¿Cuánto tiempo más llevará?

Las tensiones en el Frente de Todos, con intercambio de pirotecnia verbal en continuado en las últimas semanas, dejaron de ser una circunstancia coyuntural, y hasta tragicómica por momentos, de una coalición política que teme por su supervivencia en el Poder para convertirse definitivamente en un problema en lo que se refiere a la gobernabilidad del país.

La interna entre albertistas y kirchneristas, que ingresó en una etapa de ebullición permanente a partir del acuerdo entre la Argentina y el Fondo Monetario Internacional (FMI) luego que la derrota electoral del oficialismo en 2021 propiciara las primeras ráfagas constantes de fuego amigo, impacta hoy de lleno en la gestión pública nacional, que luce anestesiada, mientras las rencillas palaciegas siguen su curso.

“¿Cuánto tiempo más llevará?”, cantaba Serú Girán a comienzos de la década de 1980, en un estribillo que quedó en el recuerdo de generaciones enteras, como tantas otras creaciones de la mítica banda argentina de rock, y que más de cuarenta años después podría ilustrar el ruego de prácticamente el conjunto de la población frente a la interminable pelea del Gobierno, en medio de un contexto social a todas luces adverso en el país.

En estos días, regresó a la escena pública la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, jefa del núcleo duro K dentro de la coalición oficialista, y volvió a asumir un rol de “comentarista de la realidad” en un acto en Resistencia, donde cuestionó nuevamente el rumbo económico y sostuvo que la gestión del Frente de Todos (FdT) está defraudando a sus votantes: “No estamos haciendo honor a tanta confianza que nos depositaron”, planteó la ex mandataria.

Es tan curiosa como inquietante la manera con la que Cristina, principal responsable de la llevada de Alberto Fernández a la Presidencia de la Nación, busca despegarse de la gestión del jefe de Estado y la cuestiona desde una posición presuntamente equidistante, como hablando en tercera persona del decepcionante transcurrir de un Gobierno que ella misma integra.

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Según fuentes consultadas por NA, el desconcierto que ocasiona la interna del FdT en el seno de la administración Fernández es generalizado, en un escenario en el que Cristina no se hace cargo de esta suerte de Frankenstein político que engendró en 2019 con el objetivo de destronar a Mauricio Macri en los comicios de aquel año y que ahora se muestra peligrosamente a la deriva.

“El Frente de Todos está en una situación casi demencial, parece una convención de psicópatas porque se están destruyendo entre ellos y están destruyendo al país”, lanzó esta semana sin anestesia el presidente de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), Mario Grinman, que agregó: “Jamás vi algo así”. Del otro lado del mostrador, dirigentes del movimiento obrero también expresan su preocupación por las peleas en la alianza oficialista.

“El Gobierno es el triángulo de las Bermudas”, suele comentar por estas horas un histórico dirigente gremial cuando expone su opinión sobre el particular contexto político por el que transita el país. Referentes del movimiento obrero se quejan porque, según plantean, la gestión pública nacional ha quedado “en pausa” con motivo de la feroz interna en el FdT.

También consideran que en este escenario, el sindicalismo es “garantía de seguridad social”, mientras un sector de la Confederación General del Trabajo (CGT) ensaya una pequeña muestra de apoyo a la gestión de Fernández, con presencia en el acto de lanzamiento del proyecto “Cuidar en Igualdad” esta semana en jardines de la Casa Rosada, y Pablo Moyano coquetea con el líder de la agrupación ultra-K, Máximo Kirchner.

El hijo de la Vicepresidenta, tras su portazo como jefe de la bancada del FdT en la Cámara de Diputados, se instaló decididamente en la provincia de Buenos Aires, desde donde lanza dardos envenenados al Gobierno y se suma a la embestida del núcleo duro cristinista contra el ministro de Economía, Martín Guzmán, a quien por ahora Fernández sostiene en el cargo.

