Pablo Gerchunoff recibe a El Economista entre árboles y sol de primavera en la puerta de la Universidad Torcuato Di Tella, donde es profesor emérito. De las escenas que reconstruye a lo largo de la charla, hay una que inaugura, según sus palabras, el capítulo más intenso de su vida política. Ocurrió en la segunda mitad de los ochenta, en la residencia presidencial.
El entonces presidente Raúl Alfonsín los esperaba con aquel cárdigan que solía usar. La invitación había llegado horas antes, con el dejo algo canyengue que Juan Vital Sourrouille traía de modo característico: «¿Vamos esta noche a comer a Olivos?». Gerchunoff acababa de incorporarse al equipo del ministro de Economía. No estuvo desde el principio ni participó del Plan Austral. Aceptó la invitación, conmovido. «¿Lo conocés a Alfonsín? Lo vas a conocer ahora», le prometió su jefe Sourrouille.
La presentación, a fin de cuentas, la hizo el dueño de casa. A la hora de ocupar la mesa, el presidente Alfonsín repartió los lugares como quien arma un gabinete: «Juan, usted siéntese al lado mío. A Pablo lo quiero enfrente, porque me interesa charlar con él: fue la primera persona que me enseñó economía». Se lo dijo a Sourrouille sin mirarlo. El recién llegado no salía de su asombro: ¿cómo podía recordarlo?
Para explicar el desconcierto de esta escena hay que volver a octubre de 1978, a Costa Rica. Allí se realizó un encuentro en el que políticos, académicos, economistas y sociólogos discutían el futuro después de las dictaduras. Gerchunoff habló. Alfonsín, todavía lejos de la Casa Rosada, escuchó. Terminada la exposición, salieron al jardín e intercambiaron algunas ideas, con Juan Carlos Portantiero entre los presentes. Eso fue todo. Años más tarde, en aquella cena, los entonces minutos al aire libre costarricense habían ascendido a cátedra.
¿Era cierto? «No. Mentía descaradamente, que esto quede claro —dice jocosamente Gerchunoff—. No le importaba nada lo que yo había dicho, pero se acordaba de que había hablado de economía. Eso es un político con capacidad de seducir». ¿El resultado? «Me derretí». Finalmente toda pasión política comienza en una escena de atracción.
Pocos episodios podrían resumir mejor el territorio que Gerchunoff recorrió durante su carrera: ese punto en el que la economía se conecta con el poder, la retórica y los gestos. Aquel gobierno lo marcó en su pensamiento intelectual: «Desde ese momento quedé tomado. No puedo ser en mi vida otra cosa que aquello que fui con Raúl».
Lleva consigo el arte de comprender al otro. Gerchunoff está atravesado, como otras importantes figuras de la conversación pública, por ese hito del nacimiento democrático reciente: 1983, la primera vez que el peronismo pierde en las urnas. 1983, cuando el radicalismo presenta una opción de poder moderna. Sin embargo, Gerchunoff señala que no es radical. Quizá se lo puede pensar como un socialdemócrata que trata de modernizarse por la vía de entender las reformas económicas que hacen posible este país.
En 2022, le dedicó un libro a ese presidente fundacional «Raúl Alfonsín: El planisferio invertido» publicado por Edhasa. Se trata de una biografía política que empieza por el final, con la muerte de su protagonista en marzo de 2009, y desde ahí retrocede al Chascomús radical de su infancia.
El título alude a un mapamundi dado vuelta: el norte abajo, el sur arriba, la Argentina en el centro del mundo.
Para el biógrafo, encarna la voluntad política de alguien convencido de que la historia admitía giros de ciento ochenta grados. El libro consigue, en 460 páginas, bajar a Alfonsín del bronce sin arrojarlo al barro. Y hay una línea, escrita por Gerchunoff, que parece concebida para aquella escena: «Las palabras sirven, a veces, no para transmitir la elusiva realidad, pero sí para construir una ilusión. Eso ya lo sabía Alfonsín desde sus épocas de niño lector». El autor sabía de qué hablaba. Él mismo se había derretido ante una.
Raúl Alfonsín, leyendo la dedicatoria de Quino en el ejemplar de Mafalda. Sentado a su derecha, Felipe González; parados: Juan Vital Sourrouille, Dante Caputo y Rodolfo Terragno. Foto del libro «Raúl Alfonsín. El planisferio invertido»
El reloj argentinoAntes de consagrarse a la historia económica, Gerchunoff trabajó como periodista. Pasó diez años en redacciones, del semanario «Todo» a «Panorama», «Confirmado» y «Adán». De ese oficio le quedó una enorme capacidad narrativa que se cuela en cada uno de sus textos. Estudió Economía en la UBA, casa de estudios que hoy lo distingue como profesor honorario.
