Hubo un dato para el festejo y varios para la góndola. El INDEC informó que en agosto los precios al consumidor subieron 1,7%, la cifra mensual más baja en más de un año, y el oficialismo la exhibió como la prueba de que el programa funciona. El mismo organismo, el mismo día y a la misma hora, publicó otro informe que contó una historia distinta: la Canasta Básica Alimentaria y la Canasta Básica Total aumentaron 2,6% en el mes, el mayor salto en cinco meses. Dicho de otro modo, no ser pobre se encareció más de un cincuenta por ciento más rápido que la inflación que baja.
El promedio que escondeLa distancia entre ambos números no es un detalle metodológico. En la comparación interanual, el índice general acumuló 33,5%, mientras la canasta de la indigencia trepó 39,6% y la de la pobreza, 38,3%. Son seis puntos de diferencia contra el rubro que mide, literalmente, el costo de comer. Amartya Sen dedicó buena parte de su obra a advertir sobre esta trampa: un promedio puede mejorar mientras empeora la situación de quienes están abajo, porque el índice pondera por igual todos los consumos, incluidos los que ya nadie hace. El bienestar no se lee en la media, se lee en el piso. Y el piso, en la Argentina de agosto, se movió más rápido que el techo estadístico.
Los montos lo vuelven concreto. Una familia tipo necesitó 1.605.497 pesos para no caer bajo la línea de pobreza y 726.469 apenas para no ser indigente. Por mes, para lo mínimo. La desinflación es cierta para quien ya llegaba a fin de mes; para quien la pelea, la góndola sigue corriendo más rápido que la estadística que se festeja.
El empleo que no vuelveSi la inflación promedio disimula la inflación de los pobres, el índice de actividad disimula algo todavía más estructural. Los registros del Sistema Integrado Previsional Argentino mostraron en junio la decimotercera caída consecutiva del empleo asalariado privado registrado. En el mes se perdieron 12.260 puestos formales entre privados, públicos y casas particulares, y desde diciembre de 2023 la contracción neta asciende a 354.128 empleos, con la industria en rojo desde hace veinte meses y el comercio, trece. El nivel absoluto de trabajadores privados formales es hoy el mismo que el país tenía a fines de 2014: una década entera sin generar empleo de calidad.
No es solo cantidad. El salario real del sector privado registrado volvió a ubicarse por debajo del nivel de noviembre de 2023, y la mitad de los trabajadores en blanco cobra un salario de bolsillo inferior a 1.385.000 pesos. Lo único que crece es el monotributo, que no compensa la sangría de puestos asalariados: reemplaza empleo protegido por trabajo independiente de menor densidad de derechos. Es una recomposición estadística, no productiva.
El eslabón que une los dos informesAcá aparece el nudo que conecta ambos relatos. La actividad económica se ubica cerca de un 5% por encima de noviembre de 2023, pero el empleo privado formal cae casi 4% en el mismo período. Arthur Okun formuló en los años sesenta la regularidad que lleva su nombre: cuando el producto se expande, el trabajo lo acompaña y el desempleo cede. Lo que muestran los datos argentinos es esa relación funcionando al revés. El producto se recupera en la planilla, pero no derrama ni en la nómina ni en la góndola. Es crecimiento sin empleo, y crecimiento que no baja el costo de vivir.
Ese desacople no es una anomalía pasajera. Una economía puede exhibir mejores números agregados y, al mismo tiempo, erosionar su tejido productivo cuando la recuperación se concentra en sectores de alta productividad y escasa demanda de mano de obra, mientras la industria y el comercio —los grandes empleadores— siguen contrayéndose. El promedio sube; el trabajo y el poder de compra de los que menos tienen, no.
Estabilizar no es desarrollarNada de esto niega el mérito de haber bajado la inflación nominal. Pero confundir ese logro con el destino es el error de diagnóstico más caro que puede cometerse. Bajar el promedio de los precios no equivale a bajar el costo de vivir, y recuperar la actividad medida no equivale a generar trabajo. La estabilización es una condición necesaria; nunca fue suficiente. Un país se desarrolla cuando el crecimiento se traduce en empleo formal y en salarios que le ganan a la canasta, no cuando la media estadística mejora mientras el plato de comida y el trabajo registrado se encarecen o desaparecen.
La pregunta, entonces, no es cuánto bajó la inflación. Es para quién bajó. Y con estos números, la respuesta incomoda: la desinflación llegó al PowerPoint mucho antes que a la mesa.
