Buenos Aires, 26 agosto (PV) — Elena Makarova, la joven rusa identificada como presunta víctima en la causa que se tramita en Bariloche contra Konstantin Rudnev, imputado por presunta trata de personas, volvió a arremeter contra la Fiscalía de Bariloche al remarcar que la misma ignora su testimonio.
Según pudo averiguar la Agencia Noticias Argentinas, en un artículo firmado por ella misma y publicado en el medio internacional «Bitter Winter», Makarova sostuvo que nunca integró ningún grupo vinculado al imputado y que jamás mantuvo contacto con él.
Su relato contradice de manera frontal la hipótesis central de la investigación: que fue traída al país para ser explotada.
Makarova aseguró que no conocía sobre los temas con los que la involucraron judicialmente: «Antes de viajar a Argentina no tenía ningún interés especial en la espiritualidad, el esoterismo ni nada por el estilo. Nunca había oído hablar de Konstantin Rudnev», indicó.
Asimismo, señaló que recién después de los hechos ocurridos en Bariloche tomó conocimiento de que la prensa rusa lo había mencionado ocasionalmente, en artículos publicados cuando ella era una niña. El relato de su vida anterior al viaje describe un cuadro de vulnerabilidad.
Makarova afirma que quedó embarazada, sin apoyo del padre de su hijo ni de la familia de éste, y que en octubre de 2024 logró separarse de ese hombre.
«Estaba deprimida, asustada y necesitaba un lugar seguro para dar a luz», sintetizó.
La elección de la Argentina, aclaró, no tuvo nada de excepcional.
«Más de 10.000 mujeres rusas embarazadas viajaron a Argentina para dar a luz en un solo año», apunta, y recuerda que todo niño nacido en el país obtiene pasaporte argentino y que la madre queda en condiciones de tramitar la ciudadanía. «Quería seguridad, estabilidad y un futuro para mi hijo», explicó.
Según su versión, el viaje se concretó cuando su madre supo que una amiga, Nadezhda Belyakova, conocida en Argentina como Angelina, también planeaba viajar.
«Le pidió que me acompañara, porque estaba muy preocupada por mi embarazo y por la violencia que yo había sufrido», relató.
El embarazo, dijo, transcurrió con normalidad, al tiempo que describió caminatas, tejidos de lana para el bebé y una preparación emocional para el parto.
Como no hablaba español, dependía de su intérprete, Svetlana Komkova, para comunicarse con los médicos.
«Expresé reiteradamente mi deseo de un parto natural y mi miedo a una cesárea», subrayó.
La joven aseguró que el punto de quiebre llegó a mediados de marzo.
En esos días una enfermera del hospital le insistió en obtener documentación del padre del niño, pese a su pedido expreso de inscribirlo con su apellido y de no revelar la identidad paterna.
«La enfermera reconoció después que la documentación paterna no era legalmente necesaria para el alta, pero dijo que la había pedido para ‘obtener información sobre mí'», afirmó Makarova en su texto.
Bajo esa presión, su amiga Angelina aportó una fotocopia del pasaporte de Konstantin Rudnev que encontró entre los papeles del lugar que les alquiló la ciudadana rusa Ksenia Tarakanova, quien estaba ayudando a la esposa del acusado en gestiones migratorias.
A partir de allí, sostuvo, comenzó lo que define como una pesadilla.
«Desde el primer momento fui sometida a una presión extremadamente fuerte y constante para que admitiera que era una víctima. Me amenazaron con quitarme a mi hijo», denunció.
Además, añadió que también le advirtieron que, si se negaba a declararse víctima e insistía en comunicarse con su madre, su mamá podía ser imputada en la causa y encarcelada.
El tramo más duro de su relato apunta al trato recibido en torno al parto. Makarova denunció «violencia obstétrica: un intento de inducción no autorizado, una cesárea que no consentí y un trato degradante inmediatamente después del parto».
Afirmó que fue obligada a amamantar frente a policías, a ducharse bajo vigilancia y a lavar la ropa del bebé en una pileta sucia, y que la interrogaron reiteradamente mientras aún sangraba y sin sensibilidad en las piernas.
«Me decían que era una ‘víctima’, pero me trataban como a una criminal», aseveró.
También describió traslados a refugios en malos estados de conservación, con restricciones para comunicarse con su familia, y sostiene que durante semanas se le negó el acceso a un abogado de su elección.
Aseguró que fue presionada por la Justicia para declarar que había sido víctima de trata: «La idea de que una mujer con un embarazo avanzado fuera traída a Argentina para explotación sexual o laboral es ridícula y ofensiva».
En parte del artículo Makarova señaló: «Entendí desde el primer momento que la fiscalía tenía una orden o una tarea: acusar a Konstantin Rudnev a cualquier costo».
Incluso, apuntó directamente contra uno de los fiscales: «Mi abogado me dijo que un fiscal llamado Fernando Arrigo tuvo un papel clave en la fabricación de la causa contra Rudnev».
En ese sentido, acusó a Arrigo de haber ordenado que se la mantuviera en condiciones inhumanas y de haber dispuesto que se la intimidara «por cualquier medio necesario».
Recordó además que ese fiscal abrió una causa penal contra su propio abogado y pidió allanar y secuestrar sus pertenencias y teléfonos.
Por esos hechos, dice, presentó una denuncia contra él y contra los demás fiscales intervinientes.
En el cierre de su artículo plantea una reivindicación personal: «Me llaman víctima en la causa argentina, pero no soy víctima de nadie, salvo de los fiscales argentinos».
Por último, rechazó el argumento de que su negativa se explique por un «lavado de cerebro» o un «control coercitivo» ejercido por Rudnev desde una cárcel de máxima seguridad.
«Es absurdo y profundamente irrespetuoso».
«Exijo respeto por mi identidad y mi autonomía como mujer libre. Exijo que me dejen en paz para cuidar a mi hijo», concluyó.
Agencia NA