Frente a un tema nuevo, es capaz de redactar cincuenta páginas a toda velocidad, a partir de lo que llama su «delirio» sobre el asunto, sus ganas de decir. La bibliografía y la consulta de fuentes llega en una segunda etapa. Le gusta levantarse a la mañana y sentarse a escribir. «Me apasiona», dice, y lo repite.
Este año publicó «Ved en trono a la noble igualdad. Ascenso y caída de la economía argentina, de 1880 al presente», de editorial Siglo XXI, escrito a cuatro manos con el economista y profesor Lucas Llach. Es una versión revisada de la obra que ambos habían publicado en 2004, con el agregado del primer cuarto de este siglo. El título proviene del Himno nacional y remite a un rasgo de origen que los autores documentan: hacia 1929, el reparto del ingreso entre asalariados y el resto de la economía era más parejo en la Argentina que en Gran Bretaña o en Estados Unidos.
La apertura fue una desgracia en los años treinta, con el comercio mundial en ruinas, y una oportunidad en la posguerra; la Argentina, recuerdan, quedó las dos veces del lado equivocado.
Los consensos también cambian: para un joven del conurbano, advierten Gerchunoff y Llach, un celular barato puede importar tanto como la comida barata.
En «La demora y la prisa. Historia de los (des)equilibrios sociales argentinos», Gerchunoff vincula la economía argentina con las velocidades políticas que, en sus palabras, «oscilaron rítmicamente entre la globalización financiera y comercial y la autonomía nacional-popular, entre individualismo y comunidad organizada, un empate intelectual y político».
Fue publicado por la editorial Edhasa. A través de cuatro ensayos, es leída la trayectoria nacional como una cadena de desajustes: el reloj argentino casi nunca coincidió con el del mundo.
La prisa tuvo sus campeones, del propio Roca a Perón, a quien Guido Di Tella le atribuía el afán de comprimir en un trienio medio siglo de progreso australiano. La primera gran prisa, la de 1880 a 1930, terminó con la crisis mundial. Frente a la moda de culpar solo a las torpezas propias, Gerchunoff advierte que aquella bonanza descansaba en una excepcionalidad británica que podía esfumarse en cualquier momento.
Y a la hora de explicar la declinación de las últimas décadas se niega a elegir una sola teoría. Una historia argentina bien narrada, sostiene, necesita de todas y ninguna alcanza. El ensayo sobre la moneda, escrito con Francisco M. Olivero, compara: entre 2006 y 2023, la inflación argentina promedió 40% anual, contra 5% en Brasil, 4% en Chile y 8% en Uruguay.
En junio, en una entrevista con Astrid Pikielny, Gerchunoff afirmó que «a Milei lo domina la prisa porque sabe que puede ser derrotado». El pensamiento de la demora y la prisa también iluminan el presente. Allí Gerchunoff le reconoció al mandatario un olfato político. A la vez, dudó de que entienda cabalmente cómo se mueven la economía y la sociedad argentinas. Un año antes, en diálogo con El Economista, Gerchunoff lo había retratado a Milei como «un hombre en tránsito».
Un año antes, en diálogo con El Economista, Gerchunoff lo había retratado a Milei como «un hombre en tránsito».
«Con trescientos alumnos, hacés show»Hay una dedicatoria en «La demora y la prisa» que es también una autobiografía. Gerchunoff nombra a dos personas: Adolfo Canitrot, «un maestro de siempre», y Tulio Halperín Donghi, «un maestro tardío».
El vínculo con Canitrot arrancó a comienzos de los setenta. En 1973, lo convocó como ayudante de cátedra en la Facultad de Arquitectura y un día le propuso dar un teórico. Había que dictarlo en dos turnos, mañana y noche, ante trescientos alumnos cada vez. Canitrot presenció los dos. Al terminar la clase matutina, lo estudió con la mirada y le dijo: «Pablo, con cinco alumnos, enseñás; con veinte, conversás; con trescientos, hacés show». A la noche, Gerchunoff hizo, entonces, show. «No me costó demasiado». Su mentor volvió a clavarle los ojos un largo rato. Esta vez, sólo dijo: «Así sí». Ambos coincidirían más tarde en el equipo de Sourrouille. Toda misión educativa necesita, también, un poco de escenario.
Tulio Halperín Donghi, el gran historiador argentino del siglo XX, llegó al recorrido intelectual de Gerchunoff con su carrera ya avanzada, como anuncia la dedicatoria. De él tomó claves neurálgicas para leer el país. Entre ellas, la noción de «negación recíproca de legitimidad», la recíproca denegación de legitimidad entre las fuerzas políticas que se enfrentan. Gerchunoff prologó «La larga agonía de la Argentina peronista» un texto fundamental para entender el pensamiento de Tulio Halperín Donghi.
