IA en Argentina: el dato que puede mover US$ 43.000 millones

IA en Argentina: el dato que puede mover US$ 43.000 millones


La Inteligencia Artificial (IA) ya concentra buena parte de la agenda global. Mientras, por un lado, se encienden cada vez más alertas ante los temores de que los gigantes tecnológicos estén corriendo una carrera por alcanzar modelos cada vez más poderosos sin tener asegurado su control, por el otro, la disputa entre Estados Unidos y China por dominar el desarrollo de la IA se intensifica.

En esa dinámica ya lanzada, los más recientes llamados a regular la inteligencia artificial, que van desde el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, hasta el Papa León XIV, parecen no encontrar eco. De hecho, en los últimos días el presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a rechazar la idea de establecer nuevas regulaciones a la IA, una decisión reafirmada en el encuentro que mantuvo con una veintena de líderes de grandes empresas tecnológicas en la Casa Blanca. La discusión ocurre mientras los propios referentes de Silicon Valley empiezan a reclamar límites al avance de los modelos más poderosos.

Entre esas dos visiones, el gobierno argentino, como en tantos otros temas, tomó un claro alineamiento detrás del rumbo marcado por la administración trumpista. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), el presidente Javier Milei afirmó que el país estará «a la vanguardia de la libertad» y rechazó imponer controles o restricciones estatales preventivas que frenen la innovación. De hecho, una propuesta del Gobierno fue habilitar la creación de empresas operadas íntegramente por agentes de inteligencia artificial y sistemas algorítmicos. En una primera versión, la iniciativa contemplaba que los agentes de IA asumieran la responsabilidad legal por las operaciones de las compañías. No obstante, ante las objeciones de especialistas y dirigentes opositores, el borrador fue modificado para exigir que una persona humana conserve la responsabilidad jurídica final.



En ese cono de interrogantes sobre cuál será finalmente el entorno y la velocidad que adquirirá la implementación de la IA en los próximos años, se desarrolló en Buenos Aires la tercera edición de AILAT26, un evento que reunió a los principales líderes latinoamericanos de esta industria, desde Google y Microsoft hasta Meta y Nvidia. Más allá del consenso en descartar de plano las teorías apocalípticas que sobrevuelan sobre la evolución futura de la IA, entre las exposiciones surgieron miradas diferentes sobre cuál debe ser el rol de los estados y hasta dónde debe avanzar la regulación. Es un debate que también atraviesa a las grandes tecnológicas, que ya llevan invertido más de US$ 1 billón en la carrera por la IA.

«Hay una tensión de distintas miradas», dijo a El Economista Ezequiel Glinsky, general general de Customer Success de Microsoft en Latinoamérica. «La visión de una IA más humana, responsable, subordinada a los seres humanos es central: no hay que trasladarle humanismo a la IA, sino que eso debe seguir residiendo en nosotros», agregó.

En medio de esas tensiones, vienen surgiendo algunos intentos por ordenar un avance que, en ocasiones, luce desbordado. En esa línea, Glinsky destacó el lanzamiento en septiembre pasado del Código de Conducta Humanista de la IA de Microsoft, presentado por Mustafá Suleyman, director ejecutivo de Microsoft IA. Se trata de un manifiesto todavía abierto basado en la premisa de que las personas importan más que la inteligencia artificial. El planteo se inscribe en una discusión más amplia sobre qué lugar debe reservarse a los humanos frente al avance de la IA.



«El código de conducta tiene una idea super fuerte de IA subordinada al ser humano; tan sencillo, tan complejo y tan provocador como eso», dijo Glinsky. «El código contiene conceptos como el de ser interrumpible, esto es, que si hay que elegir entre romper el código de conducta y una tarea, se rompe la tarea, lo que pasa a ser una cuestión clave», agregó.

En todo caso, además de las decisiones corporativas, la seguridad de la IA, que implica desde la seguridad de datos y vulnerabilidad ante amenazas externas hasta un marco que se ajuste a los valores humanos, requiere también de un rol activo de los estados. Los incidentes recientes con sistemas avanzados volvieron a poner en primer plano la discusión sobre quién controla la IA y bajo qué reglas. «Trabajamos muy cerca de gobiernos con ese objetivo», señaló Glinsky. «Aunque está más en agenda cuando la reunión de gobiernos con líderes de empresas se da en Estados Unidos, eso también pasa en Latinoamérica».

