Por Jorge Scian (*) y Jorge Kehiayan (**)
Mientras gran parte del debate público continúa girando alrededor de dicotomías que parecen repetirse desde hace décadas, el mundo avanza discutiendo cuestiones muy diferentes. Las principales economías ya no centran sus decisiones únicamente en cuánto exportan o cuánto importan, sino en cómo fortalecen sus cadenas de valor, cómo desarrollan proveedores locales, cómo vinculan el sistema educativo con la producción, cómo aceleran la innovación tecnológica y cómo transforman recursos naturales en ventajas competitivas sostenibles. La competencia dejó hace tiempo de ser exclusivamente comercial; hoy es, sobre todo, una competencia por el conocimiento.
Ese contraste resulta particularmente evidente en el sector energético. Mientras en Argentina seguimos atrapados en discusiones recurrentes sobre modelos económicos, quienes analizan la evolución de los mercados internacionales observan oportunidades vinculadas con la reorganización del comercio mundial, la seguridad energética, las nuevas cadenas de suministro y el reposicionamiento geopolítico de los países productores. La pregunta ya no es simplemente quién posee recursos, sino quién será capaz de convertirlos en desarrollo económico, innovación y capacidad industrial.
Ese es, probablemente, el verdadero desafío argentino.
Durante los últimos meses escribimos sobre Vaca Muerta, sobre la industria nacional y sobre la necesidad de pensar el desarrollo desde una perspectiva estratégica. En todas esas columnas aparecía una misma convicción: los recursos naturales, por sí solos, nunca cambiaron el destino de una nación. Lo hicieron las instituciones, la educación, la inversión, la tecnología y la capacidad de construir consensos que trascendieran los ciclos políticos.
Sin embargo, esa transformación requiere previamente algo mucho más elemental: una sociedad capaz de discutir con evidencia.
Porque ningún plan de desarrollo puede sostenerse cuando cada cambio de gobierno implica volver a empezar. Ninguna política industrial puede consolidarse si antes debe sobrevivir a una batalla permanente de relatos. Ningún proyecto educativo produce resultados cuando cada diagnóstico depende más de la identidad política de quien habla que de los datos disponibles. Ninguna estrategia nacional resiste demasiado tiempo si la urgencia cotidiana termina desplazando cualquier mirada de largo plazo.
Quizás esa sea la consecuencia menos visible de la posverdad. No consiste solamente en la difusión de noticias falsas o en la manipulación de la información. Su efecto más profundo es otro: nos acostumbra a discutir permanentemente el presente y nos impide construir el futuro.
Por eso las discusiones verdaderamente importantes rara vez ocupan el centro de la escena. ¿Cómo formar los profesionales que demandará la transición energética? ¿Qué capacidades industriales necesita desarrollar Argentina para integrarse a las nuevas cadenas globales de valor? ¿Cómo lograr que una inversión en energía multiplique su impacto sobre la industria, las universidades, los centros tecnológicos y las pequeñas y medianas empresas? ¿Qué políticas permanecen cuando cambian los gobiernos?
Esas preguntas generan menos clics que una controversia en redes sociales. Sin embargo, son las que determinan el nivel de desarrollo de un país durante las próximas décadas.
Argentina enfrenta una oportunidad histórica. Vaca Muerta, el litio, la transición energética, la economía del conocimiento, la biotecnología y la capacidad de su entramado científico e industrial ofrecen condiciones que pocas generaciones tuvieron al mismo tiempo. Pero ninguna de esas oportunidades alcanzará por sí sola para modificar nuestro destino si continuamos discutiéndolas con las mismas categorías que nos trajeron hasta aquí.
Porque los países no cambian cuando todos piensan igual. Cambian cuando aprenden a pensar mejor.
(*) Gerente de TyCSA y Presidente de la Comisión de Energía de ADIMRA
(**) Politólogo