Asimismo, con Guido Di Tella, el trato empezó en el aula. Gerchunoff se define sobre él como «un alumno tardío»: la década de periodismo lo llevó a empezar después la carrera, y se graduó a los 28 años. De Guido recuerda la gracia que lo divertía mucho. En 1978, el mismo año del jardín costarricense, se cruzaron en una playa. «Vení a comer a casa», le dijo, y desde ese día cultivaron una relación cordial.
Optimismo de la voluntadHay en Gerchunoff un eco de la famosa fórmula de Antonio Gramsci: «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad». Con la inteligencia escribe libros sobre caídas, demoras y desequilibrios; la voluntad lo lleva a declararse «un optimista del debate democrático». Conviene, eso sí, no discutirle sobre Racing: según su amigo Martín Rapetti, nada lo enfurece, salvo que le toquen al club de Avellaneda.
La mirada de Gerchunoff combina la aventura y el rigor, la independencia y la vitalidad. Con sagacidad, se corre de los lugares comunes y también de los adjudicados por los demás. Su mirada no es la del antiperonismo sino la del más allá del peronismo y, sobre todo, la de seguir apostando por la Argentina.
Entre los personajes históricos, lo fascina Carlos Pellegrini. Como narra en «La demora y la prisa», tras la crisis de 1890 y ochenta años de espera, Pellegrini puso los cimientos de una moneda nacional con la Caja de Conversión, el organismo que concentró la emisión de billetes y antecedió al Banco Central, y con el Banco de la Nación.
Gerchunoff cree que Carlos Pellegrini merecía una biografía de Stefan Zweig, a la manera en que el austríaco hizo de Fouché un protagonista. Quizá no sea casual su debilidad por «El mundo de ayer», la elegía de Zweig por una Europa desaparecida. Pocas lecturas le calzan tan bien a quien dedicó buena parte de su obra a contar el auge y la declinación de la economía argentina. Lo atraen también figuras que no se le parecen: Rosas, Yrigoyen, Perón y, a su manera, Menem.
La escritora irlandesa Iris Murdoch decía que el secreto de una vida feliz son «los pequeños placeres continuos». Las respuestas de Gerchunoff le dan la razón. El mayor de todos es caminar con Susana, su esposa, y charlar con entusiasmo. La conoció en una reunión de la Asociación Argentina de Economía Política: ella, economista, hojeaba unos libros; él se acercó y quedó prendado.
Después vienen los demás placeres: los músicos Fiorentino con Troilo en «Tinta roja», un plato de tallarines con aceite y nada más, vino tinto y, cada tanto, una copita de whisky. Muy chiquita: la aclaración es suya.
¿Un sueño? Ver felices a sus hijos y a sus nietos: mucho mejor, asegura aún, que escribir un libro. Lo afirma alguien que disfruta levantarse a escribir.
Del séptimo arte ya no aguarda novedades: desde que vio «El Padrino», el cine dejó de existir para él. Con la política le pasó algo parecido. Fue una noche en Olivos, a la mesa de un hombre de cárdigan que convencía con encanto. Pero sigue escribiendo para pensar, y esa es su apuesta por el futuro.
Sigue escribiendo para pensar, y esa es su apuesta por el futuro. Foto: Aníbal Greco
—En «La demora y la prisa» escribís: ‘Mitre, el nacionalista liberal (tan difíciles de entender esas dos palabras contiguas, tan decisivas para el futuro argentino)’. Si Mitre es un nacionalista liberal, ¿quién es Milei? —le pregunta El Economista a Pablo Gerchunoff.
—No sé si le cabe la palabra liberal a Milei. Él se describe bastante bien: se describe como libertario, que es lo que era esa tradición, la Mont Pelerin, heredera de la reacción anti-Roosevelt de los años 1930 en Estados Unidos, que ya se definía a sí misma como libertaria. Por eso, Milei tiene todo el derecho del mundo a definirse como libertario.
En cuanto a nacionalista. Frondizi, cuando hizo su reconversión en enero de 1959 y abandonó toda su radicalidad antiimperialista, dijo que había abandonado el nacionalismo de medios para ir a un nacionalismo de fines: toda esa tormenta que desató era para lograr un fin nacionalista, construir una nación moderna. Así como a Milei le cabe la palabra libertario, la palabra nacionalista le cabe como nacionalismo de medios, no como nacionalismo de fines. Al revés que Frondizi, que abandonó los medios pero conservó el fin.
Todo lo que le veo de nacionalista a Milei, en el fondo, remite a cómo recurrió con mucha inteligencia a la causa Malvinas. No sé si hay más que eso de nacionalista en él. En todo caso, Milei tiene una visión global, también inteligente, que le salió bien: cómo ubicarse en el mundo. No sé si eso va a durar, pero por ahora le salió extraordinariamente bien.
Por ahora se ubicó en un lugar: hemisferio occidental, como socio de Trump. Eso ya ocurrió otras veces. Mencioné a Frondizi, podría mencionar también a Menem. Milei lo hizo bien. Diría libertario y nacionalista de medios.