“Fidelizar” a los propios, la estrategia de Máximo

Dirigentes sindicales parados hoy del lado del albertismo en la grieta interna generada en el Gobierno le restan importancia, por el momento, al intento de Máximo Kirchner de avanzar de manera estratégica en el movimiento obrero bonaerense, pensando en las elecciones generales de 2023, y tildan de “fiasco” a su reciente cumbre gremial en Baradero: “No juntó a nadie”, apuntan.

“Máximo se refugia donde reside la pobreza -en el Gran Buenos Aires- y habla de redistribución de la riqueza, pero no de generación de la riqueza”, comentan algunas lenguas filosas del ámbito sindical sobre el rol que desempeña actualmente el líder camporista, buscando preservar sobre todo en el Conurbano el caudal de voto cautivo que aún atesora allí el kirchnerismo.

Más allá del ruido que ocasione en los sectores más corporativos del espectro gremial doméstico los movimientos de Máximo Kirchner en la Provincia, está claro que los galopantes niveles de inflación que se registran en la Argentina afectan en especial a la población vulnerable y es allí justamente hacia donde está apuntado el discurso del hijo de Cristina, en procura de robustecer su volumen político de cara a 2023 y “fidelizar” a los votantes propios.

En este sentido, el avance camporista en territorio bonaerense parece haber encendido luces de alarma en algunas intendencias con vistas a los comicios generales que se avecinan: por ejemplo, en Tigre, donde el jefe comunal Julio Zamora presentó en estos días un plan estratégico de gestión para este año y el próximo y en ese marco enfatizó: “Si no recibimos apoyo de la Provincia para hacer (es decir, construir) el Hospital Municipal de Alta Complejidad lo encararemos con fondos propios“.

Así las cosas, y en medio de una sensación de vacío de poder con motivo de las tensiones en el FdT, se conocerá el próximo jueves el dato oficial sobre el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de abril pasado, que también se anticipa elevado -sobre todo en el rubro alimentos y bebidas no alcohólicas-, después del salto del 6,7 por ciento registrado en marzo.

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El persistente aumento del costo de vida en la Argentina agita lógicamente las aguas tanto en el ámbito de los movimientos sociales como en filas sindicales, con gremios que pugnan por acuerdos paritarios que le ganen a la inflación y consiguen mejoras salariales sorprendentes, del orden del 60%. Trascendió incluso que autoridades del Ministerio de Trabajo piden que esas cifras no se divulguen públicamente -es decir, que no lleguen a oídos de la prensa- para no generar un “efecto cascada” y potenciar aún más la actual espiral inflacionaria. ¿Y la “guerra” contra los “formadores de precios”, en qué quedó?

En este escenario de complejidad extrema por el que transita la gestión de Fernández, está por verse si el Gobierno en efecto ha tomado -o no- la decisión de inmolarse por Guzmán; más que el Gobierno, el propio presidente de la Nación, en un contexto que permite a algunos elucubrar las hipótesis más estrambóticas en el seno del oficialismo, como que el jefe de Estado finalmente se desgaste al punto de abdicar, para permitir la entronización de Cristina hasta el final del mandato.

De momento, la vicepresidenta solo levanta el dedo acusador desde un imaginario detrás de escena, como quedó en evidencia una vez más en Chaco, donde además de blanquear que durante su Gobierno se manipulaban los datos del INDEC, recibió una distinción en un acto visto como un gesto de “bendición política” hacia el gobernador local, Jorge Capitanich, que abriga esperanzas de competir por la Presidencia de la Nación el año que viene.

Qué sucederá finalmente con el Frente de Todos aún está por escribirse. Da la sensación de que la relación por conveniencia entre Fernández y Cristina alcanzó en un punto de no retorno y que por ende, ambos ya no compartirán más un espacio político después de la traumática experiencia por la que transitan. Pero claro, con el peronismo nunca se sabe, sobre todo cuando está en juego nada más ni nada menos que su permanencia en el Poder.