Desde el centro neurálgico de las finanzas del planeta, Alberto Ades comparte datos y análisis con prolija rigurosidad. Con 32 años de Wall Street a cuestas, combina la experiencia de haber surfeado crisis varias con el entusiasmo de un joven. Ya se a través de sus partes diarios, sus videos con el skyline de Manhattan de fondo o sus newsletters, Ades siempre está al pie del cañón compartiendo datos y análisis sobre los mercados mundiales y Argentina.
Ades tiene pasado en Goldman Sachs, Citi y Bank of America y , actualmente es Director de NWI Management LP. Además, en las redes anunció que se sumó a un multi-family office en Uruguay, con casi US$ 500 millones bajo administración. «Es un equipo con muchísima experiencia en trading, portfolio management y research, con gente que pasó por JPMorgan, Deutsche Bank, QFR y Goldman Sachs (este servidor), todos ellos economistas y matemáticos con mucha experiencia de mercado. La idea es manejar patrimonios de individuos y familias con la misma disciplina y profesionalidad con la que se administran los grandes portafolios institucionales», contó Ades en sus redes.
El año pasado publicó una trilogía pedagógica «Economía conversada» y ahora acaba de publicar otro («Lo que se desvanece. Arqueología de un presente inestable», Sudamericana). Allí, dice Carlos Pagni, Ades nos plantea una posibilidad inquietante: que el avance tecnológico esté produciendo una mutación antropológica.
-Federico Sturzenegger viene planteando una comparación interesante. Dice que Javier Milei está entrando en un momento parecido al que atravesó Mauricio Macri después de ganar cómodamente las legislativas: una economía que se estaba ordenando y creciendo, un Gobierno fortalecido políticamente y, al mismo tiempo, una presión creciente del periodismo, los empresarios, los opinadores e incluso del ala más política del propio oficialismo para empezar a aflojar o cambiar el rumbo. Según Sturzenegger, Macri empezó a ceder ante esas presiones y ahí se fue generando el caldo de cultivo que después terminó descarrilando a su gobierno. Obviamente hubo otros factores, la sequía, la Fed, el contexto internacional, y hay diferencias grandes entre ambos escenarios, ¿pero ves a Milei frente a un riesgo parecido? ¿Hay algo de aquella película que pueda volver a repetirse?
-La analogía de Federico es buena y merece tomarse en serio, pero creo que la economía sobre la que se apoya es bastante distinta. Ahí está, para mí, la gran diferencia. En 2017 la Argentina tenía un desbalance fiscal y externo muy sustancial: un déficit consolidado del orden de seis puntos del PIB, un déficit de cuenta corriente cercano a cinco, y todo eso financiado con deuda externa y con un stock de Lebacs que era una bomba de tiempo con mecha corta.
Ese esquema exigía que el mundo nos prestara todos los meses, y cuando la Fed empezó a acelerar la suba de tasas, el dólar se fortaleció y el crédito se cortó, no hubo gradualismo que aguantara y la sequía llegó a una economía que ya estaba caminando por la cornisa. Lo del 28 de diciembre de 2017 no ayudó tampoco, pero me parece que el palo nos lo hubiéramos pegado igual.
Hoy la foto es muy distinta: superávit fiscal, cuenta corriente cambiaria equilibrada, energía y minería aportando divisas genuinas, importaciones cayendo en cantidades y términos de intercambio que mejoraron más de 10% en el último año. Una economía balanceada no es una economía invulnerable, pero sí es una economía donde el accidente de 2018 no puede repetirse por el mismo mecanismo.
Dicho eso, donde Federico da en el clavo es en la sociología del poder. La presión para aflojar aparece siempre después de ganar, nunca antes, porque el triunfo genera la ilusión de que la parte difícil ya pasó. La pregunta relevante no es si Milei va a sentir esa presión porque la va a sentir sino sobre qué variable va a ceder. Milei tiene poco margen, en mi opinión, para aflojar el ancla fiscal porque el superávit es su identidad política antes que su programa económico. El riesgo, entonces, se corre a otro lado: al esquema cambiario y a la agenda de reformas. Si el Gobierno concluye que ganó y que la reforma laboral y tributaria puede esperar a 2029 o 2030, la película que se repite es otra, que es la del estancamiento con estabilidad, que no mata a un gobierno de un infarto pero lo desgasta hasta que alguien lo derrota en una elección.
Te anticipo que yo no creo en ese escenario. Creo que si Milei reelige, va a impulsar una agenda de reformas bien agresiva, pero me parece que el riesgo, si lo hay, es ahí, es seguir postergando reformas como la impositiva o la de jubilaciones, que no pueden esperar más.