Gerchunoff: «Milei tiene una visión global, también inteligente, que le salió bien»
—¿Actualmente, cómo sintoniza Milei con el mundo?
—Le sale bastante bien. Milei es amigo de Trump y comercia con China: no podría salirle mejor. Eso encaja con Trump, porque Trump no le pide que no comercie con China. Le pide un alineamiento geopolítico, en el que en todo caso se verá qué pasa con otros temas, como la inteligencia artificial, pero no le pide que no le vendan trigo, soja o carne a China.
Una de las cosas que más me sorprendió de Milei es la rapidez con que descubrió cómo era el mundo. Quizás transitoriamente, pero el mundo que se describió a sí mismo es un gran acierto.
—¿Milei puede tener el dólar barato gracias a Scott Bessent, el secretario del Tesoro de Estados Unidos?
—El alineamiento de Milei es un acierto, por lo menos táctico. Fue un acierto tan extraordinario que consiguió que un secretario del Tesoro estadounidense viniera a la Argentina por un día a inspeccionar qué pasaba cuando se liberaba el cepo para las familias. Nunca vi una cosa igual. Nunca.
Esa es mucha influencia. Milei logró convertirse en la avanzada de una política de alineamiento, América para los trumpistas. Se puso al frente de eso y, por el momento, no le fue nada mal. Es uno de sus aciertos políticos.
Sí consiguió la plata de Bessent, no le fue mal. Sin la plata de Bessent, esas elecciones de 2025 hubieran sido traumáticas.
Llega a este momento con la inflación en baja y con Bessent de su lado, aunque con la economía en riesgo de recesión.
—Planteás que el experimento de Perón terminó por ser, en términos políticos, mucho más que un experimento, hasta convertirse en el dios o el diablo del siglo XX, según quién lo mirase. ¿Quién es el dios o el diablo del siglo XXI?
—Como historiador no veo ni dioses ni diablos. Veo actores políticos que hacen lo que pueden.
Todos los gobiernos de la democracia no son ni del todo buenos ni del todo malos. No veo ni dios ni diablo: veo gobernantes que se levantan a la mañana desesperados por el aliento en la nuca de una sociedad que no les da tregua.
—¿Quién es hoy la figura que más polémica genera?
—Siempre los que generan polémica son los que gobiernan. Los que están en el llano no pueden generar ni demasiado entusiasmo ni demasiada polémica. En todo caso, con el tiempo alguno generará algún entusiasmo, en la medida en que se desgaste lo que está.
Mientras tanto, el foco está puesto sobre Javier Milei. Y Javier Milei, efectivamente, es para muchos el dios y para muchos el diablo.
—Escribís que la democratización de 1983 se dio en el contexto de una crisis de deuda que la nación no vivía desde 1890. Agregás que Carlos Pellegrini fue un buen piloto de tormenta a fines del siglo XIX y conectás su liderazgo con el del expresidente Eduardo Duhalde. ¿Puede pensarse que Alfonsín no logró ser Pellegrini?
—No, no pudo ser. Alfonsín tenía una agenda de construcción de la democracia, que necesita un tipo de arquitectos. Alfonsín era un socialdemócrata y su verdadera agenda política era la de transformarse en un líder popular; era la justicia social en democracia. Con eso quería distinguirse, separarse de Perón.
Alfonsín estaba lejos de ser peronista. En medio de la crisis de la deuda, y con el énfasis puesto en esa agenda, la justicia social en democracia, ser el Perón democrático, era difícil que pudiera resolver los problemas económicos que heredaba de la dictadura, los que después generó él mismo y los que al final le generó Menem con su campaña electoral. No le podemos pedir tanto.
Siempre juzgo a los actores en términos de la agenda que se proponen. No en términos de la agenda que yo u otros pueden tener hoy.
Pellegrini es un personaje absolutamente fantástico. Tiene la determinación para resolver, como resolvió, la crisis de 1890-1891, sin dejar nada en pie si hacía falta, y resolvió el problema del conflicto federal por un tiempo con una fuerza, con una ferocidad seria.
Hay que pensar que cerró el Banco de la Provincia de Buenos Aires por algunos años. Audacia. Hay que tener audacia.
Y al mismo tiempo era, políticamente, un hombre débil frente a Roca. Roca lo podía.
Nunca pudo crecer lo suficiente a la sombra de Roca como para volver a la presidencia con sus propios votos, porque llegó a la presidencia por la renuncia de Juárez Celman, en 1890.
Al final se peleó con Roca y quedó en un plano más bien secundario, siendo para mí uno de los personajes más interesantes de la historia argentina.
Gerchunoff: «Alfonsín era un socialdemócrata y su verdadera agenda política era la de transformarse en un líder popular»
—¿Puede ser que Milei esté hoy un poco menos molesto con Alfonsín, que haya cambiado en algo?
