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Con el transcurrir de los días, observamos como se ha gestado una epifanía en las conductas relacionadas al manejo de los dispositivos móviles y a su convivencia en los entornos digitales por parte de estos niños, niñas y adolescentes, que nos conducen al fenómeno de la «hiperconectividad», el cual debemos interpretar en términos sociales, dado que aumenta significativamente el grado de vulnerabilidad en las infancias.
En este contexto y a raíz de este acontecimiento, vemos como se ha generado un caldo de cultivo para aquellos delincuentes sexuales que, día tras día, pretenden vulnerar la integridad sexual de niños, niñas y adolescentes en el mundo digital.
Al verse exacerbados los períodos de conectividad, es sumamente oportuno hablar de un quiebre que nos permita reconocer y, a su vez, generar una nueva instancia de construcción de ciudadanía digital. Un proceso que promueva una efectiva convivencia digital, en el que se planteen pautas y se generen consensos familiares, profundizando en medidas de resguardo y seguridad, tal vez, con más rigurosidad que antes.
En este corto tiempo, ha renacido en los adultos la oportunidad de acortar la brecha y la distancia con lo digital, de acercarse a la tecnología desde la incorporación de nuevas habilidades, adquiriendo destrezas que puedan ser conducentes a una armonización de las miradas, encontrando verdaderos puntos focales que nos permitan priorizar la agenda digital, alterando el statu quo. Pensar lo público y lo privado, hoy desde una visión binaria, es una utopía.
Con relación a estos delitos tan aberrantes, de los más perversos en la humanidad, es urgente que como sociedad reaccionemos y comencemos a mirar aquello que no queremos mirar, que es realmente difícil de mirar.
En este sentido, el desafío post-pandemia debe venir acompañado de una fuerte impronta que busque un verdadero cambio de fondo y no de forma en materia digital, que nos permita saldar las deudas que tenemos con las infancias.
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