-Los números oficiales muestran un nivel de actividad bastante flat y un mercado laboral premium (privados registrado) en baja hace varios meses. Como en EEUU, adonde se habla de la affordability crisis (algo que irrita a Donald Trump), acá se habla de que «la gente no llega a fin de mes», lo que también irrita a Milei. ¿Tiene que hacer algo más el Gobierno en ese frente o seguir por la línea?
-Los datos generan alguna incomodidad y conviene no discutirlos. El empleo asalariado privado registrado acumula doce meses consecutivos de caída, está unos 135.000 puestos por debajo de un año atrás y alrededor de 240.000 por debajo de noviembre de 2023. La informalidad trepó a 44%. Y lo más elocuente es el desacople: bajo esta gestión el EMAE subió y los asalariados registrados bajaron, algo que rompe una correlación que en la Argentina se había sostenido durante décadas. La economía puede crecer y el mercado formal de trabajo no enterarse. Eso no es un problema de coyuntura, es un problema de estructura de costos laborales, de tamaño del crédito y de tasa real.
Por eso mi respuesta es que sí, el Gobierno tiene que hacer algo más, pero del lado de la oferta y no del de la demanda. Aflojar fiscalmente para que la gente llegue a fin de mes sería un error, y además no funcionaría: el problema no está en la caja del Estado, está en que contratar formalmente en la Argentina cuesta demasiado y en que el crédito productivo opera a una escala ridícula para el tamaño de la economía. La reforma laboral, la reducción de la carga sobre el salario y los intereses, y una normalización monetaria que baje la tasa real son las tres cosas que convierten crecimiento en empleo registrado. Nada de eso da resultados en noventa días, y ahí está la tensión política.
Sobre el tono, déjame que haga una advertencia. En Estados Unidos, Trump respondió a la «affordability crisis» diciendo que es un invento de la prensa, y hoy tiene una aprobación neta en costo de vida cercana a cuarenta puntos negativos. Decirle a alguien que no llega a fin de mes que los datos dicen otra cosa es la forma más rápida de perder una discusión que se juega en la percepción. Los precios relativos se movieron de manera brutal: tarifas, salud, transporte, y prepagas subieron de manera muy sustancial. Aunque la inflación baje, la canasta cambió y el bolsillo de las familias lo siente. Reconocer eso no es debilidad, es la condición para que la explicación o propuesta siguiente tenga alguna chance de ser escuchada.
-Agosto fue un mes malo para los activos de Argentina. El riesgo país escaló bastante y el Merval en US$, pese a buenos balances, cayó más de 10%. ¿No es demasiado injusto el mercado con Argentina?
-El mercado no es justo ni injusto, es un agregador de información y de expectativas. En agosto pasaron dos cosas a la vez. La primera es global y no tiene nada que ver con la Argentina: el rendimiento del bono del Tesoro americano de treinta años tocó máximos de diecinueve años. Cuando eso ocurre, todo activo que tenga duración larga se abarata mecánicamente, y toda la deuda emergente tiene que ofrecer más para competir por el mismo capital. La segunda es local y es más interesante: el riesgo país se había comprimido hasta 402 puntos en julio, en el movimiento más fuerte del año, y buena parte de la suba de agosto, unos 78 puntos, es devolución de ese rally.
Ahora, lo que queda después de descontar esas dos cosas sí es información. A 500 puntos el mercado no está signando probabilidad de default relevante en el corto plazo, está balanceando dos cosas. Una es el ritmo de acumulación de reservas netas, que sigue siendo el factor de preocupación de un programa que, hay que reconocer, mejoró muchísimo del lado del flujo. La otra es 2027. Faltan 14 meses para una elección presidencial en un país que tiene un historial largo de pegar vuelcos de 180 grados y el riesgo a la continuidad política está en el precio todos los días.
Que el Merval caiga 10% en dólares con buenos resultados es exactamente la firma de un activo cuyo problema está en la tasa de descuento y no en el flujo de fondos. Es frustrante para el que mira el múltiplo y lo ve barato, pero es coherente. La Argentina pasó cuarenta años enseñándole al mercado a exigir una prima, y esa pedagogía no se desarma en 24 meses de buen comportamiento. Se desarma con, creo yo, con muchos períodos presidenciales de continuidad.
-Vamos a Estados Unidos. ¿Qué escenario estás viendo para las elecciones de medio término de noviembre? ¿Cómo pensás que pueden quedar la Cámara de Representantes y el Senado? ¿Y cuál es hoy el escenario que está descontando el mercado?
