Hay una cifra que suele dominar cualquier discusión sobre el bolsillo de los argentinos: el salario real.
Y, vista exclusivamente desde ese indicador, la película no parece tan dramática.
Después del desplome provocado por la devaluación de fines de 2023, el salario real de los trabajadores privados registrados recuperó buena parte del terreno perdido. Según Econviews, a mediados de 2026 todavía se encontraba 3,6% por debajo de noviembre de 2023.
Una caída. Pero relativamente acotada.
El problema es que esa cuenta puede estar ocultando una parte enorme de la crisis del bolsillo.
Porque una cosa es cuánto poder de compra tiene teóricamente un salario frente a una canasta promedio de bienes y servicios. Y otra muy diferente es cuánto dinero queda efectivamente disponible después de pagar todos aquellos gastos que una familia prácticamente no puede dejar de afrontar.
Ahí aparece otra Argentina.
El dato que cambia toda la discusión sobre los salariosEconviews calculó la evolución del ingreso disponible de los trabajadores. Es decir, la porción del salario que queda una vez descontados gastos relativamente inelásticos como vivienda, servicios públicos, salud, educación y conectividad.
El resultado es contundente.
Desde noviembre de 2023, el ingreso disponible de los trabajadores formales privados cayó 22%.
Y cuando se incorpora a los empleados públicos, cuyos salarios reales sufrieron un ajuste sensiblemente mayor, la caída del ingreso disponible del conjunto de los asalariados formales llega al 31,2%.
La diferencia con el dato tradicional es gigantesca.
El salario privado real perdió 3,6%.
El dinero que realmente queda para gastar, ahorrar o pagar deudas cayó 22%.
Esa brecha ayuda a explicar buena parte de una paradoja que atraviesa la economía argentina: por qué muchos indicadores muestran una estabilización macroeconómica mientras una porción considerable de los hogares siente que llega a fin de mes con cada vez mayor dificultad.
Luz, gas, agua y transporte: el gasto que casi no se puede recortarEl corazón del problema está en la composición del gasto.
Una familia puede dejar de salir a comer. Puede postergar unas vacaciones. Comprar menos ropa. Cambiar de supermercado. Recortar entretenimiento. Incluso puede bajar la calidad de algunos consumos.
Pero hay otros gastos mucho más difíciles de ajustar.
La electricidad hay que pagarla. Se puede apagar alguna luz o usar menos el aire acondicionado, pero existe un piso.
Con el gas ocurre algo parecido.
También con el agua.
El transporte para ir a trabajar no desaparece porque suba el boleto. Tal vez se puedan agrupar algunos viajes o buscar recorridos alternativos, pero no hay demasiado margen para dejar de viajar.
Lo mismo ocurre con Internet y el celular, que hace tiempo dejaron de ser consumos prescindibles para convertirse en herramientas básicas para trabajar, estudiar y organizar la vida cotidiana.
Y esa parte rígida del presupuesto fue justamente una de las que más aumentó durante los últimos años.
En agosto de 2026, la canasta de servicios públicos del AMBA —electricidad, gas, agua y transporte— acumulaba un incremento de 944% desde diciembre de 2023, mientras el nivel general de precios había avanzado alrededor de 249%.
No significa que todos los hogares hayan sufrido exactamente ese aumento ni que ese indicador pueda extrapolarse automáticamente a todo el país. Pero muestra con claridad la magnitud de la recomposición relativa de los servicios.
Y esa recomposición tiene una característica central: afecta gastos difíciles de evitar.
Del salario a la deuda: otra cifra que enciende las alarmasCuando los gastos rígidos se comen una proporción cada vez mayor de los ingresos, queda otra alternativa: financiar el resto. De hecho, eso fue lo que pasó en buena parte de 2024-2025: el crédito creció, y mucho, en los albores del Gobierno de Milei: el financiamiento en pesos al sector privado pasó de representar 4,1% del PIB en abril de 2024 a 8,4% en febrero de 2026. En el mismo período, el stock de préstamos medido a precios constantes se multiplicó dos veces y media.
Todo bien…hasta que pasaron cosas y la mora explotó.
En abril de 2024, los pagos mensuales de capital e intereses de las familias equivalían al 9,1% de la masa salarial registrada. Dos años después, en abril de 2026, esa proporción había saltado al 24,1%.
En otras palabras, la carga financiera pasó de llevarse menos de uno de cada diez pesos de la masa salarial a absorber casi uno de cada cuatro pesos.
La proporción se multiplicó más de 2,6 veces en apenas dos años.
La explicación puede ser bastante más sencilla de lo que parece.
Durante un tiempo, el crédito permitió compensar la diferencia entre el salario y el costo de vida. Después llegó el credit crunch. Así como le pasó a Mauricio Macri en 2018, ahora le pasó a las familias argentinas.
La crisis del bolsillo no se entiende mirando solamente el IPCLa discusión económica suele simplificarse en una comparación.
¿Los salarios le ganaron o perdieron contra la inflación?
Es una pregunta relevante. Pero puede ser insuficiente.
El IPC mide una canasta promedio. La familia real enfrenta otra ecuación: primero paga alquiler o vivienda, luz, gas, agua, transporte, colegio, prepaga, internet, celular y cuotas.
Lo que sobra después de todo eso es el dinero que verdaderamente siente como propio.
Por eso dos momentos con un salario real estadísticamente parecido pueden generar sensaciones económicas completamente diferentes.
Si antes una familia destinaba una proporción menor de sus ingresos a tarifas, transporte o deuda, tenía más margen para consumir otras cosas.
Si ahora esos gastos absorbieron una porción mucho mayor del presupuesto, el salario puede haberse recuperado frente al IPC y, al mismo tiempo, el estándar de vida seguir considerablemente deteriorado.
Ese es el punto que captura el ingreso disponible.
El número que puede explicar el malhumor económicoLa administración de Javier Milei consiguió una fuerte desaceleración de la inflación y avanzó con una profunda reducción de subsidios que modificó los precios relativos de la economía.
Pero la estabilización produjo una nueva distribución del gasto dentro de los hogares.
Los servicios públicos comenzaron a ocupar una proporción mucho mayor del presupuesto familiar. Al mismo tiempo, crecieron las cuotas y las obligaciones financieras. Y el mercado laboral tampoco ofreció un gran colchón: el empleo privado formal viene atravesando un período prolongado de debilidad.
Ese combo puede ayudar a entender uno de los grandes interrogantes económicos y políticos de la Argentina actual.
Lo confirmó Alberto Ades: «Decirle a alguien que no llega a fin de mes que los datos dicen otra cosa es la forma más rápida de perder una discusión que se juega en la percepción. Los precios relativos se movieron de manera brutal: tarifas, salud, transporte, y prepagas subieron de manera muy sustancial. Aunque la inflación baje, la canasta cambió y el bolsillo de las familias lo siente. Reconocer eso no es debilidad, es la condición para que la explicación o propuesta siguiente tenga alguna chance de ser escuchada».
Si el salario privado real está solamente 3,6% debajo de noviembre de 2023, ¿por qué la sensación de pérdida de poder adquisitivo parece mucho mayor?
La respuesta podría estar en otro número.
El trabajador privado formal tiene hoy 22% menos ingreso disponible que antes de la llegada de Milei al poder.
Para el conjunto de los asalariados formales, incluyendo al sector público, la pérdida llega al 31,2%.
Ese puede ser el indicador que mejor explique la verdadera crisis del bolsillo.
