Tuvimos el privilegio de vivir en la era de Lionel Messi. De verlo hacer posible lo que parecía imposible, de sufrir con él y de abrazarnos como nunca cuando por fin levantó la Copa del Mundo, aunque ya no necesitaba ganarla para tener nuestro agradecimiento eterno por todo lo que nos había dado. Durante más de dos décadas, su zurda nos dio motivos para creer y su insistencia nos llevó a volver a intentarlo después de cada golpe. Ahora que se despidió de la Selección Argentina, cuesta aceptar que ya no volveremos a verlo salir a la cancha con esa camiseta. Porque con él también se despide una parte de nuestra vida, hecha de ilusiones, lágrimas y abrazos que vamos a guardar para siempre.
Messi estuvo en nuestras vidas mucho antes de levantar la Copa del Mundo. Estuvo en los partidos que miramos con nuestros padres, en los abrazos con nuestros hermanos, en las reuniones con amigos y en las llamadas a quienes estaban lejos. Hay quienes lo descubrieron de chicos y terminaron viéndolo con sus hijos. Otros conservan el recuerdo de haber compartido sus primeros Mundiales con personas que ya no están. Su historia con la camiseta argentina quedó entrelazada con la nuestra. Por eso despedirlo también nos devuelve una parte de lo que fuimos.
El martes 6 de octubre, el Monumental reunió todas esas emociones. La victoria por 3-0 ante Benín, con un gol de penal y dos asistencias del capitán, quedó como el último registro de una carrera extraordinaria con la Selección Argentina. Pero el resultado apenas cuenta una parte de la noche. Lo que sucedía en las tribunas, en el campo de juego y frente a cada pantalla tenía otro peso. Había que disfrutarlo una vez más mientras empezábamos a aceptar que no habría una próxima convocatoria con su nombre.
Messi salió a la cancha acompañado por Thiago, Mateo y Ciro. En el palco estaban su madre, Celia, y su esposa, Antonela Roccuzzo. Durante el himno, cantado por Fabio Santana, excombatiente de Malvinas, la emoción alcanzó también a Lionel Scaloni, que dejó caer las lágrimas. El capitán intentó contenerse, pero esa camiseta, esa música y ese estadio lo llevaban a un lugar del que resultaba difícil despedirse. Había vivido cientos de veces ese ritual. Esta vez sabía que era la última.
NO PUEDO MÁS 😭🥺 https://t.co/SCwp9ny0cA— TyC Sports (@TyCSports) October 6, 2026
A los diez minutos, el partido se detuvo para homenajearlo. Sus compañeros aplaudieron y los futbolistas de Benín se acercaron a saludarlo. El reconocimiento atravesó las camisetas. También para sus rivales era una noche que guardarían para siempre. Antes del encuentro, su capitán, Sessi D’Almeida, le había entregado una estatuilla de una amazona de Dahomey, una rosa y una carta del plantel. Hasta quienes habían llegado para enfrentarlo querían encontrar una manera de agradecerle.
Después, la pelota volvió a rodar y Messi siguió buscando lo que había buscado toda su vida. Probó al arco, intentó de tiro libre y quiso convertir un gol olímpico. Se enojó con las oportunidades desperdiciadas, aun en medio de su propia despedida. Ese impulso también lo explica. Después de todo lo que había ganado, todavía quería que la siguiente jugada saliera mejor.
En el segundo tiempo asistió a Nicolás Otamendi desde un córner y luego participó del gol de Nicolás Paz. En esa segunda acción apareció una imagen que ayuda a pensar lo que viene: Messi entregando la pelota y un joven que creció admirándolo resolviendo con su propia zurda. La Selección Argentina tiene futbolistas capaces de asumir nuevas responsabilidades. Muchos de ellos aprendieron a mirar el juego mientras él lo transformaba.
Messi y Nico Paz, un abrazo entre el legado del capitán y el futuro de la Selección Argentina. (Getty Images)
El gol que todos esperaban llegó de penal. Messi tomó la pelota y convirtió el tercero. Sus compañeros lo rodearon para festejar, como si quisieran prolongar unos segundos ese último abrazo alrededor del capitán. Fue su tanto número 126 en 208 partidos con la Selección Mayor, dos récords que lo dejan en la cima de la historia argentina. Su recorrido había comenzado el 17 de agosto de 2005, en un accidentado debut ante Hungría que terminó con una expulsión casi inmediata. Entre aquella primera frustración y esta despedida hubo más de 21 años de insistencia.
Las cifras permiten dimensionar su carrera, aunque difícilmente alcancen para explicar lo que provocó. Messi podía cambiar un partido con un gol, pero también con una pausa, un movimiento o un pase que los demás todavía no habían visto. Nos acostumbró a observarlo incluso cuando caminaba, porque sabíamos que estaba leyendo algo. Con él, siempre parecía quedar una posibilidad. A veces bastaba con verlo cerca de la pelota para volver a creer.
¡LA DESPEDIDA NO PODÍA SER DE OTRA MANERA!