El director de Microsoft no excluyó al gobierno argentino de esa tendencia. «En Argentina históricamente hemos conversado con muchos frentes políticos; hoy también», dijo Glinsky. «Con el gobierno, en particular, hay un trabajo conjunto: trabajamos cerca y buscamos establecer acuerdos, y, de hecho, lo estamos haciendo», agregó.



 

Argentina, un paso adelanteEsas relaciones se enmarcan en un contexto en que Argentina presenta una mayor adopción de la IA que el promedio mundial. «Hoy, el 65% de la población argentina está adoptando IA, es un número muy importante que está 3% por arriba de la media global», dijo en su exposición en AILAT26 Juan Vallejo, director general de Google Argentina. El fenómeno ya viene mostrando efectos concretos: Argentina lidera en la región la aceleración de la demanda laboral de perfiles con conocimientos de inteligencia artificial.

En cambio, las empresas corren más lento: un poco más del 20% de las compañías está adoptando realmente la IA y el 44% tiene planes para empezar a hacerlo de manera consistente este año, según un reciente estudio de Google. La brecha entre el uso individual y el corporativo no es nueva: un relevamiento ya había detectado una fuerte utilización de IA entre profesionales argentinos aun cuando sus propias empresas no impulsaban formalmente esas herramientas. «Hay una brecha que tenemos que cerrar entre la población y las empresas: el salto cuántico que queremos dar en Argentina es precisamente en el ámbito empresarial», señaló Vallejo. «De acuerdo a estimaciones, la IA generalizada va a representar en Argentina un incremento del PBI de entre 3,7% y 6,7% anual, lo que equivale a unos US$ 43.000 millones», agregó.



La concreción de esas oportunidades, en todo caso, también está atada al concepto emergente de IA nacional o soberana. Esto es, regular o aplicar la inteligencia artificial según los intereses y necesidades de cada país. El debate sobre la necesidad de que Argentina cuente con infraestructura y capacidades propias de IA ya comenzó a instalarse.

«La IA nacional o soberana es muy importante para el crecimiento económico de los países: no estamos hablando solamente de soberanía de un datacenter físico, sino del control de la información y de los procesos», dijo Guilherme Fuhrken, gerente de ventas de Nvidia para Latinoamérica. «Cuando hablamos de la parte de soberanía, hablamos muchos con los entes públicos, con gobiernos, dado que es una agenda que tiene ser convergente entre el sector público y privado», añadió.

Esos debates preliminares se dan en un contexto en el que la IA ya forma parte del día a día de millones de personas en el mundo. Según el informe Work Trends Index 2026, un estudio que Microsoft viene realizando a nivel global desde hace seis años con un sondeo que incluye a más de 20.000 personas, el 58% afirma que está realizando trabajos que no habría podido hacer un año atrás, mientras que el 16% se considera frontier professionals, usuarios más avanzados que utilizan IA de manera intencional y estratégica en sus tareas. Los estudios de Microsoft ya venían mostrando desde años atrás cómo la IA empezaba a modificar la relación de los argentinos con el trabajo. Hacia adelante, todo indica que esos números crecerán: el 65% de los usuarios teme quedarse atrás, sienten urgencia por adoptar la tecnología.

«Sigue habiendo un temor de quedarse atrás, pero también sigue habiendo un temor al cambio: hay una brecha entre la velocidad en la que individualmente adoptamos la tecnología y la velocidad mucho más lenta en la que lo hacemos en las empresas y organizaciones», dijo Glinsky. «Seguramente esta es la tecnología más potente, más transformadora y con mayores potenciales beneficios en nuestra generación, y estamos en un momento en que la colaboración entre agentes, copilotos, modelos y personas es inevitable y está buenísimo que así sea, pero la responsabilidad debe seguir residiendo en los seres humanos», concluyó.