Argentina envejece: el dato que ya golpea empleo y consumo

Argentina envejece: el dato que ya golpea empleo y consumo


The Shift, la plataforma de inteligencia demográfica que impulsa la adaptación de organizaciones, gobiernos y líderes al cambio demográfico, celebrará la quinta edición de The Shift Forum – el principal espacio regional para debatir cómo el cambio demográfico está transformando el trabajo, los mercados y la sociedad– que se realiza el 15 de septiembre, en el Centro de Exposiciones de Buenos Aires (CEC). Bajo la premisa «El Gran Desajuste», expertos internacionales analizarán datos, ejemplos e invitarán a la acción. 

Los organizadores del encuentro —que reúne a líderes que ya están rediseñando organizaciones para una nueva realidad demográfica— confirmaron la presencia de Annie Coleman, embajadora global del Stanford Center on Longevity, referente internacional en estrategias organizacionales para sociedades más longevas. 

La especialista trabaja junto a CEOs sobre las implicancias estratégicas, financieras y reputacionales del cambio demográfico, así como sobre el potencial de las fuerzas laborales y las propuestas de valor intergeneracionales para convertirse en una ventaja competitiva.



Asimismo, Coleman acompaña a ejecutivos senior en el diseño de carreras con propósito bajo el concepto de «inspiration, not retirement» («inspiración, no jubilación»), aprovechando su experiencia y sus redes de contacto para generar un impacto sostenible a largo plazo.

Andrea Falcone, directora ejecutiva y cofundadora de The Shift, dialogó con El Economista sobre el Forum y la aceleración del cambio demográfico.

Este año The Shift Forum se realizará bajo la premisa de «El Gran Desajuste». ¿Cuál será el eje central del evento y qué busca poner sobre la mesa esta edición?



-El Gran Desajuste parte de una idea muy simple: el mundo cambió, pero la mayoría de nuestras instituciones siguen funcionando con reglas diseñadas para una realidad que ya no existe. Vivimos más años, nacen menos personas, la pirámide demográfica se invierte. Las carreras laborales se extienden, las familias son diferentes y la tecnología acelera todos esos cambios. Sin embargo, las empresas, los sistemas previsionales, las políticas públicas e incluso los productos y servicios todavía responden a una lógica del siglo pasado.

En esta edición queremos poner ese desajuste sobre la mesa. No para hablar únicamente de longevidad, sino para entender cómo la transformación demográfica está redefiniendo el trabajo, el consumo, la salud, la educación, las finanzas y la competitividad de los países. Nuestro objetivo es que quienes participen del Forum dejen de ver estos cambios como una tendencia futura y empiecen a incorporarlos como una variable estratégica para la toma de decisiones de hoy.

El mayor riesgo ya no es el cambio demográfico. Es seguir tomando decisiones con un mapa demográfico que dejó de existir.



Hace poco dijiste que muchos creen que el cambio demográfico es un problema de dentro de 20 o 30 años, cuando en realidad ya está ocurriendo. ¿Creés que todavía falta conciencia sobre la velocidad con la que está cambiando la sociedad?

-Durante décadas pensamos que el cambio demográfico era un desafío de largo plazo. El problema es que ese largo plazo ya llegó. Solo que muchas veces no lo reconocemos como un fenómeno demográfico.

Hoy, por primera vez en muchas ciudades, hay escuelas primarias con vacantes porque nacen menos chicos. Al mismo tiempo, empiezan a cerrar maternidades o a reconvertirse porque disminuye la cantidad de nacimientos. Las empresas tienen dificultades para encontrar talento, conviven hasta cinco generaciones en un mismo lugar de trabajo y los sistemas previsionales y de salud enfrentan una presión creciente.



Nada de eso es una proyección para 2040 o 2050. Está ocurriendo ahora. Lo que sucede es que seguimos tomando decisiones con modelos diseñados para una sociedad que ya no existe. Ese es el verdadero Gran Desajuste: la transformación demográfica avanza mucho más rápido que la capacidad de adaptación de nuestras organizaciones e instituciones.

Por eso insistimos en que esta no es una agenda sobre personas mayores. Es una agenda sobre cómo vamos a sostener el crecimiento económico, la productividad y el bienestar en una sociedad completamente distinta a la que conocíamos.

Cuando una escuela empieza a tener vacantes o una maternidad deja de tener nacimientos suficientes para operar, el cambio demográfico dejó de ser una estadística. Se convirtió en una realidad económica.



Cada vez hay más personas de 50, 60 o incluso 70 años que quieren seguir trabajando, ya sea por necesidad («nadie vivirá de su jubilación», dijo Zucho en The Shift en 2026) o porque se sienten plenamente productivas y saben que potencialmente tiene 30-40 años por delante. ¿Las empresas realmente están preparadas para incorporar ese talento o todavía es más un discurso que una realidad?

-Creo que muchas empresas todavía lo miran como una agenda de diversidad o inclusión, cuando en realidad es una cuestión de competitividad. El desafío no es contratar más personas mayores por una cuestión de equidad: el desafío es cómo sostener el conocimiento, la productividad y el crecimiento en una sociedad donde habrá cada vez menos trabajadores disponibles.

Los datos son contundentes. En los países de la OCDE, las personas mayores de 65 años representan hoy cerca del 19% de la población y superarán el 26% hacia 2050. Al mismo tiempo, la relación entre personas mayores y población en edad de trabajar seguirá creciendo con fuerza, reduciendo la disponibilidad de talento. Hoy, en promedio, hay alrededor de 33 personas mayores de 65 años por cada 100 personas en edad de trabajar. Hacia mediados de siglo esa relación superará las 50 por cada 100, es decir, habrá aproximadamente una persona mayor por cada dos trabajadores potenciales.



