En el 142° aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, el presidente Javier Milei volvió a exponer el núcleo de su programa ante el empresariado. Tres definiciones concentraron la viralización y merecen un análisis económico sereno, porque debajo de cada frase late una teoría implícita sobre cómo funciona una economía. El punto no son las frases: son los supuestos que las sostienen.
La remera y el mito de la reasignación automática
La imagen más repetida fue la de la remera: «Si quieren vender la misma remera que hacen los chinos cinco o diez veces más cara, me parece que estamos en un problema». Y la completó con una idea aún más definitoria: «Así como aparecen empresas, desaparecen empresas; es un fenómeno natural porque se reasignan los recursos». El razonamiento es impecable en el pizarrón de la ventaja comparativa estática. El inconveniente aparece cuando se abandona el pizarrón: la reasignación de recursos no es ni instantánea ni automática.
La literatura sobre cambio estructural —de Albert Hirschman a Dani Rodrik— es contundente en un punto: las capacidades productivas no son fungibles. Un trabajador textil no se transforma de un día para el otro en programador, ni una máquina de confección en un servidor. Cuando una actividad desaparece, los recursos liberados sólo generan valor si otro sector, de mayor productividad, está creciendo y demandando trabajo, capital y crédito. Si ese sector todavía no existe, no hay reasignación: hay desempleo, capacidad ociosa y capital que se destruye. Rodrik bautizó ese cuadro como «desindustrialización prematura»: economías que pierden industria antes de haber alcanzado el ingreso que les permitiría prescindir de ella sin costo social.
Schumpeter, tantas veces invocado en estos foros, hablaba de «destrucción creativa». Pero el adjetivo pesa tanto como el sustantivo: sin la parte creativa —inversión nueva, sectores que nacen— sólo queda la destrucción. Y la inversión no brota por decreto ni por la mera desaparición del competidor: exige demanda, financiamiento y horizonte. Los tres, hoy, escasean.
La mora no es un problema de conducta
La segunda definición fue sobre la morosidad. Milei sostuvo que «no hay elementos para culpar a la política del Gobierno», que la mora es «un contrato entre privados» y que «cuando el Estado se mete en ese tipo de acuerdos, el remedio termina siendo peor que la enfermedad». El encuadre reduce un fenómeno macroeconómico a una cuestión de comportamiento individual. Pero la mora de las familias trepó a máximos de más de dos décadas justamente porque el crédito dejó de ser un complemento del ingreso para volverse su sustituto.
Cuando el salario real se estanca y el consumo cotidiano se financia con tarjeta, la mora no revela imprudencia: revela que los ingresos no alcanzan. Es un síntoma, no una causa. Los datos oficiales difundidos esta misma semana lo respaldan: en junio, las ventas reales de supermercados cayeron 3,1% interanual y las de centros de compras 4,9%, con seis meses consecutivos en terreno negativo y una baja acumulada en torno al 2,8% en ambos canales. La indumentaria en supermercados se derrumbó 7,4%. No es una sociedad que gasta de más; es una sociedad que compra de menos.
La foto, la película y las variables observables
La frase que resumió el tono —estrenada horas antes en el Council of the Americas y que sobrevoló Rosario— fue «la foto sigue siendo horrible, pero la película es la mejor de la historia argentina». La metáfora es elegante, pero la economía no se evalúa por la calidad narrativa del guion, sino por variables observables. Y allí la película aún no confirma la trama: la actividad está amesetada desde marzo, la utilización de la capacidad industrial se mantiene en niveles bajos, el empleo en el comercio formal retrocede y el crédito productivo no despega.
La estabilización era, en efecto, imprescindible: nadie discute con seriedad la necesidad de ordenar la nominalidad. El debate es otro y es más profundo. Estabilizar es condición necesaria, no suficiente. Bajar la inflación, acumular reservas y equilibrar las cuentas resuelve el corto plazo, pero no crea por sí mismo las capacidades productivas, el empleo de calidad ni el entramado de proveedores que sostienen el crecimiento de largo plazo. Erik Reinert y Ha-Joon Chang lo documentaron con siglos de evidencia: ningún país se desarrolló sólo abriéndose y esperando que el mercado reasignara. Todos combinaron apertura con una política deliberada de construcción de capacidades.
El riesgo de la teoría de la remera no está en la aritmética: cinco remeras caras son, efectivamente, un problema. El riesgo está en suponer que basta con eliminar lo ineficiente para que lo eficiente aparezca solo. La historia económica sugiere lo contrario. Sin una estrategia que acompañe la transición —reconversión, crédito, infraestructura, formación—, la reasignación no ocurre: sólo se acumulan las remeras que ya no se fabrican y las que tampoco se venden.
Estabilizar no es desarrollar, y sin desarrollo la mejor película termina proyectando, una y otra vez, la misma foto fija.