—Está menos molesto porque la intensidad de la vida dentro de ese infierno te cambia. Te cambia. Además, es obvio: Milei aprendió.
A Milei no lo juzgo como economista, porque es una falta de respeto juzgarlo como economista. Si es presidente, ¿cómo lo voy a juzgar como economista? Como jefe de la política, sí. Como conductor de la política económica puedo juzgar a Caputo o a Bausili, pero no a Milei, porque Milei es presidente.
Milei, en su aprendizaje político —que no está completado, y nunca está completado en nadie, nunca—, necesita ampliar coaliciones, aunque sean ocasionales: votos en el Congreso. Si va a atraer radicales, mejor que no hable mal de Alfonsín. Ellos, en todo caso, tienen un problema con algo de vergüenza, porque Alfonsín es la figura socialdemócrata que los mira mientras negocian con Milei. No les hagas la vida imposible. Eso lo está aprendiendo: mejor no hacerle la vida imposible a aquellos que potencialmente pueden ser aliados. Hoy son radicales, mañana podrán ser peronistas.
—En El planisferio invertido analizás la relación de Alfonsín con Balbín como la de alguien que tiene que matar al padre para poder crecer. ¿A Kicillof le pasa lo mismo con Cristina?
—Todo aquel que de verdad quiera conducir un país no puede ir a la zaga de alguien. En ese sentido tiene que ser un poco sanguinario. Y en Kicillof veo poca determinación para separarse de lo que heredó y de quien lo cobijó. Pero hay otra cosa: no lo veo cambiar la agenda anacrónica que el peronismo kirchnerista trae desde 2007.
Si Kicillof no cambia la agenda, hay un problema con el kirchnerismo y con el peronismo. Lo digo porque partimos de la base de que el peronismo es eterno, de que ya va a encontrar otra variante.
Si no es Kicillof, llegué a oír que un banquero podría ser candidato a la presidencia por el peronismo. Un banquero al que nunca le escuché nada. No es que no le haya escuchado nada atractivo: no le escuché nada.
Esa idea del peronismo eterno aparece incluso en quienes hablan del riesgo kuka. Quizá lo hagan tácticamente, y lo puedo entender. Pero si lo creen de verdad, me parece que no ven la posibilidad de que un movimiento nacional popular, en esta larga agonía de la Argentina peronista, termine, no digo por desaparecer, pero sí por jibarizarse, por achicarse. Y quiero poner algunos ejemplos.
El APRA peruano, la Alianza Popular Revolucionaria Americana. El trabalhismo de Vargas en Brasil. El Partido Revolucionario Institucional de México. Esos tres movimientos suscitaron la emoción de los pueblos. Hoy no existen.
Damos por sentado que esas experiencias no existen más, pero que el peronismo va a existir para siempre. Es un rezo laico de los peronistas y, creo, una táctica de Milei para tratar de ganar las elecciones a través del temor. Pero, como siempre digo, el futuro es enormemente incierto.
Y noto que mucha gente que reflexiona sobre la Argentina de hoy tiende a pensar el presente y el futuro como una reproducción del pasado. Esto es: otra vez va a venir Massa, otra vez vendrá Milei, competirán y ganará Milei o ganará Massa.
El mundo cambia, la realidad cambia, la Argentina cambia, los actores políticos cambian. Cambian y, de pronto, son otros.
—Citás a Alfonsín: «Ya en mi niñez yo había comenzado a desarrollar, quizá como producto de las abundantes lecturas que de algún modo compensaban entonces mi mala salud, una inclinación por lo épico. Mis héroes podían ser sabios, pero debían ser también apasionados luchadores. Balbín satisfacía en mí esa propensión, Frondizi no». ¿Puede ser que a la sociedad le haya pasado algo similar con Larreta? ¿Lo que a Alfonsín le pasó con Frondizi, a la sociedad con Larreta?
—No sé si puedo capturar esa comparación. Todavía no estoy en condiciones de decir hasta dónde puede crecer Larreta. Para aquellos que quieren diferenciarse tanto de Milei como del kirchnerismo, el lugar no es el medio. Es adelante. No veo, por el momento, a quién encarne ese adelante.
Hay un libro que se llama Elogio de la traición, de un francés y un periodista, Denis Jeambar e Yves Roucaute. Reflexiona sobre algo que me gusta remarcar: los cambios de fondo a veces los tienen que hacer no quienes los proclamaron filosóficamente, sino los traidores.
Por ejemplo, «Frondizi comunista», porque así lo trataban quienes lo criticaban. Ese Frondizi «comunista» hace una revolución capitalista. Industria volcada al mercado interno, sí, pero fue una revolución modernizante. ¿Quién la hizo? Un traidor. El hombre que había escrito Petróleo y política y que llega al gobierno y dice: «No, eso olvídenlo. Nacionalismo de fines, sí; nacionalismo de medios, no».
