Jorge «Locomotora» Castro pasó hambre de chico y dedicó buena parte de sus últimos años a ayudar a quienes atravesaban esa misma situación. El exboxeador y excampeón mundial, que murió este miércoles a los 59 años tras descompensarse en el Bingo de Morón, impulsó comedores y merenderos en el conurbano bonaerense y repartió alimentos entre familias que no llegaban a fin de mes. Lo que comenzó con una olla popular en su gimnasio de Temperley se extendió hasta llegar a miles de personas.
La iniciativa comenzó durante la pandemia de coronavirus, cuando las restricciones impidieron que pusiera en marcha su gimnasio como lo había planeado. Ante las dificultades económicas que atravesaban los vecinos y la paralización de la actividad deportiva, decidió aprovechar el lugar para organizar una olla popular. Lo que empezó como una respuesta a la emergencia se transformó en una tarea sostenida, con entregas de mercadería y colaboración con espacios comunitarios de distintos barrios.
Castro contó que había preparado aquella primera olla para unas 30 personas, pero se acercaron más de 60. Con el tiempo, la convocatoria se amplió a las familias de los deportistas y a otros vecinos que necesitaban asistencia. El gimnasio ubicado sobre la avenida Eva Perón al 4730, en Temperley, se convirtió en un punto de referencia para conseguir alimentos, además de conservar su vínculo con la práctica del boxeo.
La ayuda se extendió a localidades como Villa Fiorito y a otros sectores de Lomas de Zamora. Además de los comedores que sostenía directamente, Castro abastecía a otros espacios con mercadería. En una entrevista publicada en 2024, explicó que colaboraba con 14 comedores y nueve merenderos, una red que permitía ampliar la asistencia más allá de las personas que se acercaban a su gimnasio.
El crecimiento de la demanda también quedó reflejado en las entregas semanales. En mayo de 2026, alrededor de 1.000 personas retiraban alimentos cada viernes en Temperley, frente a las 800 que concurrían en mayo de 2024. La diferencia representaba un aumento del 25% en dos años y mostraba la presión creciente sobre ese punto de distribución.
Las filas para retirar alimentos llegaban hasta la esquina. (Gustavo Gavotti)
En sus entrevistas, Castro advertía que había cambiado el perfil de quienes pedían ayuda. Ya no se trataba solamente de chicos y familias que llevaban tiempo atravesando dificultades, sino también de jubilados, trabajadores y personas que antes podían cubrir sus gastos sin recurrir a un comedor. En diciembre de 2025, afirmó que la asistencia de los espacios que coordinaba había pasado de 2.100 a 6.400 personas, según relató en Radio Buenos Aires.
«Ahora no vienen los pibes, viene la gente grande, personas de 70 años que se ponen a llorar porque se jubilaron y no les alcanza la plata», había contado en octubre de 2025. La presencia de adultos mayores era una de las situaciones que más lo conmovían y que mencionaba al describir el trabajo de los comedores.
La distribución incluía arroz, fideos, polenta, lentejas, harina, yerba, azúcar y aceite, entre otros productos básicos. Además de las comidas preparadas, los bolsones permitían que las familias llevaran mercadería a sus casas y cubrieran parte de sus necesidades durante los fines de semana. Castro también había explicado que, ante el aumento de los pedidos, algunas entregas pasaron de 80 a 100 bolsones semanales.
Para sostener esa tarea combinaba recursos propios con donaciones de vecinos, empresas y productores, además de la colaboración del Gobierno bonaerense. Su popularidad le permitía abrir puertas y conseguir aportes, pero también se involucraba personalmente en la búsqueda de mercadería y en la organización de las entregas. La Fundación Locomotora Castro y la Asociación Civil El Roña Castro formaban parte de ese trabajo.
En sus últimos años se había instalado en Morón, donde proyectaba abrir un comedor comunitario con capacidad para asistir a 500 personas. El anuncio, realizado en octubre de 2025, expresaba su intención de extender una iniciativa que había comenzado en la zona sur y que se había convertido en una parte central de su vida.
«Locomotora» Castro repartía alimentos a los vecinos en la puerta de su gimnasio. (Gustavo Gavotti)
Su compromiso con la asistencia alimentaria estaba ligado a las privaciones que había atravesado durante la infancia. Nacido el 18 de agosto de 1967 en Caleta Olivia, Santa Cruz, Castro recordó en distintas entrevistas el hambre, el frío y la violencia familiar que marcaron sus primeros años. Haber vivido esas situaciones explicaba, según sus propias palabras, la necesidad de involucrarse cuando veía a otros pasar por lo mismo.
«Fui un pibito desnutrido, por eso me importa ayudar a los que más pueda para que no pasen hambre», había expresado. Esa experiencia también atravesaba sus cuestionamientos a los dirigentes políticos, a quienes reclamaba respuestas frente a las necesidades de los comedores. «Yo pasé hambre, pasé frío, a mí no me lo puede contar ningún político, yo hago lo que deberían hacer ellos», sostuvo.
Mucho antes de las ollas populares, Castro había alcanzado la cima deportiva. El 12 de agosto de 1994 derrotó al estadounidense Reggie Johnson en San Miguel de Tucumán y conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Meses después protagonizó su histórica remontada frente a John David Jackson en Monterrey, México, una de las peleas más recordadas del deporte argentino.
Tras retirarse, mantuvo su presencia en televisión y participó en programas como Gran Hermano Famosos y MasterChef Celebrity. Sin embargo, los comedores y merenderos ocuparon un lugar cada vez más importante en su rutina. El reconocimiento que había ganado arriba del ring también le servía para reunir alimentos y ayudar a quienes se acercaban a pedirlos.
Su muerte deja el recuerdo de un campeón mundial y de un hombre que conocía de primera mano las privaciones que buscaba aliviar. En Temperley, su gimnasio fue también el lugar donde esa historia personal se convirtió en ayuda concreta para otros.
«Locomotora» Castro brindaba ayuda alimentaria desde 2020.
