contributiva que sostiene la previsión y la salud, angosta la base tributaria y castiga a las empresas que sí cumplen. Un ajuste que estabiliza los agregados nominales mientras degrada la calidad del empleo no resuelve el problema: lo traslada hacia adelante. La discusión pertinente no es si bajó la inflación o si hay superávit fiscal —condiciones necesarias, sin duda—, sino qué calidad tiene ese ordenamiento y qué deja en pie para crecer. La protección del empleo productivo y de la inversión que lo hace posible no es un lujo: es la variable que separa una estabilización sostenible de una que se agota en sí misma. Cuando quien conduce la política económica describe al trabajo no registrado como una tabla de salvación, conviene leer la frase con literalidad: se salvaron las cuentas, no el empleo de calidad.



Un termómetro, no una curaLa informalidad récord no es una buena noticia disfrazada de estadística incómoda. Es el termómetro de una economía que todavía no encontró la manera de generar trabajo formal, registrado y productivo en la escala que necesita. La tarea no consiste en celebrar el refugio, sino en construir el sector moderno que vuelva innecesario refugiarse. Estabilizar la nominalidad de la economía es un punto de partida imprescindible; confundirlo con el destino es el modo más seguro de no llegar nunca.