La industria sigue siendo el motor de desarrollo económico por excelencia. En 2007 el reconocido economista de la Universidad de Cambridge Ha-Joon Chang ya señalaba en su libro Malos Samaritanos que «la historia ha demostrado repetidamente que el factor principal que distingue a los países ricos de los pobres es, fundamentalmente, su mayor capacidad manufacturera, ámbito en el que la productividad suele ser más elevada y el crecimiento más rápido que en la agricultura y los servicios».
Casi 20 años más tarde la relevancia de la industria sigue intacta. La manufactura representa aproximadamente el 80% del comercio internacional, es el mayor exponente para la innovación y el desarrollo tecnológico, y el gran generador de trabajos de calidad. Asia lo tuvo claro y apostó por la industrialización acelerada, mientras la mayoría del Sur Global, incluida América Latina, quedaba atrapada entre debates ideológicos sobre la bonanza (o no) de la política industrial y el impulso desmedido de doctrinas ortodoxas como única receta para el crecimiento económico.
¿El resultado? Un desplazamiento progresivo del centro de gravedad de la producción manufacturera hacia Asia, que hoy concentra casi el 60% de la producción manufacturera global. En contraposición, ONUDI nota que America Latina y el Caribe atravesó un proceso de desindustrialización prematura durante los últimos 25 años, siendo la única región en desarrollo donde el valor agregado manufacturero por habitante se redujo respecto de los niveles del 2000.
La industria sigue siendo el motor de desarrollo económico por excelencia.
La industria argentina no ha sido ajena a esta realidad. A pesar de convivir con fragilidades estructurales, la industria representa el 18% del PIB y emplea a más de 2,5 millones de personas.
Además, la heterogeneidad interna es notable: existen ramas de alta complejidad y salarios elevados junto a sectores con menor productividad y remuneraciones. La persistencia de estas brechas de productividad y capacidades tecnológicas dificulta la expansión de actividades más intensivas en conocimiento y valor agregado, reduciendo la posibilidad de generar ventajas competitivas sostenibles más allá de los complejos agroindustriales.
Sin embargo, Argentina cuenta con activos relevantes para aprovechar esta nueva etapa industrial. Además de su base manufacturera, el país cuenta con recursos estratégicos vinculados a la energía, la minería, la agroindustria y la economía del conocimiento. La oportunidad consiste en transformar esas ventajas en ecosistemas productivos capaces de generar proveedores locales, innovación tecnológica, servicios avanzados y exportaciones de mayor valor agregado. La experiencia internacional muestra que el desarrollo no surge únicamente de la explotación de recursos naturales, sino de la capacidad de construir encadenamientos productivos, generar aprendizaje tecnológico y fortalecer capacidades empresariales e institucionales.
La industria representa el 18% del PIB y emplea a más de 2,5 millones de personas.
Estos activos están muy alineados con las megatendencias idenficadas por la ONUDI para anclar la nueva política industrial. Por ejemplo, la transición energética y verde coloca al país en una posición privilegiada para desarrollar cadenas asociadas al litio, a la electromovilidad y al hidrógeno de bajas emisiones, siempre que se construyan encadenamientos locales y capacidades tecnológicas que permitan agregar valor más allá de la extracción. La digitalización y la inteligencia artificial exigen modernizar plantas, impulsar la adopción de manufactura avanzada y fortalecer centros de I+D para que las pymes puedan competir por calidad y sofisticación, no solo por costos. La reconfiguración de las cadenas globales de valor abre ventanas para atraer inversión y relocalizar producción, pero eso requiere mejorar infraestructura logística, reducir costos de operación y ofrecer proveedores locales confiables. Los cambios demográficos y sociales (envejecimiento relativo en algunos segmentos, nuevas demandas laborales y mayor exigencia por empleos de calidad) obligan a repensar la formación técnica y las políticas laborales para retener talento. Y la transformación de los sistemas alimentarios demanda una agroindustria más tecnificada y sostenible, capaz de pasar de commodities a productos con mayor contenido tecnológico y valor agregado.
En conjunto, estas megatendencias señalan que la oportunidad para Argentina reside en construir plataformas productivas integradas que combinen recursos naturales, conocimiento y tecnología, sostenidas por políticas públicas, financiamiento accesible y una articulación efectiva entre Estado, empresas, ciencia y trabajo.
Desde ONUDI Cono Sur, queremos celebrar a los industriales argentinos no solo por su labor encomiable día a día sino también por constituir la piedra angular en la que asiente una nueva industria más competitiva, inclusiva y sostenible. La evidencia histórica y el potencial presente es patente. Desde el aparato público ya no quedan justificación alguna para no acompañar al sector.
