De manera cíclica, siempre en tiempos de relativa estabilidad financiera vuelve a debate la irresuelta cuestión de hacia dónde y cómo hacer crecer la economía argentina. Con actividades ganadoras y perdedoras muy identificables en estos 30 meses de la gestión Milei, conceptos como «derrame», «puente», «tiempo», «terreno nivelado» se instalan en la discusión.
Miremos algunos datos. El nivel de actividad agregado acumula una mejora de algo más del 5% desde noviembre de 2023, pero el promedio camufla dos realidades muy disímiles. De un lado, la producción de los sectores vinculados a la explotación de recursos naturales —gas y petróleo, minería, el agro- junto con la intermediación financiera, muestra máximos históricos y, a la vez, suma divisas como hace años no se veía: el superávit comercial acumulado a julio fue el mayor desde 2009 en moneda constante, con un saldo energético también récord. Del otro lado, la industria, la construcción y el comercio —las actividades que más empleo formal generan y arraigan población en todo el territorio— todavía operan muy por debajo de noviembre de 2023: la construcción sigue 20% abajo, y buena parte de la industria, si se excluyen alimentos, la industria química y la refinación de petróleo, está en niveles que no se veían desde el año 2004.
Esa asimetría no es un detalle estadístico, e impacta, por ejemplo, sobre los jóvenes. Sólo 4 de cada 10 jóvenes ocupados de hasta 29 años tiene hoy un trabajo formal, la proporción que logra vivir de manera independiente retrocedió a niveles que no se veían desde 2021, y casi 4 de cada 10 tienen algún grado de mora financiera. Es, además, el grupo etario que las encuestas reflejan con mayores caídas en la confianza en el Gobierno, después de haber sido uno de los pilares de su apoyo electoral.
Nada de esto es nuevo en la historia económica argentina. Los programas de estabilización, cuando funcionan, ordenan la macro y reducen la tasa de inflación; el problema aparece después, cuando hay que sostener ciertos equilibrios esenciales sin licuar el consumo ni la inversión. Ahí es cuando caemos al vacío: nos aferramos al tipo de cambio como ancla antiinflacionaria, comprimimos ingresos para bajar costos, y postergamos el fondo de la cuestión, que es cómo generar y sostener un crecimiento que no dependa básicamente de un puñado de actividades exportadoras de commodities.
Ningún país derrotó la inflación con funcionarios iluminados en soledad y con fórmulas voluntaristas. Se hizo siempre a partir de amplios consensos políticos y sociales que le dieron a la desinflación el insumo más escaso en política: tiempo.
Las economías de la Cordillera (energía y minería) y las producciones agropecuarias -bienvenidas- resultan la condición necesaria, porque sus dólares van alejando la histórica restricción externa, el viejo «stop and go». Pero no son la condición suficiente. Somos un país extenso y de baja densidad poblacional, donde la industria, el comercio y la construcción sostienen ciudades y provincias, entramados y capacidades productivas desarrolladas por décadas que ningún yacimiento puede reemplazar.
¿Qué formas debería corporizar un acuerdo?
Primero, aceptar que un puñado de reglas básicas no deberían discutirse cada cuatro años. El equilibrio fiscal es la más obvia: no es de derecha ni de izquierda, es la precondición para cualquier política económica seria. Argentina hizo en estos años el ajuste fiscal, monetario y externo más severo en medio siglo, y ese aprendizaje —por doloroso que haya sido— no debería perderse con el próximo cambio de signo político. El Pacto de Mayo firmado entre el gobierno y 18 provincias es una buena plataforma de inicio.En segundo término, construir un régimen monetario y cambiario creíble y previsible, que no dependa de sostener restricciones para las empresas ni de estrategias de apreciación para administrar la tasa de inflación. La previsibilidad no equivale a otorgar un seguro de cambio: es la certeza mínima para que una empresa evalúe una inversión a cinco años sabiendo que las reglas no se modificarán en el camino.Tercero, diseñar transiciones y programas explícitos para los sectores rezagados, bajo la lógica de la temporalidad y la eficiencia. Salir de la macro para ir a la «mesoeconomía». No se trata de proteger a cualquier costo actividades ineficientes, ni de desamparar de la noche a la mañana entramados productivos enteros en nombre de la defensa del consumidor. Se trata de definir con claridad los tiempos de la apertura, los instrumentos de reconversión y el rol —acotado— que el Estado puede jugar para que el ajuste sea más parejo y, por eso mismo, más duradero. La discusión tributaria a todo nivel de gobierno es esencial en este plano.Cuarto, focalizar en la complejidad de los mercados de trabajo, en sus distintas características, para alentar la educación en nuevas capacidades, en especial a los excluidos y a los jóvenes. Los niveles de morosidad en el crédito joven hoy lleva el riesgo de expulsar tempranamente a toda una generación de la inclusión financiera, lo que sumado a los problemas del empleo registrado, hace que no sólo se pierda equidad sino productividad futura.Y quinto, consensuar un programa detallado de inversión en infraestructuras a diez años, financiado por privados, fondos multilaterales y garantías públicas para incrementar la competitividad y cerrar brechas sociales. Casos exitosos, como los de Israel, Chile y Brasil, no estabilizaron sus economías con voluntarismo, sino con instituciones que llevan décadas. Los tres comparten el mismo patrón: reglas explícitas, verificables por terceros, y sostenidas más allá de qué signo político las administre. Requiere que oficialismo y oposición compartan, aunque sea, ese piso mínimo —fiscal, cambiario, de integración productiva— para que sobreviva a la alternancia.
A un año de las elecciones presidenciales, la política tiene tanto para aportar a este posible acuerdo como la macroeconomía. Al oficialismo no le alcanza con presentar cualquier alternativa como un salto al abismo, una vuelta al pasado, y a la oposición peronista tampoco creer que es suficiente con ganar una elección: tiene que demostrar, de manera creíble, que no repetirá los errores macroeconómicos del pasado, no solo ante quienes votan sino también ante quienes deciden inversiones, que se toman varios meses antes de cada elección, no después.
Bienvenidos Vaca Muerta y los recursos naturales. Ahora, hace falta comenzar a consolidar los logros macroeconómicos y a construir las reglas que permitan que cualquier sector, en cualquier provincia, pueda desarrollarse sin depender del signo político. Ese, no otro, será el verdadero test de madurez que la Argentina tiene pendiente.