-El escenario modal me parece bastante claro y el mercado ya lo tiene incorporado. El «generic ballot» le da a los demócratas una ventaja de entre 6 y 7,5, la aprobación de Trump está en la franja de los treinta y pico, y su peor número por lejos es el de costo de vida. A eso se le suma el patrón histórico, que castiga casi siempre al partido del Presidente en la elección de medio término. Con esos insumos, los modelos serios le dan a los demócratas una probabilidad muy alta de quedarse con la Cámara de Representantes, del orden del 85%, con una mediana en torno a los 230 escaños.
El Senado es otra historia porque el mapa es determinante. Los republicanos arrancan 53 a 47 y los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro bancas en estados donde estructuralmente les cuesta ganar. Ahí la elección está genuinamente abierta, con escenarios que van desde un empate 50 a 50 resuelto por el voto de desempate del vicepresidente hasta una retención republicana cómoda. Si me obligan a elegir, me quedo con el Senado republicano, pero por poco.
Lo que descuenta el mercado es precisamente eso: gobierno dividido con Senado republicano, que es la combinación de mayor probabilidad. Y acá va lo que me parece más importante para un inversor. La conclusión intuitiva es que un Congreso hostil modera a Trump, y eso es en buena medida un error de lectura. El poder arancelario es ejecutivo, la política migratoria es ejecutiva, y la sucesión en la Fed es una nominación. Nada de eso lo toca la Cámara. Un Congreso demócrata frena la agenda legislativa, que ya estaba prácticamente agotada, y no frena las dos palancas que efectivamente mueven los precios de los activos.
-En función de ese resultado, ¿cómo imaginás los dos últimos años del mandato de Trump? ¿Puede encontrarse con un Congreso mucho más hostil y mayores dificultades para avanzar con su agenda? ¿Ves incluso algún riesgo de impeachment?
-Si la Cámara cambia de manos, lo que viene es previsible: citaciones, comisiones investigadoras, peleas de presupuesto y riesgo recurrente de cierre del gobierno. La legislación se termina y la gestión se muda por completo al terreno ejecutivo, que es donde Trump se siente cómodo. En términos de mercado, un Congreso paralizado significa que no hay más recortes impositivos, lo cual el mercado de bonos probablemente reciba con alivio, y que la política comercial pasa a ser todavía más el centro de gravedad, con la volatilidad que eso implica.
Sobre el impeachment, hay que separar el mecanismo del resultado. La Cámara acusa por mayoría simple, así que técnicamente es posible y, diría yo, probable. La condena requiere sesenta y siete votos en el Senado y esa aritmética no existe en ningún escenario imaginable, ni siquiera si los demócratas ganan todas las bancas competitivas. De modo que un impeachment sería un acto político sin consecuencia jurídica, y con un costo conocido, porque el precedente de 2019 y 2020 muestra que consolida al acusado y ordena a su base. La conducción demócrata aprendió esa lección y tiene todos los incentivos para investigar sin acusar formalmente, sobre todo si cree que el activo político más valioso que tiene es la economía y no la justicia.
El riesgo real de esos dos años no pasa por ahí. Pasa por el calendario fiscal, por el límite de deuda, y por un presidente sin agenda legislativa que gobierna por decreto en un contexto donde la independencia del banco central y la política arancelaria son discrecionales. Eso sube la varianza de todo lo demás, y la varianza también se cotiza.
-¿Crees que Trump hará un intento real para volver a competir en 2028, algo que, aclaramos, está expresamente prohibido por la Constitución, o simplemente serán fuego de artificio para evitar el síndrome del «pato rengo»?
-La Vigésimo Segunda Enmienda es explícita y el atajo que se menciona, ser candidato a vicepresidente de J.D. Vance y que Vance renuncie, choca de frente con la Duodécima, que inhabilita para la vicepresidencia a quien no pueda ser presidente. No hay abogado constitucionalista serio que sostenga que eso sobrevive a la Corte. Y el propio Trump ya dijo, con esas palabras, que si uno lee la Constitución queda bastante claro que no puede, algo notable en alguien que jamás concede nada. En las últimas semanas empezó incluso a hablar de su vida después de enero de 2029 y a bromear con que su sucesor se va a colgar las medallas de sus logros. Ese cambio de registro es un dato.