En ese contexto, las empresas van a enfrentar un doble desafío. Por un lado, deberán evitar la pérdida de conocimiento cuando se retiren generaciones completas de trabajadores. La transferencia del conocimiento dejará de ser un tema de Recursos Humanos para convertirse en un tema estratégico del negocio. ¿Cómo preservamos décadas de experiencia crítica? ¿Cómo logramos que ese conocimiento pase a las nuevas generaciones antes de que se pierda?

Y, por otro lado, aparece la inteligencia artificial. Muchos creen que la IA reemplazará automáticamente esa experiencia, pero la realidad es que la IA necesita personas que sepan formular las preguntas correctas, interpretar resultados y tomar decisiones. La tecnología multiplica capacidades, pero no reemplaza el criterio, la experiencia ni el conocimiento tácito acumulado durante décadas. De hecho, la propia OCDE sostiene que la IA puede ayudar a compensar parte del impacto del envejecimiento, pero difícilmente sustituya por sí sola la reducción de la fuerza laboral. 

Por eso creo que la pregunta ya no es si una empresa está dispuesta a incorporar talento senior. La pregunta es si puede darse el lujo de perder experiencia en un mundo donde habrá menos personas para trabajar y donde el conocimiento será uno de los activos más valiosos para competir. Ese es, precisamente, uno de los grandes desafíos que queremos poner sobre la mesa en The Shift Forum.



 

Países como Japón, Singapur o China ya hicieron del desafío demográfico una política de Estado. En Argentina, ¿quién debería liderar esta agenda: las empresas, el Gobierno o la sociedad civil, con organizaciones como la tuya? 

-No creo que exista un único responsable. El cambio demográfico es demasiado profundo para que pueda ser liderado por un solo actor. Necesitamos una agenda compartida entre gobiernos, empresas, academia, organismos internacionales y sociedad civil.



El Estado tiene un rol indelegable. Necesitamos políticas públicas y marcos regulatorios que acompañen esta transición y generen incentivos para que las organizaciones innoven en empleo, capacitación, salud, longevidad, productividad y economía plateada. Las reglas también tienen que adaptarse a la nueva realidad demográfica.

Pero las empresas tampoco pueden esperar. La innovación va a ocurrir, no solamente porque sea lo correcto desde el punto de vista social, sino porque será una necesidad económica. Habrá menos personas disponibles para trabajar, más años de vida, consumidores diferentes y una creciente presión sobre la productividad. Las organizaciones que se adapten primero tendrán una ventaja competitiva.

También es fundamental el rol de los organismos internacionales. El envejecimiento poblacional ya forma parte de la agenda global. Organizaciones como UNFPA están impulsando que los países incorporen la variable demográfica en sus estrategias de desarrollo, mientras que iniciativas como BID Lab están promoviendo innovación y construcción de ecosistemas para acelerar soluciones frente a este desafío.



Y ahí aparece un cuarto actor que muchas veces se subestima: los espacios de articulación. Latinoamérica está envejeciendo a una velocidad sin precedentes. No tenemos tiempo para que cada empresa o cada país aprenda por ensayo y error. Necesitamos acelerar el aprendizaje colectivo, compartir evidencia, identificar buenas prácticas y construir soluciones en conjunto.

Ese es precisamente el rol que buscamos cumplir desde The Shift: conectar a quienes ya están innovando con quienes todavía necesitan empezar a hacerlo. Porque el verdadero desafío no es entender que el cambio demográfico existe. Es lograr que la velocidad de adaptación sea mayor que la velocidad del cambio.

«A veces al adulto mayor se lo trata solo desde la vulnerabilidad. En Europa, la agenda de la Silver Economy suele estar asociada a geriátricos, pañales y cuidados», afirmaste hace poco. Como si el lema fuera –son palabras mías-, cómo cuidamos a los viejitos. ¿Cuál es el enfoque qué vos planteas? 



-Creo que ese enfoque fue útil para una etapa, pero hoy resulta insuficiente. Cuando hablamos únicamente de cuidados, estamos mirando la última parte de una vida que ahora puede durar más de cien años. La verdadera pregunta es cómo diseñamos una sociedad para personas que vivirán 20 o incluso 30 años más que las generaciones anteriores.

Por eso desde The Shift proponemos cambiar la conversación. No hablamos de una agenda para personas mayores: hablamos de una agenda para una sociedad longeva, con una caída en la natalidad sin precedentes. Eso implica repensar el trabajo, la educación, la salud, la vivienda, el consumo, las finanzas, la tecnología y las ciudades. Es una transformación económica y social, no solamente sanitaria.



Además, el gran error es pensar que esta agenda empieza a los 65 años. En realidad empieza mucho antes. ¿Cómo nos capacitamos para tener carreras laborales de 50 años? ¿Cómo prevenimos enfermedades en lugar de solo tratarlas? ¿Cómo diseñamos productos y servicios para una población completamente distinta? ¿Cómo aprovechamos la experiencia de quienes tienen 60 o 70 años en lugar de descartarla?

Cuando uno cambia esa mirada, también cambia el impacto económico. Dejamos de ver a las personas mayores únicamente como un costo para empezar a reconocerlas como trabajadores, consumidores, emprendedores, inversores, mentores y generadores de valor.



Por eso creo que incluso el concepto de Silver Economy empieza a quedar chico. La verdadera transformación no consiste en crear productos para personas mayores. Consiste en rediseñar nuestras organizaciones y nuestras economías para una nueva realidad demográfica.

El desafío no es cómo cuidamos a tantas personas mayores. El desafío es cómo diseñamos una sociedad donde vivir cien años sea una oportunidad, el mayor logro de la humanidad, y no un problema.