Y Menem. Menem y Frondizi se parecen muchísimo. Son dos traidores. Pero atención: cuando digo traidores hago un elogio, como dice el título del libro.
Traidor fue también Fujimori. Si se piensa en su debate con Vargas Llosa, previo a la presidencia, ¿qué dijo? Dijo todo lo contrario de Vargas Llosa y después hizo, en economía, el programa de Vargas Llosa.
Felipe González. Una vez yo estaba en España, en Salamanca, en una conferencia en tiempos de Menem. Cuando terminé de hablar sobre Menem, de su ansiedad por ir en el rumbo de los tiempos, el derrumbe del muro, se me acercó un español riéndose y me dijo: profesor, usted no lo sabe, pero en realidad habló de Felipe González, no sólo de Menem.
Felipe González tomó el partido socialista, abandonó el marxismo, llegó a la presidencia y tenía una Europa en crecimiento, en expansión, que lo cobijaba y le daba un futuro. ¿Y es también un personaje del elogio de la traición? Sí, en parte sí. Porque ninguna transformación de fundamento capitalista se completa hasta que la hacen propia los que sienten la injusticia, a su manera, que no tiene por qué ser igual. Si no, no se completa.
Milei puede ganar las próximas elecciones, pero eso no alcanza si la oposición no absorbe su transformación. Cuando a Margaret Thatcher le preguntaron cuál fue su obra mayor, la líder británica contestó: «Tony Blair».
Es un partido laborista, justiciero, que pone en el centro de la escena la justicia social y que, sin embargo, en un momento se da cuenta, como Lagos en Chile, de que había que cambiar. Cuando los que están de ese lado dicen que hay que cambiar, la revolución se completó.
Milei no puede completar la revolución. Él no tiene nada que hacer.
En realidad, la pregunta es si el peronismo va a cambiar, si la oposición va a cambiar.
—¿Alfonsín tuvo de Reagan el apoyo que hoy Milei tiene de Trump?
—De Alfonsín y Reagan diría que se llevaron mejor de lo que habitualmente se dice. El discurso de Alfonsín en el jardín es completamente distinto del diálogo que tuvieron adentro: en el jardín fue duro, adentro fue una relación simpatiquísima. Leí cartas de Reagan a Alfonsín posteriores a ese encuentro donde todo es maravilloso. En eso Alfonsín tenía su astucia, sin duda.
Pero tuvo que llegar un traidor para hacer la reforma económica. En ese sentido, uno de los problemas más increíbles que tiene la Argentina es que había logrado la estabilidad y la perdió. No hay otro país de Sudamérica que haya logrado la estabilidad y la haya perdido.
Ningún plan de estabilización y reforma económica llega a buen puerto si no es liderado, o finalmente aceptado, por aquellos que lo repudiaban. Paz Estenssoro, Felipe González, Tony Blair, Carlos Menem, la Concertación chilena, Lula y siguen los nombres. La Concertación, por ejemplo, aceptó lo que había heredado macroeconómicamente de Pinochet, le puso el ingrediente justiciero para dar cuenta de sus propias aspiraciones y logró que Chile empezara a crecer a partir de ahí. No antes.
La idea de que el día que yo termine con «los kukas» la Argentina es un paraíso es una idea que puedo entender como propaganda política, pero nada más.
—¿Va a haber algún traidor en la oposición?
—¿Por qué no? Los peronistas están hechos para eso. Y lo digo como elogio.
—¿Por qué Milei no es un traidor?
—Porque Milei siempre dijo esto y más o menos lo hizo. Podemos discutir cómo lo hace, si va por buen camino.
¿Cómo lo veo a Milei? Hace lo que puede, con demoras y con prisas. Atención: creo que son esos los problemas que lo pueden herir, los que le pueden generar un problema. La demora y la prisa en Milei.
Sobre todo en términos del aparato del Estado, Milei no es un reformista. Milei bajó el gasto público, que no es lo mismo que reformar el Estado. Y lo veo muy poco reformista.
En el centro de la escena de la política de Milei están las reformas, la multiplicidad de reformas de tono menor pero importantes de Federico Sturzenegger. Pero no hay una reforma del Estado. Hay una contracción del Estado que no sabe si está bien o está mal, que no sabe si se puede hacer de este modo o de otro, y que no abrió una discusión acerca de si había que bajar los impuestos como los bajó. No hay reforma del Estado en Milei.
Ahí hay una demora. Pero como él tiene una prisa enorme por bajar la inflación. Esa es la prisa.
¿En qué se expresa la prisa? En que, por el momento, Milei ingresó en la galería de los próceres argentinos que conviven con una Argentina cara en dólares. Que son todos los que pueden. Con una crisis de deuda no se puede, pero todos los que pueden: Argentina cara en dólares.
