Cada vez que Argentina discute su futuro productivo, el debate regresa al mismo lugar: recursos naturales contra industria, mercado interno contra exportaciones, Estado contra mercado. Son falsos dilemas. Y funcionan como una trampa que obliga a elegir entre opciones que, en realidad, no se excluyen.
Hay una pregunta mejor. ¿Qué cosas nuevas puede aprender Argentina utilizando aquello que ya aprendió?
La respuesta exige mirar hacia atrás, no por nostalgia, sino para inventariar lo que efectivamente quedó. La siderurgia dejó metalúrgicos. La industria nuclear dejó ingenieros capaces de gestionar proyectos complejos. La automotriz dejó una red de proveedores, estándares de calidad y logística de precisión. La petroquímica de Bahía Blanca dejó técnicos especializados en procesos. La Fábrica Militar de Aviones dejó talleres y diseñadores. Nada de eso desapareció por completo incluso cuando se desintegraron sectores enteros o desaparecieron industrias.
Esas capacidades no son un inventario de añoranzas. Son un activo económico real, aunque permanezca en buena medida latente. El problema es que los indicadores habituales —exportaciones, complejidad económica, productividad sectorial— no las miden. Miden resultados, no capacidades. Una economía puede exportar soja y, al mismo tiempo, conservar un stock de conocimientos industriales que no se manifiesta en su canasta exportadora. Es exactamente lo que ocurre en Argentina.
Durante más de un siglo, el país acumuló capacidades productivas en oleadas: la expansión agroexportadora, la industrialización sustitutiva, la integración regional de los noventa, la recuperación post 2001. Cada una dejó un sedimento. Algunas capacidades se profundizaron; otras se redujeron; otras se refugiaron en instituciones científicas, en universidades o en grandes empresas que pudieron sostenerlas durante las crisis. Pero el stock residual sigue siendo económicamente relevante.
Argentina no es un país sin industria. Es un país con una estructura productiva observable que parece más simple que el conjunto de capacidades que supo acumular.
Esa brecha tiene una implicancia de política pública que suele pasarse por alto: la transformación estructural no requiere crear capacidades desde cero. Puede surgir de recombinar las que ya existen alrededor de nuevas demandas.
Las nuevas demandas ya están sobre la mesa. Vaca Muerta no solo produce petróleo y gas: demanda perforación, servicios especiales, ingeniería, acero, válvulas, bombas, software, automatización y mantenimiento. La minería de litio, cobre y oro necesita maquinaria pesada, química, tratamiento de agua, logística y servicios ambientales. La agroindustria moderna combina biotecnología, maquinaria, sensores, imágenes satelitales y análisis de datos. La transición energética global ha convertido a los minerales críticos en activos estratégicos, y Argentina tiene una parte importante de ellos.
La pregunta no es cuánto exportamos de esos recursos. La pregunta es qué capacidades nuevas puede dejar instaladas su explotación. Un país puede exportar petróleo y seguir importando todos los equipos y servicios para producirlo. Otro puede exportar petróleo y, simultáneamente, desarrollar empresas capaces de vender equipos, software e ingeniería a otras industrias petroleras del mundo. La diferencia no está en la renta. Está en lo que queda después de la extracción.
Ese es el punto. La combinación es posible. Pero no es automática.
Para que las capacidades latentes se activen hace falta algo que suele subestimarse en el debate argentino: demanda sostenida. Una empresa no invierte en capacidades si no tiene un mercado que las justifique. Un proveedor no se certifica si no hay un cliente exigente que lo requiera. Un ingeniero no se especializa si no hay proyectos donde aplicar lo que sabe. Las nuevas demandas asociadas a energía, minería y agroindustria son, potencialmente, ese mercado. Pueden funcionar como plataformas de aprendizaje, siempre que la política productiva se concentre menos en imponer porcentajes de contenido local y más en identificar dónde existen capacidades transferibles, cuáles son las brechas y qué inversiones permiten cerrarlas.
Y aquí aparece una segunda condición, tan importante como la primera: estabilidad macroeconómica. La acumulación de capacidades requiere tiempo. Una empresa necesita años para formar trabajadores, desarrollar proveedores, certificar procesos y alcanzar escala. Las crisis recurrentes interrumpen esos procesos antes de que maduren. No es lo mismo perder producción durante una recesión que perder proveedores, trabajadores especializados o conocimiento organizacional. Lo primero se recupera. Lo segundo, muchas veces, no.
La estabilidad no es un fin en sí mismo. Es el andamiaje temporal del aprendizaje. Sin ella, ningún instrumento de política productiva funciona del todo. Con ella, las capacidades acumuladas pueden comenzar a recombinarse.
Argentina no necesita reconstruir el aparato industrial de los años sesenta. Tampoco necesita elegir entre ser un país minero, petrolero, agroindustrial o industrial. Puede ser varias cosas a la vez, si logra articular lo que ya sabe hacer con lo que el mundo está demandando.
La historia productiva argentina no es la de un país que no supo aprender. Es la de un país que aprendió varias veces, pero no siempre logró sostener el aprendizaje durante el tiempo suficiente para transformarlo en ventaja estructural. La pregunta ya no es si Argentina puede aprender. La historia muestra que pudo hacerlo. La pregunta es si puede volver a hacerlo de manera sostenida.
No se trata de volver al pasado. Se trata de usarlo.
Para leer el paper completo: Pereira, Horacio Augusto, Learning Again: Productive Capabilities, Economic Complexity, and Structural Transformation in Argentina (September 15, 2026). SSRN: o
