Los 75 años de la primera edición de El Economista invita a revisar el pasado, interpretar el presente y anticipar el futuro de un tema crucial: el campo y su relación con la economía.
Remite a la Argentina de los años 50, cuando predominaba la ganadería sobre la agricultura, sostenida por la actividad frigorífica exportadora, mientras el trigo, el maíz, el lino y el sorgo completaban el panorama productivo. Post guerra el país había apostado a la industrialización sustitutiva como motor del desarrollo, asignando al sector agropecuario un rol de proveedor: de alimentos baratos, divisas abundantes y recursos para financiar la industria. El heterogéneo universo de productores -desde las grandes estancias hasta la agricultura familiar- no era considerado, por el pensamiento dominante, como un sujeto dinámico de cambio. La baja generación de empleo, la escasa innovación y los comportamientos rentísticos fueron algunos de los argumentos empleados durante décadas para justificar la transferencia de recursos del campo hacia la industria. La política de alimentos baratos, vía controles de precios y otras herramientas, restringió además el desarrollo de una industria alimentaria internacional. El maíz se transformaba en harina y, cocina casera mediante, en polenta. El campo fue asociado a alimento.
Simultáneamente, el mundo de posguerra -en particular EUA y la CEE- reconoció el valor estratégico de los alimentos y promovió su producción integral. La agricultura protagonizó la «Revolución Verde», contracara del auge fordismo metalmecánico. Basado en mejoras genéticas, uso masivo de agroquímicos y mecanización el resultado fue un salto productividad. Se sumó el desarrollo de la industria alimentaria, apoyada en nuevos insumos industriales, el supermercadismo y las Marcas comerciales icónicas. El complejo agroalimentario le disputó a la metalmecánica su relevancia productiva, tecnológica y ocupacional. El maíz amplió sus usos alimenticios y llegó «enlatado» a la mesa.
Trayectorias fueron divergentes: Argentina perdió competitividad, y otros países ocuparon su lugar al aprovechar las ventanas de oportunidad abiertas por los cambios tecnológicos y el nuevo contexto global.
Asistimos nuevamente a una disrupción que evoca aquellas encrucijadas del pasado: ¿cómo cambiar la estructura productiva y qué rol le cabe al campo… y a cuál campo?
A escala global, el crecimiento de países populosos expande la demanda de alimentos y energía, mientras las restricciones ambientales impulsan las energías limpias y valorizan los materiales renovables. Estos inductores convergen en el crecimiento de la industria alimenticia, las bioenergías y los nuevos materiales. Monómeros y polímeros de origen natural y renovables modela la «química verde» (del cracking del petróleo al cracking del aceite de soja). La planta completa de maíz -rebautizada biomasa- es un insumo industrial para alimentos, biocombustibles y materiales renovables.
La agricultura retorna así al vórtice del sistema económico, la biosfera se revaloriza y la biotecnología es un factor crítico. El campo comienza a operar como una «fábrica a cielo abierto», y los cambios de paradigma -originalmente aplicados por Schumpeter a las aplicaciones físicas y mecánica- recalaron en la biología aplicada. Sus aplicaciones cubren todo el espectro agroalimentario … e impactan directamente sobre las economías basadas en recursos naturales.
Argentina se incorporó -y contribuyó- temprano a este cambio global; primero en el agro, mediante un modelo basado en la contratación de tierras y labores, un paquete tecnológico disruptivo (siembra directa y semillas genéticamente modificadas) y el uso intensivo de insumos industriales. Su rápida difusión multiplicó la producción y reconfiguró la geografía productiva. A la etapa de expansión territorial le siguió otra orientada a agregar valor a los granos mediante su transformación en carnes, leche, bioenergías y otros subproductos. Los complejos de molienda de Rosario, los avances en maíz y la reconversión de otros clusters -caña de azúcar, vitivinicultura, entre otros- aportaron densidad a los entramados productivos. Sumemos los biocombustibles y los primeros atisbos en biomateriales para completar un entramado de base biológica con impacto multiplicador impensado.
Como resultado en tres décadas, el sector agrobioindustrial pasó a explicar alrededor del 20% del valor agregado y del empleo, dos tercios de las exportaciones y una posición relevante en diversas plataformas biotecnológicas. Silenciosamente, también emergió una nueva cohorte empresaria, resiliente, heterogénea, con fuerte vocación productiva, anclada en el interior, con capacidad innovadora y creciente proyección internacional. La industria «biológica» que no miramos.
Sin embargo, es un proceso de industrialización trunco. La competitiva producción de granos, carnes, y otros derivados no tiene correlato pleno en las actividades industriales subsiguientes. El desarrollo e inserción externa de la industria alimenticia final y sus canales de llegada al consumidor global dista de su máximo potencial. Los desincentivos impositivos y regulatorios, orientados en buena medida a favorecer el consumo interno, limitaron la expansión de este complejo de actividades derivadas del campo.
Los complejos de bioenergía no explotan plenamente sus posibilidades de agregar valor; emparentado con ello, la prometedora industria basada en la química verde y con otras similares, está ralentizada en su desarrollo. En esas áreas predominan los mecanismos promocionales (ligados a una matriz energética de origen fósil y sus posteriores encadenamientos industriales) con rémoras del pasado.
Nuevamente aparece el tren del cambio de paradigma, abriendo las puertas a una nueva estructura productiva: cuenta con vagones promisorios (gas y petróleo, minería, servicios especializados y otras actividades competitivas) y con otros que arrastran añejas deudas sociales. En su recorrido tiene una parada obligada en la estación Bioeconomía (ex «campo»), donde se produce un cambio de vías. No perdamos nuevamente el tren de la historia y, reeditando valores de los ancestros inmigrantes de mirada a furo, diseñemos un equilibrado proceso de transición hacia el carril rápido del desarrollo.
Para quienes quieran profundizar, pueden leer «Transformación empresarial en la Argentina: las empresas agrobioindustriales»
