En la mitología griega, el rey Midas tenía el don de convertir en oro todo lo que tocaba. Javier Milei parece haber desarrollado una versión geopolítica de ese talento. Candidato de derecha al que apoya, candidato al que le va bien. Su efectividad electoral fuera de la Argentina es llamativa.
Javier Milei, el rey Midas de la derecha latinoamericanaMilei fue, además, uno de los pioneros del giro a la derecha que atraviesa la región. Ganó antes que Donald Trump y se convirtió en una referencia para buena parte de la nueva derecha internacional. No todos sus aliados cosecharon victorias, desde luego. Pero su balance regional es favorable. Milei apoya, la derecha gana. El rey Midas geopolítico.
El problema es que ese toque de oro desaparece cuando cruza la frontera argentina.
La economía argentina está gris: no hay crisis, pero tampoco crecimientoLa economía local está gris. Tan gris como los cielos metropolitanos de las últimas semanas. Y, aparentemente, de las que vendrán.
No hay una crisis. No hay disparada del dólar, ni una recesión feroz, ni un mercado laboral en pleno desplome. Pero tampoco hay crecimiento sostenido. El empleo privado de calidad no despega. Y Milei necesita hacer verdaderos malabares argumentativos para demostrar que el mercado laboral está sano. O que el nivel de actividad no es una preocupación, criticando las variaciones desestacionalizadas del Indec.
La inflación sigue instalada en la zona del 2% mensual. No perfora sostenidamente el 1,5%. Mucho menos se acerca a cero. Mientras tanto, los servicios públicos siguen encareciéndose. Las facturas de gas, después de un invierno duro, están llegando con cifras que golpean los bolsillos.
Crédito frenado, morosidad bancaria y familias sin margenEl crédito, que había sido uno de los pulmotores del consumo, se frenó en seco. Y todavía se está digiriendo el monstruo de la morosidad.
Hay bancos que advierten sobre clientes que ya no pueden pagar ni siquiera sus deudas refinanciadas. Es decir, personas que recibieron más plazo, nuevas condiciones y otra oportunidad, pero que siguen sin poder cumplir.
Es una señal de alarma. El Gobierno podrá decir que es un problema entre privados y que no tiene por qué intervenir. Perfecto. Pero eso no elimina el problema. El ingreso disponible de las familias está cada vez más acechado y mucha gente no llega a fin de mes (lo que no implica que se caerá muerta en el medio de la calle, como alguna vez sugirió Milei).
RIGI, Argentina Week y la paradoja de la inversión que no despegaA eso se suma otra paradoja. No pasa una semana sin anuncios multimillonarios vinculados al RIGI. La Argentina Week dejó promesas de inversión por miles de millones de dólares. Sin embargo, la tasa de inversión de la economía sigue cayendo. Los anuncios entusiasman. Los números de la economía real, bastante menos.
Milei y el riesgo político de una economía que no derramaEsa es, quizás, la característica más inquietante del momento económico argentino. No hay un incendio. Pero tampoco hay prosperidad.
Y el problema de las economías grises es que desgastan silenciosamente. Incluso cuando las variables dejan de empeorar, el humor social puede seguir deteriorándose. Porque la paciencia tiene límites. Y porque la estabilidad, por sí sola, no alcanza para pagar las cuentas ni generar expectativas de progreso.
Sería apresurado hacer proyecciones electorales a partir de este escenario. Por ahora, la oposición tampoco consigue capitalizar demasiado ese malestar. Pero la economía gris difícilmente le permita a Milei acumular poder político. Más bien lo contrario: lo obliga a rendir examen permanentemente.
El desgaste acumulativo puede terminar abriendo oportunidades para otras alternativas políticas. Hoy no ocurre con claridad. Mañana, quién sabe.
La paradoja es notable. Milei hace tiki tiki en el tablero geopolítico latinoamericano. Influye, marca agenda, celebra victorias ajenas y se consolida como una figura internacional de la derecha.
Pero en casa el oro no aparece.
El rey Midas geopolítico sigue atrapado en el lodo de una economía gris. Una economía que no se derrumba, pero que tampoco derrama. Y eso, tarde o temprano, es un problema político.