Messi y el 3-0 de #Argentina ante #Benín. https://t.co/2rXe3HqhlH
— TyC Sports (@TyCSports) October 7, 2026
Esa confianza se construyó también en los años difíciles. Antes de las consagraciones llegaron las finales perdidas, las críticas y las discusiones sobre su manera de representar al país. Se le cuestionó que hablara poco, que no cantara el himno, que no mostrara sus sentimientos como algunos esperaban. Se confundió su personalidad con una supuesta falta de compromiso. El tiempo permitió entender mejor a ese futbolista que seguía volviendo, incluso después de los golpes más duros.
La renuncia tras la Copa América de 2016 nos hizo imaginar una Selección sin él mucho antes de estar preparados. Entre quienes le pidieron que regresara estaba un adolescente llamado Enzo Fernández, que años después sería su compañero y campeón del mundo a su lado. En el Monumental, el mediocampista del Manchester City volvió a emocionarse mientras lo escuchaba despedirse. Su historia resume la de una generación que pasó de admirar a Messi frente a un televisor a compartir con él un vestuario.
El llanto de Enzo Fernández es el de todos los argentinos que no quieren despedirse de Messi. (ISI Photos)
La Copa América de 2021 en el Maracaná cambió el ánimo de una relación que había conocido demasiado sufrimiento. Después llegaron la Finalissima y el Mundial de Qatar en 2022, y una nueva Copa América en 2024. A esos cuatro títulos con la Mayor se suman el Mundial Sub-20 de 2005 y el oro olímpico de Beijing 2008. Pero el valor de las conquistas también está en todo lo que hubo que atravesar para conseguirlas. Messi encontró un equipo que lo acompañó, repartió responsabilidades y convirtió una ambición largamente postergada en una alegría compartida.
Qatar dejó escenas que cada argentino guarda de una manera distinta. La atajada de Emiliano «Dibu» Martínez, el último penal de Gonzalo Montiel, Messi levantando la Copa del Mundo. Y, junto a esas imágenes, otras que nunca aparecieron en la transmisión: un padre llorando, un hermano que no soltaba el abrazo, un mensaje enviado entre lágrimas, una familia reunida alrededor de una pantalla. Su felicidad terminó siendo también la nuestra. Millones de argentinos salieron a la calle con la sensación de haber llegado, por fin, a un lugar que durante años había parecido demasiado lejano.
Por eso la despedida preparada en el Monumental tenía un significado que iba mucho más allá del espectáculo. Había música, homenajes y un show de drones, pero lo más conmovedor fue verlo tomar el micrófono y buscar las palabras. El hombre al que tantas veces se le reclamó hablar tenía ahora a todo un estadio escuchándolo en silencio. Recordó a su padre, Jorge, agradeció a los hinchas y reconoció a los compañeros de las distintas etapas, también a aquellos con los que no pudo ganar.
Ese recuerdo fue uno de los gestos más valiosos de la noche. La historia que terminaba incluía a todos los que habían defendido la camiseta a su lado. Los triunfos recientes no borraban el esfuerzo anterior. Messi lo sabía mejor que nadie y eligió decirlo en el momento de mayor reconocimiento.
También anunció que ahora le tocará acompañar desde afuera. La Selección seguirá jugando y él estará pendiente de sus antiguos compañeros, de los jóvenes que empiezan y de los que todavía no llegaron. Su despedida de Argentina no significa el final de su carrera como futbolista, pero sí el cierre de un vínculo cotidiano que vamos a extrañar: buscarlo en una lista de convocados, verlo salir al campo de juego con la 10 y esperar que se acomodara la cinta de capitán.
🗣️ EL DISCURSO FINAL DE MESSI EN SU DESPEDIDA
🥹🇦🇷 Gracias, capitán, por tantas alegrías. https://t.co/ZiHa6FND20
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El legado que deja tiene una parte futbolística evidente y otra que será igual de necesaria. Enseñó a seguir después de perder, a reconocer el valor de los compañeros y a sostener el deseo aun cuando el resultado tardaba en llegar. Los que vienen tendrán que construir su propio camino. Les queda un equipo con presente, una generación con futuro y el ejemplo de alguien que volvió una y otra vez hasta cumplir su sueño.
Vamos a extrañarlo. Aun sabiendo que nos dio muchísimo, aun entendiendo su decisión. Cuesta despedirse de alguien que estuvo durante tantos años en nuestros mejores momentos y también en algunas de nuestras mayores tristezas deportivas. Cuesta aceptar que una escena tan familiar ya pertenece al recuerdo.
Pero junto a esa tristeza aparece el agradecimiento. Por haber podido verlo mientras todo sucedía. Por haber vivido sus goles sin conocer el desenlace. Por los abrazos con nuestros viejos, nuestros hermanos y nuestros amigos. Por cada vez que nos hizo levantarnos de una silla y por aquella tarde en la que un país entero salió a festejar.
Fue un placer ser contemporáneo tuyo, Leo.
Messi se va vacío de tanto dar y lleno del amor de un país que lo recordará por siempre. (Foto: AFA)