Y si se le dice que abarate la Argentina con una depreciación monetaria, te echa de la oficina. El dólar está en $1500 y, si alguien le sugiere $1800, que es finalmente el techo de la banda, lo echa de la oficina.
Hay una demora reformista, y hay una prisa por lograr, sin esas reformas, una estabilidad que sólo se funda en una Argentina cara.
—¿Se puede modernizar un país sin reformas?
—Esa es, para mí, una pregunta importante. Entré al gobierno de Alfonsín, y no fui yo solo, fuimos varios, y a partir de cierto momento del gobierno de Alfonsín —casi inmediatamente después del Plan Austral— empezamos a pensar en clave reformista: la Argentina necesita una reforma económica.
Sobre la relación entre los economistas y los políticos: sí hubo desencuentros al principio, pero que finalmente, con muchos, llegamos a entendernos bastante bien.
En ese momento, muchos hablábamos de reformas del Estado. Lo voy a decir en los términos en que lo decía Juan Sourrouille: integración de la Argentina al mundo. No decía apertura, decía integración de la Argentina al mundo, lo que implicaba algún grado de apertura, una política de privatizaciones, acabar con el capitalismo prebendario.
El capitalismo prebendario era una expresión de los reformistas italianos, y con Juan Carlos Torre la tomamos y dijimos: hay que usarla, es buenísima.
Por supuesto, éramos reformistas, quizás sin prisa, pero era la época: experimentábamos. No solo el gobierno, la política alfonsinista; nosotros como economistas también experimentábamos.
—¿Y no hay otro modo que la experimentación?
—Estoy de acuerdo en que no. Cada uno tiene que hacer su propia experiencia, porque el pasado sirve para bastante poco. Es muy entusiasmante creer que el pasado dicta algo sobre el futuro, pero no considero que dicte casi nada. Sí, a ver, da algunos trazos gruesos acerca de errores de gran calibre que no deberían cometerse, pero después ocurre que los errores de gran calibre son de otra naturaleza y uno no lo sabía.
—¿Y si Milei no es reformista, puede pensarse que es poco modernizante?
—Sí, todavía sí. Abrió la economía, sí, Milei la abrió, pero con un tipo de cambio que, en lugar de expandir una economía moderna, contrae la posibilidad de que se modernice un segmento importante de la economía.
Porque esa idea de que lo nuevo ya está ahí y de que, en todo caso, lo que tiene que ocurrir es que los que viven en el Gran Buenos Aires se muden a Añelo, me parece tan disparatada que me inquieta.
Alguna vez, a un candidato a presidente, y no quiero mencionarlo porque es una conversación privada, le dije algo que creo que vale para el presente. «El conurbano no es el problema de una provincia, es un problema nacional». Y le dije: «Quizás, si llegás a la presidencia, tendrías que pensar si no debe haber un ministerio de los conurbanos, para hacer del tema de los conurbanos una cuestión nacional, con un presupuesto nacional, con un financiamiento nacional».
Una provincia no lo puede resolver, y no hablo solamente de Kicillof y del conurbano de la provincia de Buenos Aires. Hablo de los conurbanos en general, y no hablo solo de Kicillof: hablo de María Eugenia Vidal y de quien fuere. No lo van a resolver.
—¿Qué diferencia a Milei de Menem?
—Si lo ponemos en perspectiva, con todos sus problemas, Menem fue un reformista y Milei es, por el momento, un conservador: ajuste sin transformación del Estado. Se asemejan en la apertura comercial con tipo de cambio bajo.
«Menem fue un reformista y Milei es, por el momento, un conservador»
—¿Qué tipo de conservadorismo es el de Milei?
—Hay dos conservadorismos: el nacional popular kirchnerista y el libertario de Milei. Son dos nostalgias que buscan en el pasado su proyecto de futuro. Unos vuelven a Perón; otros vuelven a Roca. Dos imposibles. Dos anacronismos. Y no hay una franja del medio entre ellos.
—»No hubo en la Argentina una conquista del oeste que asentara a miles de farmers en la cuenca del Mississippi», escribís. ¿Es esa «conquista del oeste» algo que la Argentina todavía puede construir, con ciudades como Pergamino, Rafaela o Venado Tuerto como punto de partida, o fue una oportunidad histórica que ya se cerró?
—Nunca doy nada por cerrado. Puede haber innovaciones tecnológicas en el campo, en el agro argentino.
Todo el boom agropecuario de 1870 a 1914 es un boom que no derivó en la construcción «a la Estados Unidos» de decenas de ciudades modernas. Es una única gran ciudad la que atrae prácticamente el 85% de la inmigración, y después el crecimiento de Rosario y poco más.
Porque Córdoba, en todo caso, es una ciudad agraria más primitiva. Córdoba se convierte en otra cosa en 1960, cuando el propio Frondizi le da un lugar industrial. Pero la Argentina es, en ese sentido, un caso llamativo.
