A 70 años del Bogotazo, el estallido del que el país aún no terminó de salir – Télam

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Carismático y hábil orador, con un discurso cargado de metáforas militares en el que llamaba al “pueblo” a dar “batalla” contra la “oligarquía”, Gaitán era considerado entonces el seguro ganador de las elecciones presidenciales de 1950.

El Partido Liberal había gobernado entre 1930 y 1946, y solo una división interna provocada por el ala izquierdista que encabezaba Gaitán lo llevó a perder las elecciones de ese último año, que consagraron al conservador Mariano Ospina Pérez.

No obstante, en 1947 los liberales -que tenían mayoría en las dos cámaras del Congreso- habían resuelto sus divergencias y proclamado a Gaitán como su jefe único.

Aquel día de hace 70 años, Gaitán recibió tres balazos cuando salía de almorzar con tres personas en el hotel Continental, en el centro de Bogotá, y murió un rato más tarde en la clínica Central.

Testigos del crimen lincharon al autor de los disparos, Juan Roa Sierra, y simpatizantes del líder muerto marcharon por las calles de Bogotá reclamando la renuncia de Ospina Pérez, a quien consideraron inicialmente el instigador del crimen.

La manifestación derivó en un raid de incendios y saqueos que dejó entre 500 y más de 3.000 muertos -según las diversas estimaciones- y más de 140 casas o edificios derrumbados.

Esos hechos ocurrieron mientras Bogotá albergaba a varios líderes del continente -entre ellos el general estadounidense George Marshall, el ideólogo del plan de reconstrucción de Europa en la posguerra- que participaban de la novena Conferencia Panamericana que daría origen a la Organización de Estados Americanos (OEA).

Según algunos historiadores, Gaitán tenía previsto reunirse en la tarde de su asesinato, por separado, con dos figuras que años más tarde habrían de escribir páginas fundamentales en la historia de América latina y se convertirían en enconados rivales: el venezolano Rómulo Betancourt y el cubano Fidel Castro.

Betancourt había sido presidente interino de Venezuela hasta un par de meses antes y sería el primer mandatario electo tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, entre 1959 y 1964, lapso en el que zafó de un atentado contra su vida que diversos historiadores atribuyeron al gobierno cubano de Castro.

En tanto, Castro era por entonces un joven estudiante que presidía la delegación cubana al Congreso Universitario Latinoamericano, que también se celebraba en Bogotá, y que, deslumbrado con la figura de Gaitán, se sumó a las protestas.

Tras la desaparición de Gaitán, Ospina Pérez pudo completar su mandato y en 1950 fue sucedido por otro conservador, Laureano Gómez, quien tres años más tarde sería depuesto por el único golpe militar ocurrido en Colombia durante el siglo XX.

Mientras tanto, el Partido Liberal entraría en crisis y solo volvería al gobierno en 1958, con el segundo mandato de Alberto Lleras Camargo.

Pero, sobre todo, la muerte violenta de Gaitán resultó el detonante para que se cumpliera con creces la advertencia contenida en una de sus declaraciones más recordadas: “La oligarquía no me mata porque sabe que si lo hace, el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel normal”.

En efecto, tras el Bogotazo, Colombia ingresó de lleno en el período conocido como “La violencia”, alrededor de una década de enfrentamientos armados entre liberales y conservadores.

Los años 60 darían paso a lo que genéricamente se conoce como “El conflicto armado interno”, con la aparición de las organizaciones guerrilleras formales -las FARC y el ELN, las mayores pero no las únicas- primero, luego los carteles del narcotráfico y finalmente los grupos paramilitares de “autodefensa”.

Hoy, con más de 170.000 muertos o desaparecidos y de cuatro millones de desplazados por el conflicto, los grupos paramilitares están desmovilizados y el narcotráfico se redujo en relación con el poder que llegó a tener en los años 80 y 90.

Pero todavía resta resolver la reinserción a la sociedad de los miembros de las disueltas FARC, acordar la paz -en proceso de diálogo- con el ELN y limitar el poder del crimen de las Bacrim (bandas criminales), el “nuevo orden” en el que se reciclaron antiguos guerrilleros, paramilitares y narcos.

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