El riesgo país argentino volvió a superar los 500 puntos básicos. No es un dato menor ni pasajero: es la reaparición de un problema que el programa económico prometió dejar atrás y que, sin embargo, vuelve una y otra vez a marcar el pulso de la relación entre la Argentina y los mercados. Conviene leerlo no como una foto aislada, sino como una película que arrancó a comienzos de año.
La película, no la fotoEl recorrido dibuja una trayectoria elocuente. El indicador arrancó en torno a los 484 puntos —un piso alcanzado, conviene recordarlo, con un REPO de US$3.000 millones al 7,4% anual y títulos públicos en garantía—. De allí trepó hasta los 587 puntos hacia fines de abril, empujado por la volatilidad global y la incertidumbre sobre las tasas largas en Estados Unidos. Recién en la segunda mitad del año comprimió con fuerza, hasta tocar unos 403 puntos, su nivel más bajo en ocho años. Pero nunca perforó la barrera de los 400: el umbral que el propio equipo económico había fijado como condición para reabrir el crédito internacional. Desde ese piso, el rebote fue rápido y lo devolvió por encima de los 500.
Y fue, sobre todo, un rebote doméstico. El repunte no responde a un shock externo: los títulos emergentes se mantuvieron estables y los bonos del Tesoro estadounidense apenas se movieron. Lo que se movió fue el diferencial argentino, y sus causas son de manual: actividad que no arranca, una inflación que cortó su racha de desaceleración, deterioro del humor social y un esquema monetario tan difícil de descifrar que los inversores no distinguen si el objetivo es restringir liquidez, ordenar la curva de pesos o sostener el tipo de cambio.
Un problema que no es coyunturalQue el riesgo país reaccione con semejante sensibilidad no es un capricho de los operadores. Reinhart, Rogoff y Savastano lo denominaron «intolerancia a la deuda»: los países con historial de default enfrentan límites de endeudamiento mucho más bajos y primas mucho más altas que economías con fundamentos comparables. La memoria del mercado es larga, y ninguna ingeniería de corto plazo la borra. Por eso el spread argentino no responde solamente al ciclo global, sino a dudas estructurales sobre la capacidad de repago que llevan décadas incubándose.
El pecado que no se salda con REPOsLa estrategia oficial buscó comprimir ese diferencial por la vía financiera: REPOs con bancos, compras de dólares al Banco Central, rollover intra-sector público y desembolsos de organismos multilaterales. Es la administración de un problema, no su resolución. Eichengreen, Hausmann y Panizza describieron hace dos décadas el «pecado original» de las economías emergentes: la incapacidad de endeudarse en la propia moneda, que convierte cada tensión cambiaria en un problema de solvencia. La Argentina sigue atrapada en esa lógica, y por eso su programa financiero descansa más en dólares prestados que en dólares genuinamente ganados por exportaciones e inversión.
El punto de fondo es que la solvencia, en última instancia, no depende del ancla nominal sino del crecimiento. La aritmética de la deuda es implacable: si la tasa de interés supera de forma persistente al ritmo de expansión de la economía, el ratio deuda-producto crece por inercia, por buena que sea la voluntad de pago. Blanchard lo recordó con claridad en su análisis sobre deuda pública y tasas de interés: el diferencial entre tasa y crecimiento es el que manda. Y el muro de vencimientos de 2027 —por encima de los US$23.000 millones— llega justo cuando la economía real empieza a mostrar sus límites.
Los 400 puntos, un piso y no una puerta de salidaDe ahí que el rebote no sea un accidente, sino una señal. El mercado comenzó a incorporar que estabilizar la nominalidad es un punto de partida y no un destino. Se puede anclar el tipo de cambio, acumular reservas y celebrar un índice de precios; pero si la inversión productiva no repunta y los sectores que efectivamente traccionan —agro, energía y minería— representan apenas el 13% del PBI, los 400 puntos no operan como una puerta de salida hacia el crédito barato, sino como un piso que la economía no logra perforar. El país llegó a rozarlo y volvió a alejarse: ése es, precisamente, el problema.
La discusión relevante, entonces, no es cuándo baja el riesgo país, sino con qué economía se pretende sostener esa baja. Un ajuste que preserva el equilibrio fiscal pero erosiona la capacidad de crecer compra tranquilidad de corto plazo a cambio de fragilidad de largo. El riesgo país nuevamente por encima de los 500 es el recordatorio de que el problema no se salda administrando vencimientos, sino construyendo una economía que crezca lo suficiente como para volver esos números irreversibles.