Es el caso de un país que progresa muy fuertemente de 1870 a 1914 y que, sin embargo, tiene solo una ciudad importante. No hay otras. Australia no fue así; Estados Unidos, ni hablar: decenas de ciudades modernas. Si se le saca una fotografía a una ciudad de Estados Unidos y otra a una ciudad distinta, de pronto no se sabe cuál es cuál, por lo pujantes. Es una pujanza diversificada y distribuida en el territorio. Ese fue uno de los problemas principales de nuestra conformación federal. La ciudad de Buenos Aires es generadora de un desequilibrio federal muy profundo.
—¿Y el equivalente a esa conquista del oeste americano puede ser Vaca Muerta y la zona de la Cordillera?
—Australia exporta US$ 12.000 per cápita. Chile exporta US$ 5.000 per cápita. Si cumplimos con la aspiración de máxima, la que el gobierno plantea, en 2030 vamos a estar igual que Chile hoy; igualaríamos las exportaciones per cápita de Chile.
Por lo tanto, ni nos acercaríamos a las de Uruguay. Aquella conquista del Oeste fue monumental. Esto es una expansión importantísima, una diversificación de las materias primas que se exportan, pero no construye por sí solo un país nuevo.
Vamos a seguir necesitando el agro argentino, pero en algún momento vamos a necesitar una diversificación que haga que sectores industriales y sectores de servicios modernos le presten sus capacidades a una Argentina diversificada.
El problema es que la Argentina es muy cara para su productividad y, por lo tanto, no estamos cerca de eso. Cuando menciono los US$ 12.000 per cápita de Australia, hay que pensar que Australia tiene prácticamente la mitad de población que la Argentina. Así que puede darse el lujo de prescindir de la industria o de sectores más innovadores, más diversificados. La Argentina necesita de esos sectores, y todavía no vemos que emerjan. Todo lo contrario.
—¿Cómo evaluás el tipo de cambio actual? ¿Está atrasado?
—No sé qué quiere decir tipo de cambio atrasado, porque, como lo escribimos con Martín Rapetti, no sé qué quiere decir «un» tipo de cambio. Hay un tipo de cambio que es una preferencia social y hay otro que es un equilibrio macroeconómico. Martín agregó un tercero, en el que él y Lucas Llach insisten mucho, y que suscribo plenamente: el tipo de cambio real de crecimiento y pleno empleo.
No existe «el» tipo de cambio deseable.
Si la economía transita demasiado tiempo con un tipo de cambio demasiado bondadoso con la sociedad, demasiado justiciero, algún problema se va a tener con la macroeconomía, y si no, se va a tener un problema con el crecimiento.
Y sí considero que con el tipo de cambio de hoy tenemos un problema con el crecimiento. ¿Por qué no tenemos un problema con el equilibrio macroeconómico? Porque se nos adosó un sector exportador que nos dio un equilibrio externo que no teníamos. Pero, en realidad, la Argentina, con este tipo de cambio, tiene un problema de crecimiento.
—¿Es grave que la economía esté estancada?
—Sí, es grave. Quizás estamos en recesión: no lo excluyo. En algún momento algo va a tener que cambiar para salir de este estancamiento.
Milei es un dogmático, con lo que eso tiene de ventajoso para transmitir políticas, porque transmite algo contundente, algo límpido, con ausencia de matices. Y eso, por algún tiempo, le dio resultado. Después, cuando contrasta con la realidad, aparece un desgaste producto de ese estancamiento que el gobierno niega. Lo hay. Dicho esto, diré que, de todas maneras, creo que Milei va a ganar las elecciones aunque se esmera por evitarlo.
Milei vino con un mandato, que fue bajar la inflación. Para los economistas, tener 2% de inflación mensual es inquietante, y el propio Milei evalúa que habría que bajarla. Pero 2% es 0% para la sociedad argentina.
Milei debe cambiar la escala: dos es cero, pero hay que cambiar la escala. Milei no termina de entender que no tiene que atraer a la sociedad con una inflación todavía más baja, porque dos para los argentinos es cero. Y no es cero para él; por eso analizo que es un dogmático.
Si fuera cero para él, estaría tranquilo y vería si puede reactivar un poco la economía, más allá de suplicarle a la clase alta y media alta que tiene dólares que los deposite en el banco para ver si puede dar crédito.
Hay estancamiento, deterioro del empleo, pero aun así el mandato de Milei se cumple. Ahora, quiero subrayar lo siguiente: retomemos el caso Bessent.
En La demora y la prisa uso esta idea: la Argentina es un país, y siempre fue un país, enormemente vulnerable a los vientos del mundo. Si mañana hay una crisis mundial por la sobrevaluación de las expectativas con la inteligencia artificial, y hay una crisis financiera y bursátil en Estados Unidos, la vamos a sufrir. Y eso no va a tener nada que ver con Milei: va a tener que ver con que somos un país vulnerable.