Mi lectura es que esto es, en su enorme mayoría, un instrumento para postergar el síndrome del «lame duck», o pato rengo. Y es un instrumento eficaz, porque tiene un valor concreto: el día que Trump diga definitivamente que no, el Partido Republicano se fragmenta en cuatro o cinco precandidaturas, el dinero se reasigna y él pierde el control de la agenda y de la disciplina del bloque. Mientras la ambigüedad sea gratis, la va a sostener. Lo que cambia después de noviembre es el precio de sostenerla: si los republicanos pierden la Cámara, la presión de los que quieren correr en 2028 se vuelve muy difícil de contener.
Mi apuesta es que estira la ambigüedad durante buena parte de 2027 y termina como armador y no como candidato. El riesgo que sí me preocupa no es que se presente, es el desgaste institucional que se acumula mientras juega a que podría. Los mercados aprendieron a descontar sus anuncios; les cuesta mucho más descontar la erosión de las reglas que hacen predecible a Estados Unidos.
-Alberto, evidentemente tres libros no alcanzaron para saciarte y tuviste que escribir un cuarto. Contanos de qué se trata este nuevo libro…
-Es verdad, tres no alcanzaron. Aunque en mi defensa diría que este libro es de otra especie. Los tres volúmenes de Economía Conversada son diálogos, con una estructura socrática, y tienen una ambición pedagógica: explicar cómo funciona la economía a alguien que quiere entenderla sin sumergirse en ecuaciones y gráficas. Lo que se desvanece, que salió hace unos días por Sudamericana, es un libro de ensayos, con otra respiración y otra apuesta.
El título viene de esa línea de Marx sobre «todo lo sólido que se desvanece en el aire», y ese es exactamente el asunto. Es un libro sobre las cosas que formaron durante mucho tiempo parte importante de nuestra manera de ser humanos y que están desapareciendo de nuestra vida cotidiana sin que nos demos cuenta.
No me refiero a las grandes transformaciones tecnológicas o financieras, que salen en todos los diarios, sino a lo más chiquito, lo que se despide en silencio: el chiste que ya no recordamos o no sabemos cómo contar, el mapa de papel que usábamos para planear un viaje y que reemplazamos por el GPS, el aburrimiento de una tarde sin nada que hacer y que hoy llenamos con Instagram.
El libro recorre muchos otros ejemplos, pero déjenme detenerme en tres que me parece que nos cambian de una manera más profunda de lo que creemos.
La infancia: el chico que antes deambulaba en libertad por la vereda o la plaza, se perdía, se raspaba y se equivocaba. Y eso estaba bien, porque aprendía a tolerar la frustración y a calcular el riesgo por su cuenta. El chico blindado de hoy llega a adulto entre algodones, al menos el de las clases acomodadas, con menos herramientas para habitar lo incierto. Cambia nuestra relación con el riesgo.
La escritura a mano: trazar una frase obligaba a pensarla entera antes, a sostener una idea con paciencia. Cuando eso se va, cuando la cursiva ya no se enseña, no se usa, y no se sabe leer, no perdemos una habilidad de la mano, perdemos un modo de pensar, una forma de relacionarnos con las ideas y el silencio, más lenta, tal vez más profunda. Cambia nuestra relación con el pensamiento.
Y el trabajo: cuando la jornada laboral tenía una puerta que se cerraba a las cinco, o a las siete, existía un tiempo que era nuestro. Ahora que el trabajo se cuela el domingo a la mañana por el teléfono, no es que trabajemos más, es que ya no tenemos un afuera. Cambia nuestra relación con el tiempo.
Riesgo, pensamiento, tiempo.
El libro tiene muchos ejemplos más: nuestra relación con la comida, con el amor, con nuestro cuerpo, la memoria, el duelo.
Las nuevas tecnologías no son simplemente progreso: implican una mutación antropológica, del orden de la que trajo la escritura alfabética, que externalizó la memoria y nos hizo capaces de pensar en abstracto; o la revolución industrial, que cambió el tiempo de natural a mecánico, del sol y las estaciones al reloj y la sirena de la fábrica.
Estamos viviendo un cambio de esa escala, solo que ahora, mientras ocurre, no lo vemos.
Hay algo más que quiero decir. Vengo de una carrera de treinta años escribiendo informes para inversores, un género que exige precisión y que castiga la duda. El ensayo permite lo contrario: permite pensar en voz alta, permite equivocarse elegantemente, permite que una pregunta quede abierta al final de una página. Después de tres libros construidos como conversaciones, este es el primero donde la conversación es conmigo mismo. Y descubrí, con cierta sorpresa, que es el más difícil de los dos formatos.
Alberto Ades explora cómo la era digital está transformando la infancia, el amor, el trabajo, la memoria y la identidad, y se pregunta si asistimos a una mutación profunda de la condición humana.
