El rechazo del argentino por el peso tiene origen en ciclos de emisión monetaria sostenidos, donde el peso ha perdido valor contra monedas y bienes. El gasto público desenfrenado y el consecuente déficit fiscal han derivado en estos ciclos de emisión de pesos y de deuda en pesos, combustibles de inflación inmediata e inflación futura. El peso toma forma de papa caliente y la demanda de dinero se desploma. Los gobiernos populistas, faltos de imaginación macro, controlan que este fenómeno no se traduzca en una espiral hiperinflacionaria mediante cepos cambiarios y controles de precios. Los libros a la basura.
Con este tipo de «modelo», la gestión del equilibrio de oferta y demanda de dinero consiste en regular y limitar todo lo que se pueda: paritarias, costo de productos importados (mediante un tipo de cambio oficial artificialmente bajo) y tarifas de servicios públicos. El exceso de emisión se neutraliza parcialmente mediante esterilización, cuyo costo no es otra cosa que emisión o inflación futura. Es en estos períodos que se gesta un fuerte rechazo por el Peso. Los agentes económicos optan por consumir bienes que estarán más caros mañana o hasta dólares caros, con brechas que superan el 100% sobre el tipo de cambio oficial. Se drenan las reservas del Banco Central por la fiebre del dólar y colapsa el sistema. La contrapartida de emitir pesos es tener que entregar dólares o sucumbir ante una espiral devaluatoria/hiperinflacionaria.
Es importante entender que a la Argentina no le faltan dólares. Al Estado argentino le faltan dólares. El sector privado tiene dólares en el colchón, en los bancos y en el exterior. Son la defensa contra 70 años de déficit fiscal y su hijo, la emisión monetaria desenfrenada.
Cada ciclo de emisión y devaluación se traduce en años de stress postraumático. La demanda de pesos tiende a cero por un largo período, con los inversores pidiendo tasas reales siderales para mantener sus posiciones en Pesos. Cuando el modelo gastador se agota, surgen los gobiernos macroprudenciales, el escuadrón antibombas que paga los costos de desactivar potenciales explosiones generadas por un Tesoro endeudado, un Banco Central quebrado, sin moneda y un desequilibrio de precios relativos que toma años en corregir. El buen alumno no solo tiene que pasar todo su mandato consumiendo escasos recursos para arreglar los problemas, sino que próximo a proceso electorales debe convivir con el caos que genera el fantasma de la vuelta al populismo. Su única herramienta es la tranquilidad que trae su aura de expectativas de desregulación, seguridad jurídica y progreso macroeconómico.
Una vez lograda la estabilización, hazaña no menor, sigue una etapa aún más difícil: la desregulación. Pasar de jugar el partido del control al partido de los incentivos genera exposición a shocks internos y externos para los cuales se requieren reservas que nunca se tienen, pues fueron dilapidadas en los gobiernos anteriores. Sin controles, la demanda de dinero pasa a tener conexión con la oferta de pesos y, por ende, con la demanda de dólares. Esto significa que en un país sin reservas internacionales y sin controles, deben existir en todo momento los incentivos para que los agentes económicos opten por permanecer en pesos. En otras palabras, una tasa de interés mayor a la expectativa de devaluación contra el dólar. Esta articulación no luce especial, es la que tienen todos los países normales.
¿Por qué nosotros tenemos tanto problemas entonces? Porque el argentino vive nervioso con los Pesos. Ya vivió tantos exabruptos monetarios que está a un click de comprar dólares y tal vez perder rendimiento, pero dormir en paz. En los mencionados períodos electorales, este nerviosismo brota por los poros, inquietos por la posible vuelta de la emisión y destrucción de la moneda. Para los gobiernos macroprudenciales, esto es muy caro. Esta caída de la demanda de dinero lleva al Banco Central a subir la tasa para desincentivar la compra de dólares, pero esta estrategia funciona para la volatilidad normal, no para sucesos disruptivos. Si se espera un salto discreto del tipo de cambio, la tasa de interés necesaria para compensar eso tiende a infinito. No hay que subestimar la capacidad de los argentinos de estrangularse con tal de no soltar los dólares.
Hay dos escenarios en las cuales la conexión entre política cambiaria y la monetaria pueda no derivar en un desastre de tasas estratosféricas y parálisis de las cadenas de pago. El primero es que contemos con reservas suficientes para hacer frente a expectativas devaluatorias. Existe una magnitud de poder de fuego del Banco Central para la cual deja de importar quién gobierna, pero estamos lejos de ella. El segundo es un pacto (puede ser en forma de Ley) de mantener el equilibrio fiscal y dejar de emitir dinero que trascienda mandatos políticos. Una reforma de la Carta Orgánica del BCRA puede ser el camino, pero «Ley mata Ley». La decisión final la tendrá siempre el electorado.
